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Sheijuu. [Español]

Chapter 2 / 37

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Capitulo 2: La muchacha del río.

Sheijuu. [Español]

Capítulo 2

La muchacha del río

El primer sonido que escuchó fue agua.

Sin gritos. Sin explosiones. No el rugido de los motores. Agua: un flujo constante y tranquilo, como si el mundo hubiera olvidado que unas horas antes estaba cayendo del cielo, como si nada de aquello le importara lo más mínimo a un río que llevaba corriendo desde mucho antes de que existiera cualquier guerra.

Sheijuu abrió los ojos lentamente. La luz le golpeó de lleno y volvió a cerrarlos por puro reflejo. Todo le dolía: la cabeza, los brazos, las costillas, las piernas, un dolor tan generalizado que resultaba casi imposible distinguir un punto concreto donde concentrarse. Intentó incorporarse y una punzada le atravesó el costado, obligándolo a quedarse inmóvil, respirando despacio, esperando a que el dolor decidiera si iba a quedarse oa ceder un poco.

El aire olía a tierra mojada ya hojas en revisión, ese olor denso y vegetal que solo existe en los bosques que llevan siglos sin ser tocados por hachas ni incendios. Debajo de él, la hierba estaba húmeda y fría, y notó que su ropa —lo que quedaba de su uniforme— estaba empapada hasta los huesos, como si hubiera estado flotando en el agua antes de ser arrastrado hasta la orilla. El barro se había metido entre la tela y la piel, formando una costra pegajosa que se movía con cada intento de flexionar los dedos.

Después de unos segundos volví a intentarlo. Esta vez logró sentarse.

El río estaba a pocos metros. Ancho, cristalino, más limpio que cualquiera que hubiera visto cerca de las ciudades, de esos que solo existían en los recuerdos más viejos, de antes de que las fábricas empezaran a verter sus desechos aguas abajo. El agua reflejaba el cielo como un espejo, tan quieta en los bordes que por un momento parecía pintada, una postal recortada en mitad de la nada. El sonido que hacía al chocar contra las piedras era suave, rítmico, el tipo de ruido que uno podría escuchar durante horas sin aburrirse.

Sheijuu tardó varios segundos en recordar lo ocurrido. El zepelín. La misión. Las explosiones. La caida. Kaider. Kaider.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Se puso de pie de golpe, e inmediatamente se arrepintió: el dolor volvió con tanta fuerza que tuvo que apoyarse en un árbol para no caer de nuevo. La corteza era áspera y rugosa, cubierta de musgo resbaladizo que se desprendía en pequeños trozos al presionarlo.

—Mierda...

Se llevó una mano al costado. Al tocar la zona sintió un escozor agudo y retiró los dedos; estaban manchados de sangre seca, mezclados con tierra y restos de tela quemada. No parecía tener ninguna herida mortal, milagrosamente. Solo cortes, golpes y probablemente algunas costillas dañadas. Lo que sí tenía era una sed terrible, los labios secos y agrietados como si llevara días sin beber. Pero seguía vivo. Eso ya era suficiente por el momento.

Miró alrededor. El bosque era enorme. Los árboles parecían más altos que los que conocía, con cortezas de un color casi negro en la base y copas que se perdían de vista entre la neblina baja. Algunos tenían troncos tan gruesos que cinco hombres no podrían rodearlos con los brazos extendidos, gigantes silenciosos que debían llevar siglos en ese mismo lugar. La luz se filtraba entre las hojas formando manchas doradas sobre el suelo cubierto de musgo y helechos.

El silencio resultaba extraño. No era un silencio vacío, sino uno lleno de vida: insectos, aves, animales moviéndose entre las hojas sin dejarse ver del todo. Todo parecía observar. Esperar. Como si el bosque entero hubiera notado la llegada de algo que no pertenecía ahí.

Sheijuu localizó su espada unos metros más allá, medio hundida entre las raíces de un árbol caído. La recogió, comprobó el filo por costumbre —todavía afilado, aunque con algunas marcas de impacto— y la envainó de nuevo, un gesto mecánico que ejecutó sin siquiera pensarlo, la clase de rutina que el cuerpo recuerda incluso cuando la mente todavía está intentando ponerse al día.

No tenía forma de saber si Kaider había caído cerca o lejos. No tenía forma de saber si había caído siquiera con vida. Se negó a completar ese pensamiento. Llevaban tres años sobreviviendo juntos a base de no asumir lo peor hasta tener pruebas de ello, y no iba a romper esa costumbre ahora, en mitad de un bosque que no aparecía en ningún mapa.

Comenzó a caminar siguiendo la orilla del río. Necesitaba encontrar a Kaider, o cualquier rastro de los supervivientes. No sabía cuánto tiempo había estado inconsciente: una hora, un día, era imposible saberlo. El bosque no ayudaba en nada; todo parecía igual, cada curva del río idéntica a la anterior, cada grupo de árboles repitiéndose como si el paisaje entero hubiera sido copiado y pegado una y otra vez.

Pasó casi media hora caminando. El dolor disminuyó poco a poco, aunque nunca del todo. Su entrenamiento militar le obligaba a ignorarlo: seguir avanzando, pensar después, contar los pasos si hacía falta, cualquier cosa con tal de no pensar en otra cosa.

En algún momento se sorprendió pensando en la última pelea que había tenido con Kaider, apenas dos semanas atrás, por una tontería que ya ni recordaba con claridad. Su hermano tenía esa costumbre: discutir por nada y después actuar como si nunca hubiera pasado. Sheijuu, en cambio, tardaba días en soltar ese tipo de cosas, dándole vueltas mucho después de que dejaran de importar. Pensó que si lo encontraba con vida, no iba a mencionarlo nunca más.

Entonces escuchó voces.

Se detuvo, instantáneamente, con la mano ya en el mango de la espada. Las voces provenían del otro lado del río. No entendía las palabras, pero definitivamente eran personas.

Se acercó despacio, ocultándose entre los árboles, sin hacer ruido, con el mismo cuidado que había aprendido a moverse detrás de líneas enemigas, colocando cada pie con cuidado antes de apoyar el peso completo. Las suelas de sus botas, gastadas por años de marchas, apenas hacían ruido contra el suelo cubierto de agujas de pino. Cuando alcanzó una zona despejada finalmente los vio.

Tres personas. Dos hombres y una mujer.

Vestían ropas extrañas, hechas principalmente de cuero y tejidos simples, teñidas en tonos tierra que se confundían con el bosque a su alrededor. Nada parecido a los uniformes militares, ni tampoco a la ropa de ninguna aldea fronteriza que hubiera visto antes en toda su vida de soldado. Sus prendas estaban remendadas en varios puntos, pero no por descuido, sino con la precisión de quienes saben que cada puntada alarga la vida de la tela.

Uno de los hombres llevaba una lanza. El otro, un arco, con un carcaj tallado en madera oscura que parecía tan viejo como los árboles que los rodeaban, gastado por generaciones de manos. Sus posturas eran relajadas pero atentas, el tipo de vigilancia que viene de años de práctica, no de entrenamiento formal.

La muchacha parecía tener aproximadamente su edad, tal vez un poco menos. Cabello oscuro, largo, recogido parcialmente detrás de la cabeza con una cinta de cuero. Un rostro de rasgos finos, con algunas pecas repartidas sobre la nariz y las mejillas. Estaba agachada junto al río, llenando varios recipientes con un movimiento tan natural que parecía haberlo hecho miles de veces antes, quizás toda su vida, sin necesidad de mirar siquiera lo que hacían sus manos. La luz del sol se filtraba entre las hojas y se reflejaba en el agua, creando pequeños destellos que bailaban sobre su rostro.

Los tres hablaban entre ellos con confianza, sin ninguna prisa. Ninguno parecía haberlo visto.

Sheijuu permaneció inmóvil, observando. Aquello no aparecía en ningún mapa. No deberían existir asentamientos humanos en esa región, al menos ninguno conocido, ninguno que el ejército hubiera registrado en años de sobrevuelos y expediciones. Y sin embargo, ahí estaban: tres personas con una rutina propia, en mitad de un territorio que en los mapas de Valthar figuraba completamente en blanco.

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El hombre del arco levantó la vista de repente. Miró directamente hacia donde estaba escondido.

Sheijuu contuvo la respiración. El corazón le latía con fuerza, un sonido sordo que le parecía ensordecedor en medio del silencio del bosque.

Los segundos pasaron, largos, tensos. Luego el hombre volvió a mirar a sus compañeros. No lo había detectado. O eso parecía, aunque algo en la forma en que había mirado, tan directa, tan precisa, no terminó de convencerlo del todo. Como si hubiera notado algo, pero no hubiera encontrado nada al fijar la vista.

Sheijuu decidió retirarse. Necesitaba más información antes de acercarse, y presentarse sin entender el idioma ni el terreno le pareció, de pronto, una idea mucho peor de lo que había parecido al principio. Se movió para dar un paso atrás, con cuidado, buscando un punto donde el suelo no crujiera.

Dio un paso atrás.

Pisó una rama.

Crack.

El sonido fue seco, pequeño, pero en el silencio del bosque resonó como un disparo. Las tres cabezas se giraron instantáneamente. Demasiado rápido. Mucho más rápido que la mayoría de personas, con una coordinación que no encajaba en absoluto con simples cazadores o recolectores de agua. El hombre del arco ya tenía la flecha colocada antes de que Sheijuu terminara de procesar que lo habían visto. La mujer ya se había puesto de pie, sin el menor movimiento brusco, simplemente erguida, con las manos vacías pero con una postura que sugería que no lo estaban tanto.

Sheijuu maldijo para sí. No en voz alta, pero con suficiente intensidad como para que su mandíbula se tensara.

La muchacha fue la primera en reaccionar. No con miedo. Con una evaluación rápida que Sheijuu reconoció porque él mismo la había usado cientos de veces: la misma forma de medir a un desconocido, de calcular distancia, de leer el peligro antes de que este se manifestara.

—¡Hay alguien!

Los dos hombres levantaron sus armas. Sheijuu salió lentamente de entre los árboles, con ambas manos visibles, los dedos abiertos y separados para mostrar que no llevaba nada oculto. No quería un combate, no en su estado, con las costillas todavía protestando por cada respiración un poco más profunda de lo normal.

Los tres lo observaron en silencio. La tensión era evidente. Uno de los hombres apuntó con el arco, la flecha ya en posición, la cuerda tensa y temblando ligeramente por el esfuerzo contenido. El otro, el de la lanza, había desplazado el peso de su cuerpo hacia adelante, listo para avanzar si hacía falta. La muchacha, en cambio, se mantenía inmóvil, con los brazos ligeramente separados del cuerpo, como quien está preparado para moverse en cualquier dirección sin haber decidido todavía cuál.

—No entiendo lo que dicen —dijo Sheijuu, despacio, con las manos aún abiertas frente a él, en el gesto universal de quien no busca pelea. Su voz sonó más ronca de lo que esperaba, probablemente por el tiempo inconsciente y la falta de agua.

Nadie respondió. Por supuesto. Probablemente tampoco entendían su idioma. Durante varios segundos simplemente se miraron, ambos bandos calculando al otro, sin que ninguno se atreviera a dar el primer paso equivocado.

Entonces ocurrió algo inesperado.

La muchacha dio un paso adelante, observándolo con atención. Sus ojos se detuvieron en las heridas, en la ropa militar rasgada y quemada en varios puntos, en la espada a su cintura. Luego señaló hacia el cielo e hizo un gesto descendente con la mano, como algo cayendo, y después llevó la mano a su propio pecho y la abrió lentamente, como si imitara el impacto de una caída contra el agua. No eran palabras, pero el mensaje era claro: "¿Caíste?"

Sheijuu tardó un segundo en comprender. Asintió.

—Sí. Caí.

La muchacha intercambió unas palabras rápidas con los otros dos, en un tono que sonaba más a discusión que a simple traducción. El del arco no bajó la flecha del todo, pero su postura se relajó ligeramente. El de la lanza seguía atento, pero ya no con la misma agresividad. Después ella volvió a mirarlo, señaló el bosque y luego se señaló a sí misma. Una invitación a seguirla. Probablemente.

Los hombres no parecían convencidos. El del arco mantuvo la flecha apuntada un momento más de lo estrictamente necesario, sin bajarla del todo, con la cuerda todavía tensa. Pero tampoco discutieron con ella, algo que a Sheijuu no le pasó desapercibido: fuera cual fuera el lugar de la muchacha entre ellos, su palabra pesaba, y pesaba lo suficiente como para que dos hombres armados cedieran ante ella sin protestar. No por miedo. Por respeto.

Sheijuu dudó. Era arriesgado seguir a tres desconocidos armados hacia un lugar que no conocía. Pero perderse solo en aquel bosque interminable también lo era. Además, necesitaba encontrar a Kaider, y si existía una aldea cercana, alguien podría haber visto más supervivientes, o al menos podría orientarlo sobre el terreno que tenía delante. También estaba el asunto de su propia condición física: no podría caminar indefinidamente sin agua ni comida, y su cuerpo le recordaba con cada paso que el tiempo de la resistencia se estaba agotando.

Finalmente abierto.

La muchacha irritante. Solo un poco, una sonrisa breve pero sincera, que no dirigida parecía a calmarlo a él sino simplemente genuina, la clase de sonrisa que alguien regala sin pensar demasiado en el efecto que va a causar. Por alguna razón eso le resultó extraño. Hacía tiempo que no veía una sonrisa que no estuviera relacionada con el ejército, con una victoria en el frente o con un chiste de Kaider justo antes de una misión. Esta era distinta: no calculaba nada. Solo era una sonrisa.

Comenzaron a caminar. El sendero se internaba entre los árboles, tan discreto que Sheijuu dudaba de haberlo notado si hubiera pasado caminando solo, sin nadie que supiera exactamente dónde pisar. A veces la vereda se perdía entre las rocas o bajo la maleza, y la muchacha —que iba delante, guiando— se encontraba siempre el siguiente tramo con una naturalidad que solo podía venir de años de recorrer aquel camino.

Mientras avanzaban, Sheijuu observó algo que llamó su atención. Los tres llevaban pequeñas bolsas atadas a la cintura. Una de ellas se abrió ligeramente cuando uno de los hombres se movió para apartar una rama, y ​​dentro pudo ver, apenas un instante, un fragmento de lo que llevaba dentro.

Rollos.

Rollos con Improntas.

Su función era almacenar técnicas en ellos, para luego poder usarlas sin gastar una gota de Escencia. El propio Sheijuu poseía Improntas, aunque las suyas estaban grabadas directamente en la piel, bajo las vendas, no en rollos de fibra. Había visto un par de esos rollos una sola vez en su vida, en manos de un capitán con más de veinte años de servicio, y hasta entonces había asumido que era un conocimiento reservado casi exclusivamente al alto mando ya un puñado de especialistas con acceso a recursos que un soldado raso jamás llegaría a ver.

Supuestamente, debido a la degradación natural de los objetos comunes como el papel, era muy difícil que resultara rentable poner Improntas en ese tipo de materiales. Los sellos que las conformaban tendían a borrarse oa deformarse con el uso constante, con la humedad, con el simple roce de las manos, terminando por volverse inútiles al cabo de poco tiempo. En la piel, en cambio, duraban muchísimo más, casi para siempre si se cuidaban bien.

Estos rollos eran muy simples. Muy rudimentarios, hechos de una fibra más tosca que la que había visto usar al ejército. Pero eran rollos con marcas adentro, sin ninguna duda, marcas que reconocía aunque no supiera leerlas del todo. Los trazos eran toscos, imprecisos en algunos puntos, pero seguían la misma lógica geométrica que él conocía.

Sheijuu frunció el fruncido.

Eso era imposible. O al menos debería serlo. El conocimiento de esas técnicas era algo nuevo, extremadamente raro incluso en las grandes naciones, celosamente guardado por cada bando como una ventaja militar más, del tipo que se protegía con guardias y firmas de confidencialidad. Había oído rumores de que el desarrollo de las Improntas había empezado hacía apenas dos décadas, y que todavía era una tecnología inestable que pocos dominaban por completo. Los soldados rasos como él apenas recibían entrenamiento básico; lo que sabía, lo había aprendido por su cuenta, copiando diagramas de manuales robados y practicando en la piel de su propio brazo a escondidas de los oficiales.

¿Qué hacía una tribu perdida, sin caminos ni ciudades registradas, utilizando algo así con la misma naturalidad con la que llevaban agua a sus recipientes? No eran guerreros entrenados por ninguna de las seis naciones. No llevaban insignias. No hablaban el idioma común. Y sin embargo, llevaban Improntas como si fueran parte de su vestimenta cotidiana.

La pregunta quedó sin respuesta, porque apenas unos segundos después apareció algo todavía más sorprendente.

Un joven salió de entre los árboles. Saltó desde una rama, aterrizó sobre otra, y luego sobre una tercera, moviéndose con una agilidad imposible para una persona normal, encadenando los saltos sin un solo instante de vacilación, como si el aire mismo lo sostuviera un poco más de lo que debería.

No usaba cuerdas.

No usaba herramientas.

Era Escencia.

Lo reconoció inmediatamente, aunque nunca había visto a nadie usarla de una forma tan fluida, tan despreocupada, como si caminar por el suelo fuera simplemente una opción entre varias y no la única disponible. Los saltos no eran bruscos ni forzados; cada uno de ellos se completaba con un pequeño impulso de Escencia que suavizaba la caída y prolongaba el vuelo, como si la gravedad fuera solo una sugerencia a la que el muchacho decidía hacer caso solo cuando le convenía.

El muchacho aterrizó frente al grupo. Dijo algo rápido, casi sin aliento, con el pecho subiendo y bajando por la carrera. Parecía nervioso, con una expresión que Sheijuu reconoció sin necesidad de entender el idioma: la de alguien trayendo malas noticias, esa mueca universal que no necesita traducción. Movía las manos mientras hablaba, señalando hacia algún punto que Sheijuu no podía identificar entre los árboles, y su voz tenía un tono entrecortado que sugería urgencia real.

Los otros dos hombres se tensaron de inmediato. La muchacha también, aunque intentó disimularlo mejor que ellos, con apenas un cambio en la postura de los hombros y una ligera contracción en la mandíbula. Todos comenzaron a caminar más deprisa, casi al trote, sin dedicarle a Sheijuu ni una sola mirada más, como si de pronto hubiera dejado de ser lo más importante en su mundo.

El muchacho seguía hablando en susurros con la mujer, gesticulando hacia la misma dirección una y otra vez, y cada vez que ella asentía su expresión se volvía un poco más rígido. El del arco caminaba ahora con la flecha ya colocada en la cuerda, no apuntando a nadie, simplemente lista. El de la lanza llevaba el arma en una posición que permitía usarla en un solo movimiento.

Sheijuu no entendía una sola palabra.

Pero algo estaba ocurriendo. Algo importante. Tuvo una sensación extraña, la misma que solía preceder a los peores días en el frente: la certeza silenciosa de que, fuera lo que fuera lo que se avecinaba, ya era demasiado tarde para dar media vuelta.

Aceleró el paso para no quedarse atrás, ignorando la protesta de sus costillas con cada zancada más larga de lo necesario. El grupo avanzaba ahora en fila, sin la charla despreocupada de antes, con los ojos puestos en el sendero y algo más, algo que ninguno se molestaba en compartir con él. El muchacho que había llegado corriendo seguía hablando en susurros con la mujer, y aunque Sheijuu no captaba las palabras, el tono le bastaba para saber que no eran buenas noticias.

El bosque, que hasta hacía unos minutos le había parecido casi hermoso en su quietud, empezó a sentirse distinto. Las sombras mismas que antes solo escondían pájaros y ciervos ahora parecían capaces de esconder cualquier cosa. Sheijuu se descubrió mirando por encima del hombro más de una vez, aunque no había sabido decir exactamente qué esperaba encontrar ahí detrás. El aire se había vuelto más denso, más pesado, como si el propio bosque estuviera conteniendo la respiración.

No tenía ni idioma, ni mapa, ni la más remota idea de en qué se estaba metiendo. Solo tenía una espada, un hermano perdido en algún punto de aquel bosque interminable, y la sospecha, cada vez más firme, de que el día todavía no había terminado de complicarse.

Fin del Capítulo 2

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