# Capítulo 5
## Seis meses
El invierno llegó lentamente. No con nieve, no con tormentas, sino con mañanas más frías, noches más largas y una niebla espesa que cubría el bosque al amanecer, disolviéndose poco a poco a medida que el sol ganaba altura. El frío se metía en los huesos de una forma distinta a la de las llanuras de Valthar, más húmedo, más persistente, como si el propio bosque exhalara un aliento helado que se pegaba a la piel y no la soltaba hasta bien entrada la tarde.
Para cuando Sheijuu se dio cuenta de cuánto tiempo había pasado, ya llevaba seis meses viviendo entre los Nahru. Seis meses: más tiempo del que había permanecido en un mismo lugar desde que ingresó al ejército. Aquello debería haberle parecido extraño.
Pero ya no lo hacía.
Las primeras luces del día apenas atravesaban la niebla cuando salía de la aldea, como siempre: katana al cinturón, capa sobre los hombros, paso tranquilo. El aire olía a tierra congelada ya madera mojada, y el sonido de sus propias pisadas sobre la hojarasca helada era el único ruido que rompía el silencio de la mañana. El sendero que llevaba al río se había vuelto tan familiar que podía recorrerlo incluso sin mirar, conociendo cada raíz, cada piedra, cada árbol como si los aprendido hubieran de memoria sin proponérselo. Sabía exactamente dónde el musgo era más resbaladizo, dónde las rocas estaban sueltas, dónde el viento se colaba entre los árboles y arremolinaba las hojas secas en pequeños torbellinos.
Cuando llegó a la orilla ya alguien había allí. Por supuesto. Shaara, sentada sobre una roca, con los pies casi tocando el agua. Llevaba una capa gruesa de lana oscura y el aliento se le condensaba en pequeñas nubes cada vez que exhalaba.
—Llegas tarde.
Sheijuu levantó una ceja.
—Fui yo quien empezó a venir aquí.
—Y aun así llegas tarde.
—No tiene sentido.
—Lo tiene para mí.
—Eso tampoco tiene sentido.
—No en tu cabezota hueca.
Ella molesta. Victoria instantánea, como siempre.
Entrenaron durante horas, a veces juntos, a veces separados. La diferencia entre ambos se había reducido bastante, no porque Sheijuu fuera especialmente talentoso, sino porque la tribu dominaba la Escencia mucho mejor de lo que él había imaginado al llegar. En las seis naciones, la Escencia era una herramienta. Aquí era parte de la vida, algo cotidiano, tan natural como respirar.
Shaara podía controlar corrientes de agua con una precisión absurda: la presión, la velocidad, la dirección, todo con movimientos mínimos, casi perezosos. Sheijuu, en cambio, seguía siendo mejor en combate directo: más rápido, más agresivo, más eficiente en el espacio reducido donde el cuerpo importaba más que la técnica. Cada uno aprende del otro, poco a poco, sin admitirlo del todo en voz alta.
—Otra vez.
Una corriente de agua salió disparada hacia él. Sheijuu la esquivó. La corriente cambió de dirección en pleno vuelo, obligándolo a saltar. Apareció una segunda corriente. Después de una tercera.
—Eso es trampa.
—Eso se llama adaptarse.
—Eso se llama hacer trampas.
—Deja de quejarte y deja de perder.
Una cuarta corriente casi le golpeó la cara. Sheijuu aterrizó sobre una roca, trazó una seña, y una ráfaga de viento dispersó el agua antes de que lo alcanzara. La técnica era más limpia que antes, más controlada. Hacía dos meses habría necesitado dos señas para lograr el mismo efecto, y el resultado habría sido menos preciso.
Shaara sonrió.
—Mucho mejor.
—Voy mejorando —Una sonrisa apareció en el rostro de Sheijuu, de sorpresa y alegría.
—Todavía no —Shaara también sonrió, gentilmente
—Voy a ignorar eso.
—Lo sé.
Hizo una pausa, observándolo con una expresión que Sheijuu no supo leer del todo. No era crítica, no era burla. Era algo más parecido a la evaluación, pero sin el peso del juicio.
—Has cambiado —dijo finalmente—. Desde que llegaste. Al principio te movías como si esperaras que algo saltara de los árboles en cualquier momento. Ahora te mueves como si supieras que no va a pasar.
Sheijuu guardó silencio un momento, procesando aquella observación.
—Quizás he aprendido a confiar en el bosque.
—¿O en mí?
No respondió. Pero no lo negó, y eso, para Shaara, fue suficiente.
Al mediodía regresaron a la aldea, como siempre, y como siempre encontraron a Kaider rodeado de personas, otra vez, en mitad de alguna conversación que ya tenía a media docena de aldeanos riendo. Su risa se escuchaba desde lejos, mezclándose con el rumor del río y el crujido de la madera bajo los pies.
—¿Cómo lo haces?
Kaider levantó la vista.
—¿Hacer qué?
—Conocer a todo el mundo.
—Porque hablo.
—Yo también hablo.
—No tan bien como yo.
—Yo creo que sí.
—En tus sueños tal vez.
Incluso varias personas de la tribu se rieron, aunque no entendieran toda la conversación; ya habían aprendido suficiente del idioma de Sheijuu y Kaider para captar el tono, que en el caso de los dos hermanos siempre resultaba fácil de seguir. Kaider parecía capaz de hacerse amigo de cualquiera. Era casi una habilidad sobrenatural, algo que Sheijuu había dejado de cuestionar hacía mucho tiempo.
Aquella noche hubo una celebración pequeña, nada especial. La caza había sido buena, las cosechas también, así que algunas familias organizaron una cena comunitaria. Hubo carne asada, fruta, bebidas fermentadas, música, niños corriendo por todas partes, ancianos contando historias junto al fuego con el mismo entusiasmo de siempre, como si cada relato fuera la primera vez que lo narraban.
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Por primera vez en años, Sheijuu se encontró observando una escena sin buscar amenazas, sin analizar rutas de escape, sin pensar en estrategias. Simplemente observando. Y disfrutándolo, aunque jamás lo hubiera admitido en voz alta, ni siquiera bajo tortura.
Fue durante aquella celebración cuando empezaron a aparecer las primeras señales. Pequeñas. Fáciles de ignorar. Una conversación entre cazadores, nada más, captada de pasada mientras Sheijuu cruzaba junto a ellos con un cuenco de comida en las manos.
—Los ciervos se están moviendo al norte.
—¿Y?
—Es invierno. Deberían moverse al sur, hacia el valle.
—Pero se están moviendo igual. Tal vez estén haciendo un desvío.
—No hacia allí.
Eso fue todo. Una frase, perdida entre cientos de conversaciones esa misma noche. Pero algunos ancianos parecieron preocupados, intercambiando miradas breves que no pasaron desapercibidas para alguien acostumbrado, como Sheijuu, a leer el lenguaje silencioso de la gente con más experiencia que la suya. Sus cejas se fruncían al mismo tiempo, sus cabezas se inclinaban ligeramente hacia quien hablaba, y sus manos, que antes se movían con soltura al contar historias, quedaban quietas sobre las rodillas.
Dos semanas después ocurrió algo parecido. Un grupo de exploradores regresó antes de tiempo, con las provisiones casi intactas y los rostros marcados por algo que no era cansancio. Parecían inquietos. Hablaron durante horas con el consejo de ancianos, encerrados en la casa más grande de la aldea, y no se reveló nada al resto de la gente. Pero el ambiente cambió, ligeramente, casi imperceptiblemente, como una nota falsa en una canción que todos conocían de memoria. Las risas se volvieron un poco más cortas. Las conversaciones se interrumpían sin motivo. La gente miraba hacia el bosque con más frecuencia.
Y luego vinieron las aves. Miles de ellas, bandadas enteras volando en dirección contraria a su ruta habitual, oscureciendo el cielo durante tres días consecutivos. El sonido de sus alas era como el de una tormenta lejana, un batir constante que llenaba el aire y hacía que la gente levantara la vista, buscando una explicación que nadie tenía. Nadie recordaba haber visto algo parecido, ni siquiera los ancianos más viejos de la aldea, que solían tener una explicación para casi cualquier fenómeno del bosque.
Una noche, mientras regresaba del río, Sheijuu encontró a Shaara observando el cielo, sentada sobre una raíz enorme, con las estrellas brillando entre las ramas por encima de su cabeza. El frío de la noche se le había colado bajo la capa, pero no parecía importarle.
—¿Qué haces?
—Pensar.
—Mala idea.
—A veces dices cosas inteligentes sin querer.
Ella no apartó la vista del cielo.
—¿Has notado que algo está raro?
Sheijuu permaneció en silencio unos segundos, sentándose a su lado sin que ella se lo pidiera. El musgo estaba frío y húmedo bajo sus piernas, pero no se movió.
—Sí.
—¿Qué crees que es?
—No lo sé.
Y era verdad. No lo sabía. Pero algo dentro de él le decía que aquello no era normal, que las aves, los exploradores nerviosos, los ciervos moviéndose en la dirección equivocada, todo parecía conectado de alguna manera que todavía no lograba nombrar.
—Cuando era niña —dijo Shaara, después de un rato—, mi abuela decía que el bosque siempre avisa antes de que algo cambie. Que uno solo tiene que aprender a escucharlo.
—¿Y qué está diciendo ahora?
Ella tardó en responder.
—No lo sé. Pero no me gusta.
Pasó otro mes. Luego otro. El invierno comenzó a desaparecer, la primavera regresó lentamente, con sus propios colores y su propio ritmo, como si el bosque hubiera decidido ignorar por completo la inquietud que crecía entre sus habitantes. Los árboles empezaron a cubrirse de brotes verdes, el río creció con el deshielo, y el aire se volvió más suave, más húmedo, cargado del olor a tierra despertando después del frío.
Y con ella llegó una noticia que recorrió la aldea en cuestión de horas, pasando de boca en boca hasta que no quedó ni una sola casa que no la hubiera escuchado.
Una aldea vecina había desaparecido. Por completo. No destruida, no atacada. Simplemente vacía.
Los exploradores enviados allí no encontraron cadáveres, ni rastros de combate, ni huellas, ni señales de huida. Nada. Las casas seguían en pie. La comida seguía donde había sido dejada, algunas ollas todavía con restos resecos de alguna comida a medio terminar. Las herramientas permanecían en su lugar, como si sus dueños hubieran salido un momento y jamás hubieran regresado.
Pero las personas habían desaparecido. Todas.
Aquella misma noche, el consejo de ancianos convocó una reunión de urgencia. Sheijuu, que ya había sido invitado antes en calidad de invitado ocasional, se sentó al fondo de la sala, junto a Kaider, mientras los ancianos discutían en voz baja entre ellos antes de dirigirse al resto de los presentes. La luz de las lámparas de aceite proyectaba sombras temblorosas sobre los rostros preocupados, y el aire estaba cargado de un silencio que no se atrevía a romperse.
—La aldea de Ossen quedó igual —dijo uno de los exploradores, todavía con el polvo del camino en la ropa—. Ni una sola persona. Ni rastro de lucha. Los animales tampoco estaban. Ni siquiera los insectos.
—¿Ni siquiera los insectos? —repitió el anciano que Sheijuu ya conocía, con una expresión que dejaba claro que aquel detalle le preocupaba más que cualquier otro.
—Nada, anciano. Como si alguien hubiera pasado un paño sobre el lugar y hubiera borrado toda forma de vida, dejando el decorado intacto.
Un murmullo recorrió la sala. Shaara, sentada cerca del frente junto a su madre, mantenía la vista fija en el suelo, con los brazos cruzados sobre el pecho y los dedos apretados contra la tela de su capa.
—¿Alguna nación enemiga? —preguntó otro anciano—. ¿Podría ser obra de los soldados de los que hablan estos dos? —añadió, señalando con un gesto vago hacia Sheijuu y Kaider.
—No —respondió Sheijuu, antes de que nadie más pudiera hacerlo—. Ningún ejército de mi nación tiene forma de vaciar una aldea entera sin dejar un solo cuerpo, y mucho menos sin dejar rastro de haber estado ahí. Tampoco creo que hayan sido alguna de las otras, no tienen ningún tipo de tecnología similar.
—¿Entonces quién?
Sheijuu no tuvo respuesta para eso, y por primera vez desde que vivía entre ellos, odió profundamente no tenerla.
El anciano se quedó mirando el fuego de la sala durante un largo rato antes de hablar de nuevo, con una voz que sonó, por primera vez, genuinamente cansada. Las arrugas de su rostro parecían más profundas a la luz de las llamas, y sus manos, que normalmente se movían con seguridad al hablar, descansaban inmóviles sobre sus rodillas.
—Redoblaremos la vigilancia en los senderos del norte y del este. Nadie sale solo de la aldea hasta que sepamos más.
Nadie discutió la orden. Ni siquiera Kaider, que normalmente tenía algo que decir sobre cualquier tema, permaneció en silencio el resto de la reunión.
Más tarde, cuando terminó la reunión y los ancianos se retiraron a sus casas con pasos lentos y pesados, Sheijuu se quedó un momento en la entrada de la sala, mirando el bosque oscuro más allá de las últimas casas. Shaara se acercó a él, con los brazos todavía cruzados.
—Vas a ir, ¿verdad? —preguntó ella, sin mirarlo.
-Si.
—Lo sabía.
—¿Cómo?
—Porque eres así. No te quedas quieto cuando algo no tiene respuesta.
Sheijuu la miró. La luz de una antorcha cercana iluminaba su rostro, y por un momento no supo qué decir.
—No tengo que ir —dijo finalmente—. No soy de aquí.
—Eso no es verdad.
La respuesta fue inmediata, sin vacilación. Shaara se giró para mirarlo, y sus ojos se encontraron.
—Ya eres de aquí —dijo—. Aunque no quieras admitirlo.
No dijo nada más. Se dio la vuelta y se fue, dejando a Sheijuu solo en la entrada, con el silencio del bosque a su alrededor y una sensación extraña en el pecho que no sabía cómo nombrar.
Camino de regreso a la plataforma que compartía con Kaider bajo un cielo todavía cargado de nubes. Su hermano estaba sentado en el borde, con las piernas colgando, como si hubiera estado esperándolo.
—Tú qué crees que fue? —preguntó Kaider, sin preámbulos.
—No lo sé.
—Vamos, algo tienes que pensar. Siempre tienes una teoría para todo.
Sheijuu se detuvo un momento, mirando hacia la oscuridad del bosque más allá de las últimas casas.
—Lo único que se me ocurre es que sea algo que no hayamos visto nunca. Y eso no me tranquiliza en absoluto.
-Genial. Justo lo que quería escuchar antes de dormir.
—Preguntaste.
—Debí haberme quedado callado.
Caminaron el resto del trayecto sin decir nada más, cada uno perdido en sus propios pensamientos, mientras el bosque, a su alrededor, permanecía tan silencioso como siempre, sin ofrecer ninguna respuesta.
Mientras la reunión continuaba, a varios kilómetros de allí, muy lejos, más allá de las montañas, más allá de los bosques, más allá de cualquier territorio que los Nahru hubieran explorado jamás, algo observaba.
Suspendido en el aire.
Inmóvil.
Silencioso.
Con la mirada fija en el horizonte, indiferente al miedo que empezaba a extenderse por cada aldea dentro de su alcance.
Y detrás de él, en la distancia, un pilar de cristal blanco, con árboles masivos enredados entre sí, seguía creciendo.
**Fin del Capítulo 5**