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Sheijuu. [Español]

Chapter 1 / 37

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Capitulo 1: El soldado que se perdía en el horizonte.

Sheijuu. [Español]

Capítulo 1

El soldado que se perdió en el horizonte.

La guerra entre Valthar y Korran llevaba ya seis años sin una victoria clara para ninguno de los dos bandos. Empezó por una franja de tierra fronteriza rica en mineral de forja, pero para cuando Sheijuu se alistó ya nadie hablaba de aquella franja. Se hablaba de líneas de frente que retrocedían y avanzaban unos pocos kilómetros cada temporada, de ciudades que cambiaban de bandera dos o tres veces en un mismo año, de listas de nombres que crecían en los periódicos cada semana hasta ocupar columnas enteras que la gente ya ni se molestaba en leer completas. Las otras cuatro naciones —Eshira, Drakun, Monphaf y Nariunze— observaban desde la distancia, algunas con alianzas tácticas que nadie firmaba pero todos respetaban, otras finciendo una neutralidad que se sostenía sobre todo gracias a la distancia ya la suerte.

Valthar necesitaba rutas. Necesitaba recursos que no estuvieran ya comprometidos en el frente, minerales que no tuvieran que pelearse palmo a palmo con Korran. Y por eso, cada pocas semanas, el alto mando enviaba zepelines de reconocimiento hacia territorios que ningún mapa terminaba de completar, esos huecos en blanco que los cartógrafos rellenaban con líneas punteadas y la palabra "inexplorado" en letra pequeña. La mayoría de esas misiones regresan sin nada que reportar salvo coordenadas vacías, horas de combustible gastado y tripulaciones cansadas de mirar el mismo verde infinito durante días.

Nadie esperaba que esto fuera diferente.

El zepelín avanzaba lentamente entre las nubes grises. Desde el exterior parecía una enorme bestia flotante, una criatura de tela reforzada, acero y madera suspendida en el cielo por pura terquedad humana, sostenida por cámaras de gas que crujían con cada corriente de aire. Sus motores rugían de forma constante, haciendo vibrar toda la estructura, un zumbido tan continuo que los soldados terminaban por dejar de escucharlo, como se deja de escuchar el propio pulso o el roce de la ropa contra la piel. El olor a aceite quemado ya tela húmeda se mezclaba con el sudor de los cuerpos apiñados, formando un aroma tan familiar que nadie lo notaba ya, salvo quizás los recién llegados, que aún no habían aprendido a ignorarlo.

Dentro, los soldados intentaban matar el tiempo. Algunos jugaban a las cartas sobre una caja de suministros, apostando raciones de tabaco. Otros dormían apoyados contra las paredes metálicas, con los cascos todavía puestos, aprovechando cualquier minuto de sueño como quien ahorra una moneda que sabe que después va a necesitar. Un grupo discutía, otra vez, sobre cuál de las seis naciones ganaría la guerra si el conflicto se extendía otros seis o siete años. Nadie ganó nunca esa discusión. Era más bien un ritual, algo que hacían para no pensar en otras cosas, para llenar el aire con palabras que no significaban nada importante.

En un rincón, un soldado de unos treinta años, de barba descuidada y ojos cansados, sostenía una fotografía desgastada por el roce de los dedos. La miraba en silencio, con una expresión que no era exactamente nostalgia ni tampoco indiferencia. Algo intermedio. Como quien ya ha pasado por ese ritual tantas veces que el dolor se ha vuelto costumbre.

—¿Otra vez con la foto? —preguntó su compañero, un hombre más joven, con el uniforme mal abrochado y una sonrisa fácil—. Llevas tres años con ella, ¿no? ¿Qué pone esta vez en la carta?

—Que los niños están bien. Que la cosecha fue buena.

—¿Y ella como esta?

El soldado de la foto no respondió de inmediato. Sus dedos recorrieron el borde de la imagen con un gesto mecánico.

—No lo sé. La carta no decía mucho más.

El compañero sonrió, con esa sonrisa que usaba para todo, incluso cuando no debería.

—Pues entonces seguro que está en casa, ocupada. Ya sabes, ayudando con el problema de baja densidad de población.

El soldado de la foto levantó la vista. Por un momento su expresión no fue de enfado, sino de resignación, como si aquella broma —la misma que había escuchado docenas de veces en los últimos meses— ya no le hiciera ni gracia ni daño. Solo existía, como el zumbido de los motores.

—Cállate.

—Solo digo.

—Pues no lo digas.

El compañero levantó las manos en gesto de paz, aunque la sonrisa no desapareció del todo. Otros soldados que habían escuchado la conversación soltaron algunas risas ahogadas, del tipo que se usa para romper la tensión sin comprometerse con nadie. La foto volvió al bolsillo de la chaqueta, y el soldado de la barba descuidada se giró hacia la pared, fingiendo dormir.

Nadie hablaba demasiado alto. Las misiones de reconocimiento siempre tenían algo incómodo, una tensión de fondo que ningún soldado nombraba en voz alta pero que todos reconocían en los demás. Era como caminar por un bosque oscuro: sabías que probablemente no ocurriría nada, que las estadísticas estaban de tu lado, pero aun así no podías evitar esperar problemas, con esa parte del cuerpo que nunca termina de creerle del todo a la razón.

Sheijuu permanecía sentado junto a una de las ventanas de observación, con la frente casi apoyada contra el cristal frío. Miraba hacia abajo. No observaba las montañas, ni los bosques, ni los pequeños pueblos que aparecían ocasionalmente entre los valles como manchas de tejado rojo. Miraba los ríos. Los veía avanzar como enormes serpientes azules atravesando el continente, indiferentes a las fronteras que los hombres dibujaban sobre ellos. A veces se dividían en dos brazos que después volvían a encontrarse kilómetros más adelante. A veces desaparecían bajo la sombra espesa de los árboles, para reaparecer más adelante como si nunca se hubieran ido. A veces brillaban, de golpe, cuando la luz del sol lograba abrirse paso entre las nubes y caer justo sobre el agua.

Había un río, cerca de la casa donde creció, que hacía exactamente eso. Aparecía y desaparecía entre los árboles como si jugara con quien lo observara, y de niño Sheijuu podía pasarse tardes enteras intentando adivinar por dónde volvería a asomar. Su padre solía decir que un río nunca elige su camino, que solo se deja llevar por lo que el terreno le permite, y que aun así siempre termina llegando a algún lado. Sheijuu tenía nueve años la última vez que lo escuchó decir eso, sentado en la orilla con los pies descalzos metidos en el agua fría. Después llegó la guerra, y con ella la costumbre de no hablar demasiado del pasado, como si nombrarlo pudiera desgastarlo todavía más de lo que ya estaba.

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Pensó, a veces, en qué haría cuando la guerra terminara. No era una pregunta que se hiciera con frecuencia, porque la guerra no parecía tener un final claro, y los soldados que se pasaban demasiado tiempo imaginando el después solían ser los que menos duraban en el frente. Pero de vez en cuando, en silencio, se permitía el lujo de una respuesta vaga: algún lugar tranquilo, lejos de las órdenes, lejos de los mapas con líneas rojas y azules que se movían sin preguntar a nadie. No sabía exactamente qué aspecto tendría ese lugar. Solo que probablemente habría un río.

Kaider, en cambio, prefería no mirar atrás en absoluto.

—¿Otra vez?

La voz apareció a su lado, sacándolo de encima del río imaginario. Sheijuu ni siquiera giró la cabeza.

—¿Qué?

—La nada. Estás perdido ahí.

—¿Y?

—Creo que llevas media misión en eso.

—No veo el problema.

Kaider soltó una pequeña carcajada, de esas que usaba para casi todo. Era más alto que su hermano, también más ancho de hombros, con el tipo de complexión que hacía que los reclutas nuevos se quedaran en silencio cuando entraba a una sala, aunque bastaba pasar cinco minutos con él para perder cualquier respeto reverencial. Mientras Sheijuu tenía una expresión tranquila casi todo el tiempo, casi ausente, Kaider parecía incapaz de permanecer serio más de cinco minutos seguidos, algo que ya lo caracterizaba desde niño, cuando se metía en problemas solo para hacer reír a su hermano menor y después cargaba solo con el castigo.

—Cuando volvamos deberías buscar una mujer.

—¿Por qué?

—Porque esa respuesta confirma exactamente lo que acabo de decir.

Sheijuu suspiró.

—No todo el mundo tiene que vivir igual que tú.

—No. Pero tú podrías intentar hablar con alguien de vez en cuando.

—Estoy hablando contigo.

—Porque no tienes escapatoria.

Una leve sonrisa apareció en el rostro de Sheijuu. Pequeña, casi invisible, del tipo que solo alguien que llevara años observándolo podría detectar. Eran las únicas que Kaider conseguía sacarle desde que se alistaron juntos, tres años atrás, en un intento silencioso de ambos por no quedarse completamente solos en un mundo que parecía decidido a separar a todo el que pudiera.

Kaider la vio y señaló inmediatamente, con el dedo casi en la cara de su hermano.

—¡Ahí está! ¡Lo sabía! Todavía puedes sonreír.

—Vete.

—No.

—¿No tienes nada que hacer?

—No.

—Eres molesto.

—Y tú aburrido.

La discusión terminó ahí, como casi todas las discusiones entre ellos. Ninguno tenía verdadera intención de ganar; discutir era, a su manera, una forma de recordarle al otro que seguían siendo dos, y no uno solo cargando el peso de ambos.

El silencio regresó mientras el zepelín seguía avanzando. Abajo, el paisaje empezó a cambiar. Los mapas llamaban a aquella región las Tierras Olvidadas: una enorme extensión prácticamente inexplorada. Había montañas, bosques, lagos que se abrían entre las colinas como espejos rotos, pero ninguna ciudad conocida, ninguna carretera marcada, ningún asentamiento importante registrado en ningún archivo militar.

Los exploradores enviados allí rara vez encontraban algo útil. Aun así, el alto mando seguía enviando expediciones, una tras otra, con la misma insistencia terca con la que se sigue cavando un pozo seco. La guerra estaba obligando a buscar nuevas rutas y recursos que no estuvieran ya reclamados por Korran o vigilados por las otras naciones. Todo podía ser importante. Incluso un territorio olvidado, sobre todo si ya no quedaban muchos otros lugares hacia donde mirar.

—¿De verdad crees que hay algo ahí abajo? —preguntó Kaider, apoyando el codo en el marco de la ventana, con la vista perdida en el mismo verde interminable.

—Nunca lo hay.

—Y aun así seguimos viniendo.

—Órdenes son órdenes.

—Tú y tus respuestas de manual.

Sheijuu no contestó. Kaider tampoco insistió; llevaban suficiente tiempo juntos como para saber cuándo una conversación había llegado a su límite natural sin necesidad de decirlo en voz alta.

Un oficial cruzó el compartimento, con el paso apurado de quien lleva un mensaje que no le gusta entregar.

—Entraremos en zona de observación dentro de quince minutos.

Los soldados comenzaron a prepararse. Las conversaciones terminaron de golpe. Las cartas desaparecieron dentro de los bolsillos. Las armas fueron revisadas una última vez, con esa mezcla de rutina y superstición que todo soldado desarrolla tarde o temprano, comprobando el mismo cerrojo tres veces aunque ya se sepa que funciona.

Sheijuu se puso de pie. Ajustó las correas de su equipo, una por una, sin prisa. Llevaba una espada corta a la cintura, nada especialmente llamativo, un arma funcional como todo lo que poseía. Nunca le había gustado cargar con nada que no pudiera justificar, ni en el equipo ni en ninguna otra parte de su vida.

Kaider tomó su propio equipo y le dio una palmada en el hombro, con esa fuerza excesiva que usaba incluso para gestos cariñosos.

—Después de esto voy a pedir permiso para descansar unos días.

—¿Y?

—¿Y qué?

—No sé por qué me lo dices.

—Porque eres mi hermano.

—Eso no responde la pregunta.

—A veces creo que naciste viejo.

Sheijuu ignoró el comentario, aunque por dentro pensó que quizás no se equivocaba del todo. Desde que sus padres murieron, alguien había tenido que aprender a ser el sensato de los dos, y ese papel simplemente terminó cayendo sobre él, casi sin que lo decidiera, de la misma forma en que un río termina cayendo por la pendiente que tiene delante.

La nave siguió avanzando. Las nubes comenzaron a volverse más densas, apilándose unas sobre otras. El cielo adquirió un tono oscuro, casi violáceo en los bordes. Una tormenta se estaba formando en la distancia, todavía lejos, pero visible en el horizonte como una mancha de tinta extendiéndose sobre un papel húmedo, creciendo despacio pero sin detenerse.

Los motores rugieron un poco más fuerte, forzados por el viento en contra. La estructura entera vibró, un temblor que subía desde el suelo metálico hasta las suelas de las botas.

Todo parecía normal.

Hasta que ocurrió.

Un estruendo sacudió el aire. No sonó como un trueno. Fue diferente: más seco, más violento, como si algo hubiera mordido el cielo mismo de un solo bocado. Todo el zepelín tembló, con una sacudida que recorrió cada cuaderna de la estructura.

Los soldados perdieron el equilibrio. Una alarma comenzó a sonar, aguda, insistente.

—¡Impacto!

—¡Nos dieron!

—¿¡Desde dónde!?

Nadie tuvo tiempo de responder.

Otro golpe, mucho más fuerte que el anterior. La cubierta se inclinó violentamente hacia la derecha. Varias cajas se soltaron, deslizándose entre los pies de los soldados como piezas de un juego volcado. Una ventana explotó hacia dentro, convirtiendo el cristal en una lluvia de fragmentos diminutos que brillaron un instante en el aire antes de caer. El viento irrumpió dentro del compartimento con un rugido propio, arrastrando papeles, gritos, todo lo que no estuviera atado al suelo.

Sheijuu logró sujetarse a una barra metálica, con los nudillos blancos por la fuerza. Kaider cayó contra una pared, con el hombro por delante, y soltó un gruñido de dolor que quedó ahogado por el caos general.

—¡¿Qué demonios está pasando?!

—¡Ataque enemigo! —gritó alguien, sin ninguna certeza real en la voz.

—¡No hay posiciones enemigas aquí!

Nadie tenía una respuesta mejor que esa.

Otro impacto. Esta vez el motor izquierdo explotó, una bola de fuego naranja visible incluso desde dentro, seguida de un silencio breve y espantoso en el que el rugido constante de los motores desapareció por completo, como si la nave hubiera dejado de respirar.

Durante un instante, solo hubo silencio.

Luego llegó el verdadero horror.

La nave comenzó a caer. No fue un descenso: fue una caída, y la diferencia entre esas dos palabras se hizo evidente en el estómago de cada persona a bordo, en ese vacío repentino que sube por el cuerpo cuando el suelo deja de sostenerlo. Los soldados fueron lanzados contra las paredes. Las luces se apagaron de golpe. Las alarmas sonaron todavía más fuerte, como si supieran que ya nadie podía hacer nada al respecto.

Sheijuu vio por la ventana rota cómo las nubes giraban.

El cielo.

La tierra.

El cielo otra vez.

Todo daba vueltas, en una secuencia que su mente apenas lograba ordenar, fragmentos de mundo pasando demasiado rápido para tener sentido. La sensación de caída se volvió insoportable, un vacío en el pecho que no se parecía a nada que hubiera sentido antes, ni siquiera en combate, ni siquiera en los peores días del frente.

—¡KAIDER!

Su hermano apareció entre el caos, sujetándose a una cuerda con ambas manos, la cara cubierta de sangre por un corte sobre la ceja que le corría hacia el ojo.

—¡SIGO AQUÍ!

Fue lo último que alcanzó a escuchar con claridad antes de que el ruido se lo tragara todo.

La nave descendía demasiado rápido. Demasiado. Los oficiales intentaban gritar órdenes que nadie podía escuchar entre el viento y el metal retorciéndose. Los motores restantes empezaron a incendiarse, uno tras otro. Fragmentos de metal salían despedidos hacia la oscuridad. Las alas estabilizadoras se rompieron una tras otra, con un sonido seco que Sheijuu no pudo evitar comparar, incluso en ese momento, con huesos quebrándose.

Entonces ocurrió el último impacto.

Algo atravesó la estructura principal. Un proyectil enorme, más grande que cualquiera de los anteriores. No explotó; siguió de largo, atravesando el casco de lado a lado, pero el impacto resultante abrió el vientre del zepelín como si fuera de papel.

El mundo se partió.

El suelo desapareció bajo los pies de Sheijuu.

Durante una fracción de segundo quedó suspendido en el aire, en ese instante extraño donde el tiempo parece detenerse antes de que el cuerpo recuerde que existe la gravedad, un segundo que se sintió mucho más largo de lo que cualquier segundo debería sentirse.

Vio a Kaider, todavía sujeto a su cuerda, con los ojos muy abiertos, gritando algo que ya no llegó a escuchar.

Vio los restos de la nave, desplegándose en el aire como una flor de metal en llamas, pétalos de acero retorcido cayendo en direcciones distintas.

Vio las nubes girando sobre ellos, indiferentes a todo lo que ocurría debajo, como si la tormenta ni siquiera se hubiera enterado de la tragedia que acababa de causar.

Y después cayó.

El viento golpeó su cuerpo como una pared sólida. Intentó estabilizarse. Intentó pensar. Intentó hacer cualquier cosa que se pareciera remotamente a un plan. Pero la velocidad era demasiado alta, y su cuerpo giraba sin control, sin un punto fijo al cual aferrarse ni siquiera con la mirada, el mundo entero convertido en una mancha borrosa de verde, gris y blanco.

Abajo solo había bosque.

Montañas.

Y una inmensa extensión desconocida que, segundos antes, había sido apenas una mancha verde en un mapa incompleto, y que ahora se acercaba a una velocidad que no dejaba lugar para el miedo, solo para una especie de calma extraña y terrible.

La última imagen que vio antes de perder el conocimiento fue un río brillante atravesando el valle, exactamente como los que llevaban toda la misión observando desde la ventana. Por un instante absurdo pensó en su padre, en la teoría del río que nunca elige su camino, y se preguntó si aquello era una señal o solo el último pensamiento sin sentido de una mente a punto de apagarse.

Después llegó la oscuridad.

Fin del Capítulo 1

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