# Capítulo 20-21
## ¿Recuerdas el río?
La luz llegó primero.
Gris. Fría. El tipo de luz que antecede a la lluvia, cuando el cielo se vuelve una lámina uniforme sin sol ni sombras, y el aire se llena de ese olor a tierra mojada que aún no ha caído.
Sheijuu estaba tumbado sobre la hierba. Los ojos abiertos. Mirando el cielo.
No recordaba haber caído. No recordaba el momento exacto en que la dimensión lo había expulsado. Solo el eco de un rugido lejano, el crujido de la roca gris partiéndose, y luego la nada. Pero el olor a tierra mojada, el fresco de las gotas en su rostro, el sonido del viento moviendo las hojas de los árboles... todo eso era real. Demasiado real para ser un sueño.
Se incorporó despacio. Su cuerpo respondió con lentitud, no por heridas, las heridas habían sanado, la mayoría, sino por agotamiento. Un agotamiento que iba más allá de los músculos, un cansancio que se sentía en los huesos, en los pulmones, en la misma médula de su existencia.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó en voz baja. Su propia voz le sonó extraña, ronca, como si llevara días sin usarla.
Majull tardó en responder. Su voz, dentro de la mente de Sheijuu, era más débil que antes, más lejana, como si también estuviera agotado.
—Cuatro días.
Sheijuu no dijo nada. Solo se quedó mirando el cielo gris, sintiendo las gotas de lluvia caer sobre su rostro, una a una. Cuatro días. Su cuerpo no lo sentía. Pero algo en él sí.
Miró sus manos. Sucias. Rojas en algunos puntos. Las uñas, rotas y llenas de tierra. No recordaba haberse lastimado las manos. No recordaba nada de esos cuatro días.
—¿Qué pasó después de que...?
—No paraste. Ni cuando cayó el Primordial. Ni cuando la dimensión empezó a desmoronarse. Atacaste el suelo, las paredes, el vacío. Durante días. Hasta que no quedó nada que atacar.
Sheijuu no preguntó más. No quería saber.
The tale has been taken without authorization; if you see it on Amazon, report the incident.
Se puso de pie. El cuerpo le dolió, pero no tanto como esperaba. La fusión lo había cambiado, y aunque no sabía cómo ni en qué medida, notaba que algo era diferente. Su respiración era más profunda, sus músculos respondían con más rapidez, y la luz del día, incluso en aquel cielo gris, parecía más clara, más nítida.
Caminó sin dirección durante unos minutos, dejando que las piernas lo llevaran. El bosque alrededor era el mismo que recordaba. Las montañas, los árboles, el río que bajaba desde el lago. Todo estaba igual que antes, como si el mundo no se hubiera dado cuenta de lo que había ocurrido.
Y entonces lo vio.
El cadáver del Primordial. A unos metros, destrozado. Irreconocible en gran parte. La túnica, hecha jirones. El cuerpo, retorcido, como si algo lo hubiera aplastado desde dentro. No parecía haber muerto por una herida externa. Parecía haber sido deshecho desde el núcleo, como si su propia existencia se hubiera vuelto insostenible.
Sheijuu lo miró durante varios segundos, sin sentir nada en particular. Luego siguió caminando.
Y lo encontró.
Shaara.
Se detuvo. Estaba exactamente donde la dimensión la había devuelto. Sobre la hierba. Entre las rocas. A pocos metros del lugar donde el Primordial los había encontrado por primera vez. Llevaba días allí. Sheijuu lo supo antes de acercarse. Lo supo por el color de su piel, por la rigidez de sus manos, por el silencio que la rodeaba.
Se acercó de todas formas.
La hierba alrededor estaba seca. El color había abandonado su rostro. Sus rasgos seguían siendo los suyos, pero el tiempo, esos cuatro días, había borrado cualquier indicio de vida. La herida en el costado, seca. La sangre alrededor, oscura, casi negra. Los ojos, cerrados. Como si estuviera durmiendo.
Sheijuu se arrodilló a su lado. No dijo nada. No había nada que decir. El viento movió su cabello, y él vio una pequeña hoja seca atrapada en uno de sus mechones. La apartó con cuidado. Sus dedos, sucios, temblaron ligeramente al tocarla.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó en voz baja, aunque sabía que nadie podía responderle.
Majull guardó silencio.
Pasó un rato largo. La lluvia empezó a caer, primero suave, después con más fuerza. Las gotas golpeaban su rostro, su ropa, el cuerpo inmóvil de Shaara.
Ella seguía allí, en el mismo lugar donde la dimensión la había devuelto. Sheijuu se quedó de rodillas junto a ella, sin moverse, mientras la lluvia caía y el tiempo pasaba.
Y en algún momento, con las manos cubiertas de barro y la lluvia empapando su ropa, comenzó a cavar.
No usó Escencia. No usó técnicas. Usó sus manos, y una piedra plana que encontró cerca. La tierra era dura, y sus dedos, aún débiles por el agotamiento, sangraron varias veces. Las uñas se rompieron contra las piedras. La sangre se mezcló con el barro. Pero no se detuvo.
Aún así, todos los cortes que se hacía, se regeneraban en un minuto a lo mucho. Algo que le molestó.
Majull no dijo nada en todo ese tiempo.
Cuando el hoyo fue suficientemente profundo, Sheijuu se detuvo. Miró hacia donde había dejado a Shaara. La lluvia seguía cayendo, y el viento movía las hojas de los árboles cercanos. La llevó despacio, con cuidado. Como si el cuidado todavía importara, como si sus manos pudieran devolverle algo que ya se había ido. La colocó en el fondo del hoyo, y permaneció allí un momento, mirándola.
Sus dedos rozaron su mejilla, fría y húmeda. Luego, suavemente, apartó un mechón de su cabello de la frente. No dijo nada. No podía. Las palabras que tenía no eran suficientes, y las que no tenía, nunca las había aprendido.
Comenzó a cubrir la tierra. Poco a poco. Palada a palada. El barro caía sobre ella, y la lluvia lo ablandaba, lo convertía en una masa gris que se mezclaba con la hierba. Cuando terminó, buscó una piedra grande, la más plana que encontró, y la colocó sobre la tierra removida.
Con la punta de su espada, marcó su nombre en la superficie. Shaara. Nada más.
No sabía su apellido. Nunca se lo había preguntado. Eso también lo golpeó de una forma que no esperaba.
Se quedó de pie frente a la piedra durante un rato largo. El viento movía la hierba, y el río sonaba en la distancia.
—¿Recuerdas el río? —había preguntado ella.
Sheijuu cerró los ojos. Cuando los abrió, sus ojos eran los mismos de siempre. Negros. Vacíos.
Recogió la espada del suelo, la única cosa que había sobrevivido intacta a todo aquello, y empezó a caminar. Sin mirar atrás. Con los ojos perdidos en el horizonte. No caminaba hacia algo. Caminaba porque era lo único que le quedaba.
Majull observó desde dentro y comprendió. No dijo nada. A veces, el silencio era la única respuesta que quedaba.
**Fin del Capítulo 20-21.**