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Sheijuu. [Español]

Chapter 9 / 37

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Extra 5: Sheijuu: El peso del hierro

Sheijuu. [Español]

# Extra 5

## El peso del hierro

A cientos de kilómetros de las Tierras Olvidadas, donde ningún río cantaba entre raíces gigantescas y ninguna cometa volaba sobre tejados de madera, la guerra continuaba exactamente igual que siempre.

Sin pausas.

Sin memoria.

Sin la menor idea de que, en algún bosque perdido de un mapa que nadie terminaba de dibujar bien, dos soldados dados por muertos seguían respirando.

El frente occidental de Kaeldur olía a barro quemado.

Llevaba oliendo así desde hacía tres semanas, desde que la línea de trincheras se había estancado entre dos colinas peladas que ya nadie recordaba por qué eran importantes. Algún general, en algún mapa, había decidido que aquel terreno valía la sangre necesaria para tomarlo. El resto, simplemente, obedecía. El barro era espeso, pegajoso, del tipo que se metía entre los dedos de los pies y se endurecía con el frío de la noche. Mezclado con restos de pólvora y ceniza, formaba una costra grisácea que se adhería a los uniformes como una segunda piel.

El soldado Harn llevaba dos años en el frente.

Suficiente tiempo para haber dejado de contar los días.

Suficiente tiempo para que el sonido de la artillería distante ya no le impidiera dormir, aunque sí le impidiera soñar con algo que no fuera barro, humo y el sonido metálico de las cantimploras vacías. El frío se le metía en los huesos cada noche, y el olor a sudor y a tierra húmeda se había vuelto tan familiar como el de su propia piel.

—¿Otra vez sin correo? —preguntó a su compañero de trinchera, un muchacho apenas mayor de edad llamado Dessa, que llevaba revisando el mismo paquete de cartas atrasadas durante toda la mañana. La luz gris del amanecer apenas iluminaba el interior de la trinchera, y el papel de las cartas estaba manchado por la humedad.

—Otra vez.

—¿Cuánto lleva tu madre sin escribir?

—Tres meses.

—Seguro está bien.

—Seguro.

Ninguno de los dos creyó del todo en esa palabra, pero ambos la repitieron de cualquier forma. Era parte del ritual. Como limpiar el arma cada mañana aunque no se hubiera disparado. Como fingir que el frente tenía un final previsible. Como reírse de los chistes malos que circulaban entre las trincheras, los mismos que se repetían una y otra vez porque ya no quedaban chistes nuevos que contar.

—¿Crees que esto terminará algún día? —preguntó Dessa, sin levantar la vista de las cartas.

—No lo sé.

—A veces pienso que no. Que esto es todo lo que va a haber. Que vamos a morir aquí, en este barro, sin haber visto nada más.

—Eso es muy optimista para un martes.

Dessa soltó una risa amarga, pero no dijo nada más.

Esa misma tarde, un oficial de comunicaciones recorrió la línea de trincheras con una lista en la mano. Su uniforme, aunque gastado, estaba limpio, y su paso era rápido, sin la fatiga de los soldados que llevaban meses en el frente. Buscaba nombres. No para premios. No para ascensos. Para tachar.

—Unidad de reconocimiento aéreo, designación Cuervo Siete. Pérdida confirmada.

Harn levantó la vista, sin demasiado interés. Las pérdidas de unidades aéreas eran, lamentablemente, una rutina más en una guerra que llevaba consumiendo soldados y mapas enteros durante casi una década. El oficial, sin embargo, tenía una expresión ligeramente distinta a la habitual, como si aquella baja en particular le hubiera llamado la atención.

—¿Otro derribado?

—Desaparecido. Sin contacto en semanas. Sobre territorio inexplorado, al este.

—¿Las Tierras Olvidadas?

—Esa misma zona.

Dessa, que escuchaba la conversación sin demasiada atención, intervino.

—Nadie vuelve de esa zona. Llevan perdiendo unidades de reconocimiento ahí desde hace tres años. ¿Cómo convencen a los soldados o a los pilotos de seguir yendo?

—Les llenan de mierda la cabeza, que si un ascenso, vacaciones, otra unidad. Cosas así.

—¿Y por qué sigue mandando gente entonces el alto mando?

El oficial se encogió de hombros, con la indiferencia práctica de alguien acostumbrado a anotar números, no rostros. La lista de nombres que llevaba en la mano era larga, y no tenía tiempo para explicar las razones de cada pérdida.

—Porque algún día encontrarán algo que valga la pena. Y si no, da igual. Son solo dos o tres hombres ligeramente relevantes por vuelo.

Cerró la lista, marcó el nombre de la unidad con una raya simple, y siguió caminando hacia la siguiente trinchera. Su paso no se detuvo, y su mirada no volvió a posarse en los soldados que había dejado atrás.

Harn observó la espalda del oficial alejarse, sin decir nada. Había aprendido, hacía mucho tiempo, que comentar en voz alta lo que pensaba sobre ese tipo de decisiones nunca cambiaba nada. Solo conseguía que él también acabara en una lista.

Muy lejos de aquel frente, en una ciudad que todavía conservaba calles pavimentadas y ventanas sin grietas, el Alto Mando de Kaeldur se reunía en una sala revestida de mapas, pizarras y maquetas a escala de territorios que la mayoría de los presentes jamás visitarían personalmente. El aire de la sala era frío y seco, y el único sonido que se escuchaba era el crujido de los papeles al moverse y el tintineo de las copas de agua sobre la mesa.

El general Vorhel, encargado de la región oriental, presidía la reunión con la paciencia desgastada de alguien que lleva demasiados años escuchando informes que siempre terminan diciendo lo mismo de formas distintas. Su uniforme estaba impecable, y su expresión no revelaba ni cansancio ni interés.

—También hemos perdido contacto con otra unidad de reconocimiento sobre las Tierras Olvidadas.

—¿La quinta este año?

—La sexta.

Un murmullo recorrió la sala. No de sorpresa. De cansancio.

—¿Sabemos qué los derribó?

Un oficial de inteligencia, más joven que el resto, se adelantó con un mapa marcado con puntos rojos dispersos que cubrían la región de las Tierras Olvidadas. Algunos puntos eran más grandes que otros, pero todos estaban agrupados en el mismo territorio inexplorado.

—No con certeza. Pero los patrones de impacto en los restos recuperados de unidades anteriores no coinciden con artillería estándar de ninguna de las cinco naciones rivales.

—¿Entonces qué propone usted?

El oficial dudó un instante antes de continuar.

—Hay rumores. Mercenarios sin bandera operando en esa zona. Vendiendo tecnología nueva a quien pague. Se les conoce como la Compañía del Hierro.

El general Vorhel frunció el ceño. Un gesto pequeño, casi imperceptible, pero que los presentes reconocieron como señal de que aquella información le molestaba.

—¿Mercenarios con capacidad para derribar zepelines de reconocimiento militar?

—Eso parece, general. Los derriban y lo graban como un sello de garantía, de que su arma funciona. Cada zepelin abatido es una demostración de que su tecnología es superior.

—¿De dónde sacan financiamiento para ese tipo de armamento?

—No lo sabemos con certeza. Pero las pocas piezas recuperadas de los restos sugieren un nivel de ingeniería superior al nuestro en ciertos aspectos. Probablemente venden a otras naciones a la vez. Eshira, Drakun, Monphaf... todas han mostrado interés en sus prototipos.

Silencio en la sala. El tipo de silencio que aparece cuando todos comprenden, al mismo tiempo, que la guerra ya no se libra solo entre las seis naciones conocidas, sino también contra sombras sin bandera que se benefician de que el conflicto nunca termine.

—¿Recomendación?

—Evitar esa zona hasta tener más información. El territorio no justifica el riesgo.

El general Vorhel se quedó observando el mapa durante varios segundos. Su mirada recorrió los puntos rojos, las líneas de frente, los territorios marcados como inexplorados. Finalmente, asintió.

—Que se archive como pérdida total. Sin más reconocimientos en esa región por ahora. No tenemos recursos para perder en misiones de búsqueda sin retorno.

Nadie en aquella sala pronunció jamás los nombres de ninguno de los tripulantes. Para el Alto Mando de Kaeldur, ya no eran personas. Eran una cifra más, sumada a una lista que crecía cada semana, en una guerra que medía el valor humano en números de unidades perdidas, no en historias que merecieran ser contadas.

A varios días de viaje de aquella sala de mando, en un asentamiento fortificado que no aparecía en ningún mapa oficial, la Compañía del Hierro continuaba su trabajo con la misma frialdad metódica que la había hecho sobrevivir durante años en territorio disputado por las seis naciones.

No tenían bandera.

No tenían lealtad declarada.

Tenían, eso sí, un taller de pruebas subterráneo donde los prototipos de armamento avanzaban a un ritmo que ninguna de las seis naciones podía igualar, precisamente porque no estaban limitados por tradición militar, ni por la necesidad de justificar gastos ante ningún gobierno. El taller era enorme, una red de túneles iluminados por lámparas de aceite que desprendían un olor constante a combustible quemado. El sonido de los martillos contra el metal y el silbido de las sierras mecánicas llenaban el aire, mezclándose con el murmullo de las conversaciones técnicas y el crujido de los engranajes.

El responsable de aquel taller era un hombre conocido únicamente como Reggar, antiguo ingeniero militar de una de las seis naciones, desertor desde hacía más de una década, después de que su propio gobierno desechara sus diseños por considerarlos "innecesariamente costosos". Ahora, en la penumbra del taller subterráneo, sus diseños no solo eran aceptados, sino que se desarrollaban con una velocidad que ninguna burocracia militar podría igualar.

La Compañía del Hierro no compartía esa opinión.

—Muéstrame los resultados del TOA-7.

Su asistente, una mujer joven de nombre Yulen, deslizó sobre la mesa un informe detallado, acompañado de diagramas y mediciones precisas. La mesa de trabajo estaba cubierta de piezas metálicas y planos, y la luz de una lámpara colgante iluminaba los rostros concentrados de los técnicos.

—Mejoramos el tiempo de combustión del cañón de aire. El proyectil anterior, el modelo que usamos contra el zepelín de Kaeldur hace meses, tardaba demasiado en detonar tras el impacto inicial. Eso permitió que algunos pasajeros sobrevivieran a la caída.

Reggar levantó una ceja, interesado más por el dato técnico que por la implicación humana detrás de él.

—¿Supervivientes confirmados?

—No verificados. Pero las probabilidades de supervivencia tras una caída de esa altura, incluso con el fallo de detonación, son prácticamente nulas. Asumimos pérdida total.

—Aun así. Quiero ese margen de error corregido. El nuevo proyectil debe detonar en el momento exacto del impacto, sin demora.

Yulen anotó la instrucción en un bloc de notas que llevaba siempre consigo. Sus dedos se movían rápido, sin necesidad de mirar el papel.

—También estamos desarrollando un prototipo distinto. Más pequeño. Más silencioso. Pensado no para destruir estructuras grandes como zepelines, sino para neutralizar objetivos individuales a distancia, sin necesidad de despliegue de artillería pesada.

—¿Nombre provisional?

—Aguja Gris.

Reggar consideró el nombre un momento, dejando que el sonido de las palabras se asentara en su mente.

—Continúen el desarrollo. Si funciona, podríamos vender el diseño a ambos lados del frente occidental. La demanda de eliminación selectiva de oficiales enemigos sin necesidad de ataques masivos será alta.

—¿Y los proyectiles de combustión escalonada? Los que estamos diseñando para terreno boscoso denso, como el de las Tierras Olvidadas.

—¿El Tronador?

—Ese mismo.

Reggar sonrió, una expresión fría, calculadora, completamente desprovista de la calidez que cualquier aldeano de los Nahru reconocería como genuina. Era una sonrisa que no llegaba a los ojos, que solo se formaba en los labios, como si hubiera olvidado cómo se hacía de verdad.

—Sigan desarrollándolo. Tarde o temprano, alguna de las seis naciones decidirá que esa región vale la pena conquistar de verdad, y no solo explorarla. Cuando eso pase, querrán comprarnos algo capaz de despejar bosques enteros en minutos. El Tronador será nuestra carta de presentación.

Yulen anotó aquello también, sin cuestionar la moralidad de la frase. En la Compañía del Hierro, las preguntas morales no generaban ingresos.

Mientras tanto, en otro sector del taller, un grupo de técnicos trabajaba sobre lo que llamaban, informalmente, el Proyecto Sombra: un sistema de armadura ligera reforzada, diseñada para soldados de élite capaces de infiltrarse profundamente en territorio enemigo sin ser detectados por los sistemas de vigilancia estándar de las seis naciones. El concepto era simple. La ejecución, no tanto.

—El problema sigue siendo el peso —explicó uno de los técnicos, mostrando un prototipo incompleto sobre una mesa de trabajo—. Si reforzamos lo suficiente para detener proyectiles estándar, perdemos movilidad. Si priorizamos movilidad, la protección se vuelve simbólica.

—¿Y si combinamos materiales?

—Ya lo intentamos. El resultado es más resistente, pero también más caro. Demasiado caro para producción masiva.

Reggar, que supervisaba aquel sector también, observó el prototipo con los brazos cruzados. La luz de la lámpara se reflejaba en las placas metálicas, creando destellos en la superficie pulida.

—No necesitamos producción masiva. Necesitamos unidades de élite. Pocas. Efectivas. Caras, si es necesario. El mercado para ese tipo de equipo existe, y los compradores están dispuestos a pagar lo que sea por una ventaja que nadie más tiene.

—¿Para quién?

—Para quien pague lo suficiente.

La respuesta, fría y directa, resumía perfectamente la filosofía completa de la Compañía del Hierro. No construían armas para ganar guerras. Construían armas para que las guerras nunca tuvieran motivo real para terminar.

El técnico que había planteado el problema del peso se quedó un momento más junto al prototipo, después de que Reggar se marchara a supervisar otra sección del taller. Pasó los dedos sobre la placa incompleta, sintiendo el borde todavía irregular donde el metal no había terminado de fundirse del todo con la fibra interior. El metal estaba frío, y el sonido de las herramientas en la distancia seguía llenando el aire.

—¿Vale la pena? —le preguntó a Yulen, en voz baja, cuando esta se acercó a revisar sus notas.

—¿El qué?

—Todo esto. Lo que hacemos aquí.

Yulen lo miró un momento, como si la pregunta le resultara tan fuera de lugar como preguntarle a un río si valía la pena seguir corriendo.

—Aquí no hacemos esa pregunta.

—Ya lo sé. Por eso la hago en voz baja.

Ella no respondió nada más, y él tampoco insistió. Ambos volvieron al trabajo, porque en la Compañía del Hierro, tarde o temprano, todo el mundo aprendía a guardarse esa clase de preguntas para las noches en que nadie más podía escucharlas.

El taller subterráneo continuaba su actividad sin pausa. En una sección más alejada, otro grupo de técnicos trabajaba en un prototipo diferente: un dispositivo de comunicaciones de largo alcance, diseñado para operar en territorios donde las señales convencionales no llegaban. En otra, se probaban nuevos explosivos de demolición controlada, capaces de derribar muros sin dañar las estructuras adyacentes. Y en una tercera, se ensamblaban los primeros modelos de un arma de asedio portátil, ligera y manejable por un solo soldado.

La Compañía del Hierro no se detenía. Mientras la guerra entre las seis naciones se estancaba en un interminable tira y afloja, ellos seguían avanzando, creando, perfeccionando. Cada prototipo era una promesa de poder, y cada promesa de poder tenía un comprador dispuesto a pagar.

De vuelta en el frente occidental de Kaeldur, la noche había caído sobre las trincheras.

Harn montaba guardia, observando la oscuridad sin ver realmente nada, mientras Dessa dormía apoyado contra la pared de barro, su carta sin terminar todavía apretada entre los dedos. El frío de la noche se colaba por los bordes de la trinchera, y el olor a barro y a pólvora era más intenso que durante el día, como si la tierra misma exhalara los restos de la batalla.

A lo lejos, un trueno artificial rugió.

Artillería.

En algún punto de la línea, alguien acababa de morir, o estaba a punto de hacerlo.

Harn ni siquiera se inmutó. Había dejado de hacerlo hacía mucho tiempo. Su mirada se perdió en el horizonte oscuro, donde el cielo se encontraba con la tierra en una línea invisible.

Pensó, brevemente, en las unidades de reconocimiento perdidas sobre las Tierras Olvidadas. En los nombres que nunca conocería. En las familias que, en algún momento, recibirían una carta breve informando de una "pérdida en territorio inexplorado", sin más detalles, sin más explicación. Cartas como las que él mismo había visto llegar a otras trincheras, con el mismo sello oficial, la misma letra impersonal.

Pensó en su propia madre, sin noticias suyas desde hacía tres meses.

Y se preguntó, sin esperar realmente una respuesta, cuántas otras guerras silenciosas existían dentro de aquella guerra. Cuántas decisiones, tomadas en salas limpias por hombres que jamás pisarían el barro, terminaban convirtiéndose en números fríos para quienes sí lo hacían. Cuántas vidas se perdían en territorios que ni siquiera aparecían en los mapas, olvidadas antes de que el polvo se hubiera asentado.

El viento sopló sobre la trinchera.

Frío.

Indiferente.

Como todo lo demás en aquel mundo que continuaba, kilómetro tras kilómetro, completamente ajeno a que en algún bosque lejano, dos hermanos dados por muertos seguían aprendiendo, riendo, y construyendo —sin saberlo todavía— los cimientos de algo que ninguna de las seis naciones, ni la Compañía del Hierro, jamás llegaría a comprender del todo.

**Fin del Extra 5**

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