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Sheijuu. [Español]

Chapter 24 / 37

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Capítulo 18-19: La tormenta sin nombre.

Sheijuu. [Español]

# Capítulo 18-19

## La tormenta sin nombre

La primera esfera había sido un accidente.

Sheijuu no la había planeado. No la había invocado. Simplemente había ocurrido, la Escencia comprimiéndose en su palma sin instrucciones, sin forma, y luego explotando. El Primordial había sido lanzado hacia atrás, y Sheijuu, sin entender bien lo que había pasado, lo había perseguido.

Ahora, minutos después, su cuerpo ya no era el mismo.

La piel de sus brazos estaba chamuscada, negra en algunos puntos, roja y ampollada en otros. Cada movimiento que hacía abría nuevas grietas en la carne, y la sangre se mezclaba con la Escencia que brotaba de sus heridas. Pero la regeneración seguía trabajando. La piel se cerraba, las ampollas se secaban, las quemaduras se desvanecían. Solo para que el siguiente movimiento las abriera de nuevo. Cada vez más lento. Cada vez con más esfuerzo. Las runas en su piel pulsaban al ritmo de su corazón, y donde antes había una sola línea de luz opaca, ahora había dos. Después tres.

Cada runa que se sumaba no era una decisión. Era una grieta más en la presa que Sheijuu ya ni siquiera intentaba sostener.

Sheijuu atacó de nuevo. Otra extensión de Escencia salió de su hombro derecho, alargándose hacia el Primordial. La extensión se estrelló contra el suelo donde el ser pálido había estado un instante antes, abriendo un cráter en la roca gris. El Primordial estaba a la izquierda, y Sheijuu giró, su cuerpo moviéndose con una velocidad que no controlaba, una extensión saliendo de su espalda, otra de su costado. Todas fallaron. El terreno a su alrededor empezaba a parecer un campo de batalla abandonado hacía años, cráteres superpuestos unos sobre otros, roca fundida en algunos bordes, y en medio de todo aquello, un solo hombre pálido que no había perdido el equilibrio ni una sola vez.

—Te estás quemando —dijo Majull. Su voz era débil, apenas un eco en la tormenta de furia. Pero Sheijuu la escuchó—. Tu cuerpo no puede sostener esto. Cuatro runas ya es más de lo que ningún humano ha soportado nunca.

Sheijuu no respondió. No podía. Sus cuerdas vocales ya no respondían, secas, quemadas, rotas. Solo la furia.

—Si vas a continuar —dijo Majull, y esta vez su voz sonó distinta, más grave—. No te detengas.

Sheijuu no lo hizo.

Algo cambió entonces. Las runas dejaron de multiplicarse sin orden, cada una apareciendo donde el cuerpo encontraba espacio libre, y empezaron, en cambio, a brillar con una intensidad distinta, como si ya no bastara con sumar líneas y la Escencia hubiera decidido, por su cuenta, empezar a darles forma.

La quinta runa se encendió en su antebrazo izquierdo como un hierro al rojo vivo. Y con ella llegó algo nuevo.

No fue una extensión. No fue un simple zarcillo de Escencia. Fue una forma, brotando desde su hombro, ganando volumen, ganando textura, hasta convertirse en algo que Sheijuu no controlaba y que sin embargo reconocía, en algún rincón de su mente que ya no era del todo suya.

Una cabeza.

Pero no de bestia, no como la habría imaginado un soldado de Sadoku. Su superficie era oscura, veteada, agrietada como la corteza de un árbol centenario, con la misma textura de madera vieja que cubría el verdadero cuerpo de Majull en el fondo de su lago. No tenía colmillos. Tenía una boca alargada, casi un hocico de cocodrilo tallado en madera negra, y donde deberían haber estado los ojos solo había dos hendiduras que brillaban con la misma luz pálida y fracturada de los ojos de Sheijuu.

Era Majull.

O un fragmento de lo que Majull había sido alguna vez, forzado a la superficie por la misma desesperación que estaba consumiendo a Sheijuu por dentro.

Por un instante, en algún rincón de la furia que ya casi no le pertenecía, algo en Sheijuu reconoció aquella forma con un asombro que no tenía tiempo de sentir del todo. No era un arma. Era un pedazo de la única voz que le había hablado desde que todo aquello empezó, ahora hecha carne de madera y luz, colgando de su propio cuerpo como una extremidad que nunca debió existir.

La cabeza se abrió. Un rugido grave, más parecido al crujido de un tronco partiéndose que al bramido de un animal, escapó de sus fauces de madera. Una esfera de Escencia salió disparada hacia el Primordial, no como un simple proyectil: se movió al principio con lentitud, casi flotando, y luego se aceleró, persiguiéndolo como si tuviera voluntad propia.

El Primordial se movió a un lado. La esfera lo siguió. Se movió hacia atrás. La esfera aceleró. Explotó en el momento en que lo rozó, y el impacto lo lanzó contra la pared de la dimensión.

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Sexta runa. Séptima.

Sheijuu no esperó a que se recuperara. Atacó de nuevo, más extensiones, más esferas, y una segunda cabeza de madera oscura brotó de su costado, idéntica en textura a la primera, con las mismas hendiduras luminosas donde deberían estar los ojos, rugiendo, lanzando energía en todas direcciones. Cada golpe hacía que su cuerpo se deformara un poco más, la piel cediendo paso a algo que ya no era del todo carne ni del todo madera, y la regeneración se volvía un poco más lenta. Pero él no sentía el dolor. No podía. La furia lo había anestesiado.

El Primordial se puso de pie. Tenía heridas en el costado, en el brazo, en la pierna. Su túnica estaba hecha jirones, y por primera vez, su rostro mostraba algo que no era indiferencia.

—Basta —dijo.

Octava runa.

Sheijuu no escuchó. Una tercera cabeza emergió de su espalda, y otra esfera se formó en sus fauces de madera. El Primordial levantó una mano, y la esfera explotó antes de tiempo, pero la onda de choque lo empujó hacia atrás. Sheijuu ya estaba sobre él, las extensiones de Escencia envolviéndolo, cerrándose alrededor de sus brazos, de su torso, apretando. El Primordial tiró hacia atrás, buscando el espacio que siempre había tenido, la distancia que hasta hacía unos minutos parecía infinita, y no la encontró. Por primera vez desde que había aparecido entre las nubes, su cuerpo no respondió con la fluidez de siempre. Algo en su rostro, bajo la indiferencia que llevaba puesta como una máscara, se resquebrajó.

—¡No te acerques! —gritó el Primordial, con fuerza, la voz quebrándose en el borde de algo que se parecía, incómodamente, al miedo.

Novena runa.

Majull sintió el peso de aquel número recorrerlo desde algún lugar que ya casi no le pertenecía. Nueve. Solo faltaba una.

—Sheijuu —susurró, con la poca voz que le quedaba—. Si llegas a la décima, no sé si vas a poder volver.

Sheijuu no se detuvo. La Escencia comenzó a comprimirse en su pecho. No en su mano, no en la boca de una de las cabezas de madera. En su pecho, justo en el medio. La esfera que se formó allí era diferente a todas las anteriores. No brillaba. No emitía luz. Absorbía la luz. Un punto negro, denso, que distorsionaba el espacio a su alrededor.

El Primordial lo vio. Sus ojos blancos se abrieron de par en par.

—¡Aléjate, maldito idiota!

Sheijuu se acercó. La esfera crecía. El Primordial sintió la atracción, el tirón de la gravedad, y supo que no podría escapar. Sheijuu se detuvo a centímetros de su rostro, y la esfera flotó entre ambos, devorando la luz, devorando el calor, devorando el espacio a su alrededor. El rostro del Primordial se distorsionó en la luz oscura.

Y en ese instante, con la décima runa a punto de encenderse, algo dentro de Sheijuu se rompió en la dirección contraria.

No hacia adelante.

Hacia atrás.

Las tres cabezas de madera se deshicieron en polvo oscuro, reabsorbidas por su cuerpo. Ocho runas se apagaron de golpe, una tras otra, hasta que solo quedó una, ardiendo en su antebrazo con una luz mucho más estable de la que había tenido nunca. El caos de extensiones y esferas se detuvo. Sheijuu, de pie, con una sola runa activa, se quedó completamente inmóvil.

Y sin embargo, todos en aquel espacio —el propio Majull incluido— sintieron que aquella quietud pesaba más que toda la tormenta anterior junta.

Entonces liberó la esfera negra.

La explosión fue silenciosa al principio. Un segundo de nada. Y después el mundo entero pareció romperse. La roca se pulverizó en un radio enorme. El suelo desapareció. Las paredes de la dimensión crujieron. Una nube de polvo y energía se elevó en el horizonte, formando una columna que se extendía hacia el cielo inexistente de aquel lugar.

El Primordial desapareció en el centro de la explosión. Su cuerpo se deshizo en fragmentos que se perdieron en el vacío. No hubo grito. No hubo resistencia. Solo el silencio de la nada.

Cuando Sheijuu cayó a lo lejos, resultado de la explosión, se levantó como si nada, sin apoyar las manos en el suelo. Y después de quedarse unos segundos mirando la nube extenderse, movió su cabeza ligeramente hacia la derecha, una cabeza extra con similitud a un tigre muy delgado se formó en su rostro, salió de su mejilla y disparó una de esas esferas al horizonte.

Con una sola runa activa, calmado, terriblemente eficiente, siguió atacando. No había enemigo, no había objetivo, solo el impulso ciego de destruir, aunque ahora cada golpe estaba medido, preciso, como si la única runa que quedaba encendida hubiera aprendido a hacer con un solo movimiento lo que antes necesitaba nueve. Las extensiones de Escencia golpeaban el suelo, las paredes de la dimensión se agrietaban, y de tanto en tanto una única cabeza de madera oscura emergía de su hombro, rodilla o espalda, lanzaba una esfera hacia la nada, y volvía a disolverse.

La dimensión empezó a desmoronarse. Las fracturas se multiplicaron, y el suelo se abrió bajo sus pies. Pero Sheijuu no se detuvo.

Un día.

No había noche allí, ni día tampoco, solo la misma luz gris y uniforme filtrándose desde ninguna parte, pero algo en su cuerpo seguía contando de todas formas, marcando el paso del tiempo con el único reloj que le quedaba: la sed, el hambre que ya no sentía, el silencio total que solo se rompía con el eco de sus propios ataques.

Dos días.

Ya no quedaba nada que destruir en el radio donde caminaba, y aun así seguía encontrando algo, una roca, una grieta, el aire mismo, cualquier cosa que pudiera recibir el golpe de una extensión o el impacto de una esfera. Caminaba entre los cráteres que él mismo había abierto, sin reconocerlos, sin reconocer nada, con la mirada fija en un punto que no existía.

Tres días, atacando lugares al azar con la misma calma inquietante, sin descanso, sin razón aparente. La runa de su antebrazo ya cubría la mayor parte de su cuerpo visible. Su rostro, cubierto por la única runa activa, permanecía casi sereno. Su respiración era regular, casi tranquila, algo mucho más aterrador que cualquier rugido.

—Sheijuu —dijo Majull. Su voz era apenas un susurro, un eco que se desvanecía en la oscuridad—. Ya está.

Sheijuu no escuchó.

—Ya está. El Primordial está muerto.

Sheijuu siguió atacando.

—Sheijuu —dijo Majull, con la poca fuerza que le quedaba—. Es suficiente.

El cuerpo de Sheijuu se detuvo. No porque él lo decidiera. Porque algo, en lo más profundo, finalmente lo soltó. La última runa se apagó, y su cuerpo cayó al suelo, exhausto, incapaz de sostenerse por sí mismo. La dimensión se derrumbó a su alrededor, y la oscuridad lo envolvió de nuevo.

Cuando despertó, la lluvia caía sobre su rostro.

El cielo era gris. La hierba era verde. Y el olor a tierra mojada y a sangre seca y en descomposición, se mezclaba en el aire.

**Fin del Capítulo 18-19**

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