# Extra 6
## El festival de las hojas rojas
El primer indicio de que el otoño llegaba no fue el frío.
Fue el color.
Una mañana, sin aviso previo, los árboles que rodeaban la aldea comenzaron a teñirse de un rojo profundo, casi anaranjado, como si el bosque entero hubiera decidido encender una hoguera silenciosa que no quemaba nada y, sin embargo, lo cubría todo. Las hojas caían en espirales lentas, meciéndose en el viento antes de posarse sobre la tierra húmeda, formando capas crujientes que crujían bajo los pies con cada paso. El olor a hojas secas y a madera húmeda llenaba el aire, mezclado con el humo de las primeras chimeneas que empezaban a encenderse al atardecer.
Sheijuu lo notó primero durante su entrenamiento matutino. El río, que siempre había sido un reflejo verde y plateado, ahora arrastraba hojas rojas en su corriente, pequeñas embarcaciones que giraban lentamente antes de desaparecer río abajo. El aire era más fresco, más limpio, y el sol, más bajo en el cielo, proyectaba sombras más largas que se estiraban como dedos sobre el suelo cubierto de hojas.
—Las hojas cambiaron.
Shaara, sentada sobre su roca habitual junto al río, levantó la vista hacia las copas de los árboles. Tenía una hoja roja atrapada en el cabello, y el viento movía suavemente los mechones sueltos.
—Eso significa que el Festival de las Hojas Rojas está cerca.
—¿Festival?
—Una vez al año. Cuando los árboles se encienden así.
—¿Qué se celebra exactamente?
Shaara se quedó pensando la respuesta más tiempo del que Sheijuu esperaba. Arrancó una hoja de un arbusto cercano y la giró entre sus dedos, observando cómo la luz se filtraba a través de ella.
—Que sobrevivimos otro año. Que la cosecha terminó bien. Que todavía estamos aquí para verlo. —Hizo una pausa—. También es una forma de recordar a los que ya no están. Se dice que las hojas rojas llevan los mensajes de los que se fueron, y que al caer, los devuelven a la tierra para que vuelvan a crecer en la próxima primavera.
—Eso suena bastante simple para ser una celebración.
—Las mejores cosas suelen serlo.
La aldea entera cambió de ritmo durante los días siguientes.
Las casas se decoraban con guirnaldas hechas de hojas secas y pequeñas cintas de tela teñidas con pigmentos extraídos de bayas locales. Los niños correteaban más de lo habitual, ayudando —o más bien, estorbando con entusiasmo— a los adultos que preparaban mesas largas de madera en la plaza central. El sonido de los martillos y las sierras se mezclaba con el de las risas y las canciones que los ancianos entonaban mientras trabajaban.
Kaider, por supuesto, se había autoproclamado responsable de "supervisar la decoración", un cargo que nadie le había otorgado oficialmente pero que tampoco nadie se atrevió a cuestionarle, principalmente porque ya tenía a media docena de niños trepando árboles bajo su dirección para colgar guirnaldas en las ramas más altas. Su risa se escuchaba desde lejos, mezclándose con los gritos de los niños que se balanceaban entre las ramas.
—¡Más arriba!
—¡Si subo más me caigo!
—¡Entonces sube con cuidado y no te caigas!
—¡Eso no tiene sentido!
—¡La vida tampoco lo tiene, sigue subiendo!
Yenna, que pasaba cerca cargando una cesta de especias, se detuvo a observar la escena con una ceja levantada. El olor a canela y a clavo se mezclaba con el de las hojas secas y la madera.
—¿Estás enseñando a los niños a escalar árboles peligrosamente o solo pareces estarlo haciendo?
—Un poco de ambas, honestamente.
—Eso no me tranquiliza.
—A mí tampoco, pero ya estamos a mitad del proceso.
Yenna soltó una risa breve y siguió su camino, dejando a Kaider con la responsabilidad completa de explicar, más tarde, por qué exactamente uno de los niños había terminado con una rama atascada en el cabello y otro con una raspadura en la rodilla.
Sheijuu, mientras tanto, se encontró participando en preparativos de una forma que jamás hubiera imaginado meses atrás.
El anciano lo reclutó para ayudar a tallar pequeños marcadores de madera, símbolos sencillos que cada familia colocaría frente a su casa durante el festival, representando algo que agradecían de aquel año. El taller del anciano era una pequeña estructura de madera, iluminada por una ventana que daba al río, y el olor a resina y a madera recién cortada llenaba el espacio.
—¿Qué se supone que debo tallar yo? No soy de aquí.
—Eso no importa. Este año también es tuyo.
—No estoy seguro de merecerlo.
El anciano lo miró con la paciencia de quien ha escuchado excusas similares durante décadas. Sus manos, arrugadas y hábiles, se movían sobre un bloque de madera, sacando virutas finas con un cuchillo pequeño.
—El bosque no pregunta quién merece sus colores antes de cambiarlos. Tú tampoco deberías preguntarte si mereces formar parte de esto.
Sheijuu no tuvo una respuesta inmediata para aquello. Tomó el bloque de madera que el anciano le ofreció —una pieza de roble, lisa y pesada, que olía a bosque— y se pasó buena parte de la tarde dándole vueltas sin decidirse por nada, mientras a su alrededor otros aldeanos ya tenían tallados símbolos de sobra: una espiga de trigo, un pez, un par de manos unidas, un sol pequeño y torpe que probablemente había tallado alguno de los niños. El sonido de los cuchillos contra la madera y las conversaciones en voz baja llenaban el taller.
—No tienes que hacerlo perfecto —le dijo el anciano, sin levantar la vista de su propio trabajo—. Solo verdadero.
Terminó tallando, después de mucho pensarlo, la forma simple de un río. La madera era blanda y se dejaba trabajar con facilidad, pero sus dedos, acostumbrados a la espada y a las señas de Escencia, se movían con torpeza sobre la superficie. El río quedó tosco, imperfecto, una línea ondulada que apenas sugería el flujo del agua.
Cuando el anciano lo vio, no dijo nada. Pero sonrió de una forma que Sheijuu decidió no cuestionar.
La noche del festival llegó envuelta en un aire fresco, cargado del olor a leña ardiendo y comida recién preparada. El cielo, despejado de nubes, mostraba un manto de estrellas que parecía más brillante que de costumbre, como si la noche misma se hubiera vestido para la ocasión.
La plaza central se llenó por completo. Antorchas y faroles colgantes iluminaban los rostros de toda la aldea, proyectando sombras cálidas sobre las mesas repletas de guisos, panes trenzados, frutas confitadas y jarras de bebidas fermentadas que circulaban con generosidad. El olor a carne asada y a hierbas se mezclaba con el de las hojas secas que crujían bajo los pies, formando una combinación que Sheijuu no había sentido nunca antes. El sonido de los cuencos de madera chocando entre sí y las risas de los niños corrían por la plaza.
Música comenzó a sonar desde algún rincón, instrumentos de cuerda simples —similares a laúdes pequeños, con cuerdas de tripa— acompañados por tambores de mano, marcando un ritmo que invitaba más a balancearse despacio que a bailar con energía. El sonido era cálido, envolvente, y se mezclaba con el rumor del río que pasaba cerca.
Sheijuu permaneció, al principio, en el límite de la plaza, observando. Como siempre.
Pero esta vez, alguien no le permitió quedarse ahí mucho tiempo.
—No puedes mirar todo el festival desde la sombra.
Shaara apareció a su lado, llevando dos cuencos de algo caliente que olía intensamente a especias. El vapor subía en espirales finas, llevando consigo un aroma dulce y picante que le llegó antes de que ella se lo ofreciera. Llevaba una capa de lana roja, y una pequeña hoja seca se había enganchado en su cabello sin que ella lo notara.
—Estoy bien aquí.
—No te pregunté si estabas bien. Te dije que vinieras.
Sheijuu suspiró, aceptando el cuenco que ella le ofrecía, y la siguió hacia el centro de la plaza, donde la mayoría de los aldeanos ya se mezclaban entre risas, conversaciones y el ocasional empujón accidental causado por algún niño corriendo entre las piernas de los adultos. La luz de las antorchas bailaba sobre los rostros, creando sombras que se movían al ritmo de la música.
Encontraron a Kaider rodeado, como era costumbre, por un grupo considerable de personas, en medio de una historia que parecía estar alcanzando su punto culminante con gestos cada vez más exagerados. Los niños reían, y algunos adultos también, aunque fuera solo por el entusiasmo de Kaider.
—...y entonces el Karmoth se detuvo justo frente a nosotros, ¡así de cerca! —Kaider extendió los brazos para mostrar el tamaño de la bestia, casi golpeando a un anciano que pasaba cerca.
—Eso no fue exactamente lo que pasó —interrumpió Shaara, acercándose.
—¡Estoy narrando con licencia artística!
—Estás narrando una historia que ni siquiera viviste.
—¡Los detalles importan menos que el espíritu de la historia!
Varias personas rieron, incluyendo a Dorhen, que se unió al grupo con una jarra en la mano. Su rostro estaba sonrojado por el calor y la bebida, y su sonrisa era más amplia de lo habitual.
—Tu hermano —le dijo a Sheijuu, sacudiendo la cabeza— podría convencer a un pez de que el agua es mala idea.
—Lo sé. Vivo con eso desde que tengo memoria.
—¿Y cómo lo soportas?
Sheijuu lo pensó un momento, observando a Kaider continuar su historia con entusiasmo renovado al notar que tenía público nuevo. Sus manos se movían en el aire, dibujando la supuesta pelea, y su voz modulaba para darle emoción a cada parte del relato.
—Practicando mucho la paciencia.
Dorhen rió con ganas, dándole una palmada en el hombro antes de unirse de nuevo al grupo que rodeaba a Kaider.
Más tarde, cuando la música cambió a un ritmo más lento, Yenna encontró un lugar junto a una de las mesas, observando a la multitud con la misma expresión cálida y cansada que parecía acompañarla siempre. Sus manos descansaban sobre un cuenco de sopa que apenas había tocado.
Sheijuu se acercó, sentándose a su lado sin que ella se lo pidiera. El olor a especias y a madera quemada seguía en el aire, y el sonido de la música era ahora más suave, más melódico.
—¿No vas a bailar?
—Prefiero observar.
—Eso es algo que dirías tú, no yo.
Sheijuu casi sonrió.
—Quizás aprendí algo de usted sin notarlo.
Yenna lo observó con cierta diversión. Sus ojos, arrugados por los años, brillaban a la luz de las antorchas.
—¿Y qué observas exactamente esta noche?
Sheijuu siguió su mirada hacia la plaza. Hacia Kaider, ahora intentando enseñarle pasos de baile exagerados a un grupo de niños que reían más de sus tropiezos que de la técnica en sí. Hacia el anciano, sentado cerca del fuego principal, contando alguna historia antigua a un grupo de jóvenes que escuchaban con atención genuina. Hacia Dorhen, riendo con otros cazadores, su jarra ya casi vacía. Incluso hacia Tessho, parado en el límite de la plaza, observando todo con su habitual distancia, aunque esta vez sin la tensión de costumbre. Sus brazos estaban cruzados, pero su postura era más relajada, y en algún momento Sheijuu lo vio sonreír ante una broma de uno de los niños.
Y hacia Shaara, que en ese momento bailaba con un grupo de mujeres de la aldea, riendo con una libertad que rara vez mostraba durante el día, cuando cargaba sobre los hombros la responsabilidad silenciosa de cuidar de todos. El movimiento de su capa roja seguía el ritmo de la música, y su cabello, suelto, se movía con cada giro.
—Observo algo que no esperaba encontrar cuando caí de aquel zepelín.
—¿Y qué es?
Sheijuu tardó en responder. La música seguía sonando, y una hoja roja cayó sobre la mesa, girando lentamente antes de posarse entre los cuencos.
—Un lugar.
Yenna lo miró con atención, comprendiendo perfectamente el peso de aquella palabra tan simple. No dijo nada, pero su expresión se suavizó, como si hubiera recibido una respuesta que esperaba desde hacía tiempo.
—Eso es más de lo que la mayoría de las personas encuentra en toda una vida.
—Lo sé.
Cuando Shaara finalmente se acercó de nuevo, con las mejillas sonrojadas por el baile y el calor de las antorchas, se dejó caer junto a Sheijuu con un suspiro satisfecho. Su respiración era más rápida de lo normal, y una pequeña gota de sudor resbalaba por su sien.
—¿Por qué no bailaste?
—No sé bailar.
—Nadie sabe la primera vez.
—Prefiero no arriesgarme a comprobarlo en público.
Shaara rió, empujándolo levemente con el hombro.
—Cobarde.
—Estratega.
—Eso es lo mismo dicho de forma más bonita.
Permanecieron sentados un momento, observando la plaza, el movimiento constante de la celebración, las risas que se mezclaban con la música y el crujido lejano de las antorchas. El viento movía las llamas, creando sombras danzantes sobre las caras de los aldeanos.
—¿Sabes? —dijo Shaara, después de un silencio cómodo—. Hace un año, durante este mismo festival, todavía estábamos terminando de recuperarnos de la epidemia. No hubo mucho ánimo para celebrar entonces.
—¿Y este año?
Ella miró a su alrededor. La plaza llena. Las risas genuinas. El calor compartido de toda una comunidad reunida sin miedo, sin pérdida reciente pesando sobre cada conversación.
—Este año se siente distinto.
—¿Mejor?
—Mucho mejor.
Sheijuu observó el reflejo de las antorchas en sus ojos, y por un instante, sin buscarlo realmente, sintió que aquella respuesta le pertenecía tanto a él como a ella.
—¿Te ves a ti mismo aquí? —preguntó ella, después de un momento. La pregunta era suave, sin presión, como si hubiera estado esperando el momento adecuado para hacerla.
Sheijuu no respondió de inmediato. La música seguía sonando, y el viento movía las hojas caídas alrededor de ellos.
—No lo sé —dijo finalmente—. Pero cada día es un poco más difícil pensar en irme.
Shaara no dijo nada, pero sonrió, y esa sonrisa fue suficiente.
La celebración continuó hasta bien entrada la noche, hasta que las antorchas comenzaron a apagarse una a una y los más pequeños, vencidos por el sueño, terminaron cargados en brazos de sus padres rumbo a sus camas. El sonido de la música se fue desvaneciendo, reemplazado por el crujido de las brasas y el murmullo del río.
Kaider se sentó a su lado, visiblemente agotado pero con la sonrisa de quien ha pasado una noche exactamente como quería pasarla. Su ropa estaba desordenada, y una guirnalda de hojas secas colgaba de su cuello, probablemente colocada por alguno de los niños.
—¿Sabes qué pensé hoy?
—Sorpréndeme.
—Que llevamos seis meses aquí.
Sheijuu lo miró, sorprendido por la precisión del dato.
—¿Seis?
—Casi. Faltan unos días.
—No me había dado cuenta.
—Yo tampoco, hasta que alguien lo mencionó hoy.
Ambos se quedaron en silencio, observando las brasas del fuego principal consumirse lentamente. Las llamas, ya débiles, lanzaban destellos de luz naranja que se reflejaban en los rostros de los pocos que quedaban en la plaza.
—¿Crees que algún día tengamos que irnos? —preguntó Kaider, con un tono más serio del que solía usar.
Sheijuu pensó la respuesta con cuidado. El calor de las brasas llegaba hasta él, y el olor a ceniza y a tierra se mezclaba en el aire.
—No lo sé. Pero si ese día llega, espero que sea porque elegimos irnos. No porque algo nos obligue.
Kaider asintió, satisfecho con aquella respuesta, y se recostó hacia atrás, observando las estrellas que comenzaban a asomarse con claridad ahora que las antorchas se habían apagado casi por completo. El cielo estaba despejado, y las constelaciones, ajenas a todo, brillaban con su luz fría y constante.
—Por ahora, esto está bien.
—Por ahora, sí.
El bosque, silencioso y oscuro más allá de los límites de la aldea, pareció estar de acuerdo.
Y así, sin anuncios ni ceremonias, el primer mes que comenzó con una caída desde el cielo se convirtió, casi sin que ninguno de los dos hermanos lo notara completamente, en seis meses enteros de algo que ambos, sin decirlo en voz alta, ya habían empezado a llamar hogar.
**Fin del Extra 6**