# Capítulo 6
## El pilar en el horizonte
La reunión duró hasta bien entrada la noche. Los ancianos discutieron, los exploradores hablaron, los cazadores aportaron lo que sabían, y al final nadie encontró respuestas. Solo preguntas. Demasiadas preguntas.
¿Por qué desapareció una aldea entera? ¿Por qué los animales abandonaban ciertas regiones? ¿Por qué las aves migraban en direcciones imposibles? ¿Por qué tantos exploradores regresaban diciendo que el bosque parecía... vacío?
Aquella última palabra se repitió varias veces. Vacío. No muerto, no destruido. Vacío, como si algo hubiera arrancado una parte del mundo y hubiera dejado el decorado intacto para que nadie notara la ausencia hasta acercarse demasiado.
Los días siguientes fueron tensos. La vida continuó: los niños siguieron jugando, los cazadores siguieron saliendo, los huertos siguieron creciendo. Pero todos estaban más atentos, más silenciosos, más nerviosos, con esa clase de tensión que se instala debajo de la rutina diaria sin llegar nunca a romperla del todo.
Incluso Kaider parecía haberse dado cuenta.
—No me gusta.
—¿Qué?
—Todo esto.
Sheijuu levantó la vista de la espada que estaba afilando. La piedra de afilar raspaba contra el metal con un sonido rítmico y constante, y el olor a hierro y a polvo de piedra se mezclaba con el aire fresco de la mañana.
—Es la primera vez que te veo preocupado en años.
—Yo también me asusto a veces.
—No parece.
—Porque soy muy atractivo.
—Eso no tiene relación.
—La entenderás cuando llegues a mi nivel.
Kaider guiñó un ojo, aunque incluso su habitual sonrisa parecía costarle un poco más de esfuerzo que de costumbre.
Una semana después regresó otro grupo de exploradores, y esta vez las noticias fueron peores: dos aldeas más, vacías, completamente vacías, sin un solo cuerpo ni rastro de lucha que explicara lo ocurrido.
El consejo volvió a reunirse. Esta vez Sheijuu fue invitado, junto con Kaider. Era la primera vez que los consideraban algo más que visitantes, algo que ninguno de los dos comentó en voz alta pero que ambos notaron igual.
La sala de reuniones estaba construida alrededor del tronco de uno de los árboles más antiguos de la aldea, con las raíces atravesando el suelo y las paredes como venas expuestas. Varias lámparas iluminaban el lugar, proyectando sombras largas sobre los rostros cansados y preocupados de los ancianos.
Uno de ellos habló lentamente, con esa cadencia particular de quien elige cada palabra con cuidado antes de que sea traducida.
—Algo se acerca.
Las palabras fueron traducidas con dificultad, pero el significado era claro para todos los presentes.
—¿Qué cosa? —preguntó Kaider.
El anciano negó con la cabeza.
—No sabemos.
Otro tomó la palabra, con el mismo peso en la voz.
—Pero está avanzando en todas las direcciones, y en algún momento llegará aquí.
El silencio llenó la sala durante un largo rato, hasta que finalmente se tomó una decisión: una expedición, la más grande organizada en décadas. Debían averiguar qué estaba ocurriendo, seguir las pistas, encontrar el origen del problema antes de que el problema los encontrara a ellos primero.
La expedición estaría formada por cuatro exploradores, dos cazadores experimentados, el anciano más respetado de la tribu, Shaara, Sheijuu y Kaider. Estos dos últimos se ofrecieron casi voluntariamente, sin que nadie tuviera que insistir demasiado.
Cuando salieron de la reunión, Kaider parecía extrañamente emocionado, como si el peligro real de la situación no hubiera terminado de asentarse todavía en su cabeza.
—Una expedición.
—Sí.
—¿Hace cuánto no salimos en una?
—No lo sé.
—¿Y si encontramos algo increíble?
—También podríamos encontrar algo terrible.
—Siempre arruinas mis momentos.
Partieron dos días después, al amanecer, con las provisiones repartidas entre todos y el peso añadido de una expectativa que nadie mencionaba abiertamente.
El viaje fue largo. El terreno, al principio, era el mismo bosque que Sheijuu ya conocía, con árboles altos y un suelo cubierto de hojas y musgo. Los primeros días, los sonidos del bosque —el canto de las aves, el crujido de las ramas, el rumor del viento— seguían siendo los mismos que en la aldea. Pero a medida que avanzaban hacia el noreste, algo empezó a cambiar.
El cambio era sutil al principio, casi imperceptible. Los árboles seguían verdes, el suelo seguía húmedo, pero el silencio comenzaba a hacerse más profundo, como si el bosque estuviera conteniendo la respiración. El olor a tierra y a vegetación se volvía más denso, más pesado, y la luz del sol, al filtrarse entre las copas, parecía tener un tono diferente, más apagado, como si el aire estuviera más espeso.
Durante la primera semana no encontraron nada extraño. Solo bosques, montañas, ríos. El paisaje parecía normal. Demasiado normal.
Fue durante la segunda semana cuando comenzaron los hallazgos. Una aldea vacía. Luego otra. Las dos iguales, las dos abandonadas, con el mismo silencio absoluto por dentro.
En la primera aldea, Sheijuu entró en una de las casas. La puerta estaba entreabierta, y el interior estaba sumido en una penumbra polvorienta. Sobre la mesa, una cena a medio comer: un cuenco de sopa ya fría, una hogaza de pan partida por la mitad, una jarra de agua. Los platos y los utensilios de madera seguían colocados como si los comensales fueran a volver en cualquier momento. Una cuchara de madera yacía en el suelo, cerca de una de las patas de la mesa, como si alguien la hubiera dejado caer al levantarse de repente. El polvo se había acumulado sobre las superficies, una capa fina y grisácea que cubría todo como un sudario. El silencio era absoluto, tan completo que el propio silencio parecía tener peso.
En la segunda aldea, uno de los exploradores encontró, junto a la puerta de lo que parecía haber sido un taller, un juguete de madera tallado a medias, con las herramientas todavía dispuestas alrededor como si el artesano fuera a retomar el trabajo en cualquier momento. Era un pájaro, aún sin terminar, con las alas apenas esbozadas y el pico sin tallar. Nadie tocó el juguete. Nadie se atrevió, como si moverlo de su sitio pudiera de alguna forma empeorar lo que fuera que había ocurrido allí.
Nadie dijo nada. Pero el miedo crecía con cada paso.
Tres días después encontraron algo peor. Decenas de animales, quietos, observando todos hacia una misma dirección: ciervos, lobos, aves, depredadores junto a presas que en cualquier otra circunstancia habrían huido de ellos. Estaban dispuestos en una formación que no seguía ningún patrón natural: algunos de pie, otros tumbados, otros con las cabezas alzadas, pero todos con la misma orientación exacta, todos mirando al horizonte con una concentración que no tenía nada de animal. Nadie respiraba. Nadie se movía. No emitían ningún sonido.
Kaider se quedó inmóvil, con la mano en la empuñadura de su espada.
—¿Qué demonios...?
Sheijuu no respondió. Sus ojos se fijaron en los ojos de los animales.
Un blanco cristalino, casi translúcido, sin rastro de pupila, como si alguien hubiera vaciado el ojo y lo hubiera rellenado con cristal pulido. Finas grietas de luz recorrían la superficie, como fracturas en un vidrio a punto de romperse sin llegar a hacerlo del todo. No parpadeaban. No mostraban ningún rastro de vida más allá de la respiración apenas perceptible, tan lenta que a veces parecía detenerse por completo. Pero no se movían.
Nadie había visto algo parecido. Nunca.
El anciano ordenó retirarse inmediatamente, y nadie discutió la orden ni un segundo. Se alejaron en silencio, caminando de espaldas al principio, sin atreverse a perder de vista a los animales inmóviles hasta que la vegetación los ocultó por completo. Aquella noche acamparon más lejos de lo habitual, sin fuego, por primera vez desde que habían partido, y casi nadie durmió, cada uno demasiado atento a cualquier sonido que pudiera anunciar que algo los había seguido.
—¿Crees que nos vieron? —preguntó Kaider en voz baja, en algún punto de la madrugada, cuando ya nadie fingía estar dormido.
—No lo sé. No se movían para nada.
—Fue bastante extraño —dijo Kaider con una mano en la barba incipiente que ya empezaba a tener.
—Sí...
A la mañana siguiente continuaron avanzando, y entonces llegaron a las montañas: las mismas que separaban las tierras conocidas de las regiones más remotas del territorio. La subida fue larga, difícil, peligrosa, con tramos donde tuvieron que avanzar en fila usando cuerdas improvisadas. La roca era gris y áspera, y el viento soplaba con una fuerza constante que arrancaba las palabras de los labios. El frío se colaba bajo la ropa, y la respiración se volvía más difícil a medida que ganaban altura.
Pero finalmente alcanzaron una de las cumbres.
Y allí lo vieron.
Durante unos segundos nadie habló. Nadie respiró. Nadie se movió.
El pilar se alzaba en el horizonte, a cientos de kilómetros de distancia. Era gigantesco, de cristal blanco, casi translúcido, como si alguien hubiera clavado una aguja de hielo en el centro del mundo. Era tan grande que podía verse incluso desde aquella distancia absurda, su punta perdiéndose en las capas más altas del cielo. De su base salían disparados, de vez en cuando, largos látigos de cristal que se hundían en la tierra a su alrededor, cubriendo regiones enteras como raíces de un árbol que no debería existir. Incluso desde allí, Sheijuu podía percibir un sonido sordo y profundo, un crujido casi inaudible pero constante, como el de un hielo gigantesco que se estira y se contrae sin romperse nunca del todo.
Uno de los exploradores, un hombre mayor llamado Ossen que llevaba media vida recorriendo aquellas montañas, se dejó caer sobre una roca sin apartar la vista de la estructura. Su rostro estaba pálido, y sus manos temblaban ligeramente.
—Llevo cuarenta años subiendo a esta cumbre —dijo, con la voz quebrada—. Cuarenta años. Y jamás, jamás había algo ahí.
Nadie le respondió. No hacía falta.
Y seguía creciendo. Acompañado de ese sonido sordo que llegaba flotando sobre el viento cada cierto tiempo, como un vidrio a punto de quebrarse sin llegar a hacerlo del todo. Las nubes se rompían a su alrededor, incapaces de rodearlo con naturalidad, y su sombra, afilada y geométrica, cubría regiones enteras del paisaje.
Sheijuu sintió que el corazón se le aceleraba. No sabía por qué, pero una sensación horrible recorrió su cuerpo entero: algo primitivo, algo antiguo, algo que no tenía nombre en ningún idioma que conociera. Era un miedo que no se parecía al miedo de una batalla, ni al miedo a morir, algo con lo que ya llevaba tiempo familiarizado gracias a la guerra. Era un miedo diferente, más profundo, como si una parte de él supiera, sin necesidad de pruebas, que aquel pilar no pertenecía al mundo. Que eso no debería existir bajo ningún concepto.
A su lado, Shaara estaba igual de pálida, con los labios apretados en una línea fina y los puños cerrados. Kaider tragó saliva antes de hablar, con la voz mucho más baja de lo habitual.
—¿Están todos seguros de que eso no estaba ahí antes?
Nadie respondió, porque todos conocían la respuesta.
No. Eso no estaba ahí.
El anciano, que había permanecido en silencio durante todo el ascenso, dio un paso adelante y se quedó mirando el pilar. Su rostro, normalmente sereno, estaba surcado por una expresión de profunda preocupación. No dijo nada, pero su silencio pesaba más que cualquier advertencia.
—Debemos regresar.
Uno de los exploradores asintió inmediatamente.
—Estoy de acuerdo.
Pero Shaara frunció el ceño, su voz cortando el viento.
—¿Regresar?
—Sí.
—¿Sin averiguar qué está ocurriendo?
—Ya lo averiguamos.
—No.
El anciano volvió a mirar el pilar y negó lentamente con la cabeza, como si las palabras pesaran demasiado para salir de su boca.
—No entiendes. No podemos quedarnos aquí. No podemos acercarnos más.
No hubo más discusión. El grupo inició el descenso en silencio, cada uno cargando la imagen del pilar en la memoria, una marca imborrable que no sabían cómo procesar. El viento silbaba entre las rocas, y el sonido de las botas contra la piedra era el único ruido que rompía el silencio.
Sheijuu caminaba al final del grupo, sintiendo el peso de lo que había visto. No podía explicar por qué, pero sabía que aquel pilar no era una formación natural. Sabía que estaba allí por alguna razón, y que esa razón probablemente era peor que cualquier cosa que pudieran imaginar.
Y en algún lugar, muy lejos, más allá de las montañas, más allá de los bosques, más allá de cualquier territorio que los Nahru hubieran explorado jamás, el pilar seguía creciendo.
**Fin del Capítulo 6.**