# Capítulo 7
## El Guardián
El viento soplaba con fuerza en la cima de la montaña, arrancando jirones de niebla de los picos cercanos y haciéndolos danzar sobre el abismo. Nadie apartaba la vista del pilar. Era imposible no hacerlo.
Aquella cosa dominaba el horizonte, más una esquirla caída del cielo que algo nacido de la tierra. Las nubes se rompían a su alrededor, incapaces de rodearlo con naturalidad, y su sombra, afilada y geométrica, cubría regiones enteras del paisaje. Y seguía creciendo, lentamente, constantemente, con la misma paciencia despiadada con la que crece cualquier cosa que no tiene prisa porque sabe que el tiempo está de su lado. El sonido que producía, ese crujido profundo y sordo, llegaba hasta ellos en intervalos irregulares, como el latido de algo vivo y enorme enterrado bajo la tierra.
Sheijuu sintió el frío de la roca bajo sus manos. La superficie era áspera y desigual, con pequeñas grietas donde el viento se colaba y silbaba con un tono agudo y constante. El aire era más delgado aquí arriba, y cada respiración se sentía como un esfuerzo, como si los pulmones tuvieran que trabajar más para extraer lo que antes obtenían sin pensar. El viento movía su capa, y el olor a roca mojada y a nieve lejana llenaba sus fosas nasales, mezclado con algo más difícil de identificar: un olor metálico, apenas perceptible, que parecía venir del pilar mismo. A su alrededor, los demás estaban igual de quietos, como si el peso de lo que veían los hubiera clavado al suelo. El anciano, que había permanecido en silencio durante todo el ascenso, ya se había dado la vuelta para iniciar el descenso cuando Shaara lo detuvo, esperando obtener respuestas más convincentes que un simple "porque" para justificar la retirada.
—Será inútil volver ahora mismo, no sabemos nada todavía —dijo Shaara, agarrando suavemente el hombro del anciano.
—Esto es peor de lo que imaginaba —murmuró él, más para sí mismo que para los demás.
—¿Qué es? —preguntó Kaider, con la voz más baja de lo habitual.
El anciano tardó varios segundos en responder. Cuando finalmente habló, su voz era distinta, más pesada, como si las palabras hubieran estado guardadas durante tanto tiempo que apenas recordara cómo sacarlas.
—Paremos aquí un momento —dijo, señalando con el bastón hacia una parte de la montaña que sería más cómoda para una conversación.
Llegaron en un minuto. Cuando lo hicieron, todos dejaron caer sus mochilas o bolsos sobre las piedras y se acomodaron alrededor del anciano, la mayoría sentados sobre las rocas, con Kaider de pie.
—Las historias... —comenzó, no sin antes suspirar—. Las historias del Guardián.
Sheijuu prestó atención. El tono en la voz del anciano se había vuelto más pesado.
—Cuando era un niño, mi abuelo me contaba historias. Historias muy antiguas. Más antiguas que la propia tribu. Historias que casi nadie recuerda ya, ni siquiera entre los ancianos de mi generación.
Nadie lo interrumpió.
—Hablaban de un hombre que descendió del cielo. Un hombre pálido, de cabello blanco, con poderes capaces de mover montañas.
Sheijuu intercambió una mirada con Kaider.
—¿Un dios? —preguntó uno de los exploradores.
—No.
El anciano dudó.
—O al menos no exactamente.
El viento volvió a soplar, arrastrando consigo un frío que parecía venir directamente del pilar en la distancia.
—Las historias dicen que llegó cuando nuestros antepasados aún estaban siendo perseguidos, cuando las tribus luchaban entre sí, cuando la guerra era constante y nadie recordaba ya por qué había empezado.
Shaara escuchaba atentamente, sin apartar los ojos del anciano.
—Ese hombre acabó con un reino entero. Él solo.
El silencio se volvió más pesado.
—¿Cómo? —preguntó Kaider.
—No lo sé. Las historias nunca explicaban los detalles. Solo decían que donde apuntaba con la mano, la tierra desaparecía. Que donde miraba, las montañas se rompían.
Incluso Kaider dejó de bromear.
—Después de la guerra —continuó el anciano—, se quedó con nuestros antepasados. No para gobernarlos, sino para enseñarles. Les enseñó la Escencia. Les enseñó a usarla. Les enseñó a respetarla. Y lo que les enseñó no era solo para la guerra, sino para todo: para curar, para construir, para vivir. Dijo que había visto demasiadas guerras y que ya no quería ver más.
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El anciano cerró los ojos unos segundos, como si buscara el resto del relato en algún rincón de la memoria que llevaba mucho tiempo sin visitar.
—Y antes de morir dejó un Guardián.
—¿Majull? —preguntó Shaara.
El anciano la miró, genuinamente sorprendido.
—Todavía recuerdas ese nombre.
—Siempre me gustaban esas historias.
Una leve sonrisa apareció en el rostro del anciano, la primera desde que habían llegado a la cumbre.
—Sí. Majull.
El nombre quedó suspendido en el aire unos segundos.
—Las historias decían que era una bestia imposible. Capaz de cambiar de forma. Capaz de vivir durante siglos. Capaz de proteger a nuestro pueblo cuando llegara una gran calamidad.
—¿Y crees que esto es esa calamidad? —preguntó uno de los cazadores, con la voz apenas por encima de un susurro.
El anciano tardó en responder. Miró nuevamente el pilar, como si necesitara confirmarlo con sus propios ojos una vez más antes de decirlo en voz alta.
—Creo que sí.
Nadie volvió a hablar durante un rato largo. Finalmente iniciaron el descenso, en silencio, cada uno cargando la historia recién escuchada de una forma distinta.
—Si esto es realmente la calamidad de la que hablan las historias, debemos comprenderla —dijo Shaara, cruzando los brazos.
—¿Y una vez que lleguemos, qué? —dijo el anciano con la vista en el suelo.
—Pues no lo sé. Veremos qué se nos ocurre cuando estemos allí.
Nadie decía nada, pero los rostros de la mayoría dejaban claro que no estaban de acuerdo. Los únicos dos que parecían a favor eran Sheijuu y Kaider.
—Sheijuu. ¿Tú qué crees? —preguntó Kaider, dándose la vuelta para observar bien el pilar.
—Creo que si regresamos ahora mismo, podremos explicar qué está pasando, pero no el porqué.
—Pero y si nos acercamos... —empezó a decir uno de los exploradores, antes de que el anciano, con un gesto, le pidiera que se detuviera.
—No tenemos forma de hacer nada contra el pilar —dijo el anciano, mirando directamente a Sheijuu.
—Nosotros no. Pero si nos acercamos lo suficiente, podremos ver su base, su material, y en cualquier caso avisar a Valthar para derribarlo de alguna manera.
—¿Piensas contactar con el comando? —preguntó Kaider, devolviendo la mirada hacia Sheijuu.
—Es nuestra mejor opción. ¿No?
—Probablemente no nos dejen volver después.
Sheijuu intercambió una mirada rápida con Shaara, antes de que su vista volviera al suelo.
—Bueno, en ese caso algo se nos ocurrirá.
Kaider pareció darse cuenta de lo que acababa de pasar, y se relajó un momento.
—¿Tú? Que nunca te fugabas ni en los días festivos ni nada. ¿Eres tú el que ahora quiere desertar por completo? —dijo Kaider, con media sonrisa en el rostro.
Sheijuu no supo qué decir.
Pero luego volvió a levantar la mirada, observando directamente al anciano.
—Hay algo que creo que debemos tener en cuenta. Todos deberían saberlo, con todo lo que hemos visto: tal vez la aldea esté igual que las otras que hemos encontrado —dijo Sheijuu, tratando de ser cuidadoso con sus palabras, para no causar miedo o pánico por la posibilidad de no tener a dónde regresar.
Igualmente, no lo consiguió.
Pero nadie tenía una alternativa mejor que ofrecer.
Kaider fue el primero en hablar, y su voz, aunque intentaba sonar ligera, no lograba ocultar del todo la tensión.
—Bueno, pues está decidido —dijo, con una sonrisa forzada—. En el peor de los casos, espero que ese Guardián sea tan bueno como dicen, porque parece que vamos a necesitarlo. Si es que existe, claro. A lo mejor solo es una historia para que los niños no tengan miedo a la oscuridad.
Hablaron un poco más, decidieron el camino, y descendieron de la montaña.
***
Cada día el pilar parecía más grande. Y cada día el mundo parecía más vacío. Los animales desaparecieron casi por completo. Las aves también. Los bosques seguían allí, los ríos seguían fluyendo, pero algo faltaba: vida, en el sentido más simple de la palabra. Era como caminar por un mundo abandonado a mitad de camino, incluso el sonido había cambiado, las noches demasiado silenciosas, los días demasiado tranquilos, y aquello ponía nerviosos a todos por igual, sin excepción.
Una tarde encontraron otra aldea. Vacía, como las anteriores. Pero esta vez había algo diferente.
Un cuerpo. Solo uno. Un hombre anciano, sentado contra una pared, como si se hubiera quedado dormido a mitad del día. No presentaba heridas. No había sangre. No parecía enfermo. Simplemente estaba muerto, con la piel vuelta gris y reseca, como si algo hubiera drenado toda su vitalidad hasta dejar solo la cáscara.
El explorador que se acercó a examinarlo se alejó rápidamente, con el rostro pálido.
—No me gusta esto.
Kaider se acercó, más despacio, observando al anciano muerto con una atención poco habitual en él.
—¿Cuánto tiempo llevará así?
—Difícil saberlo —respondió el anciano de la expedición, sin acercarse más de lo necesario—. Pero por el estado de la piel, diría que no mucho. Días, quizás.
—Entonces lo que sea que hizo esto...
—Podría seguir cerca.
Nadie respondió a eso. Porque todos pensaban lo mismo, y decirlo en voz alta no habría cambiado nada.
Esa noche, mientras los demás dormían, Sheijuu permaneció despierto, observando las estrellas, pensando en el hombre gris apoyado contra la pared, en las historias del Guardián, en el pilar que crecía sin descanso más allá de las montañas.
Y entonces escuchó pasos.
Shaara.
Ella se sentó a su lado sin decir nada al principio. Ninguno habló durante varios minutos, dejando que el fuego llenara el silencio con su propio lenguaje de chasquidos y crujidos.
Finalmente ella lo rompió.
—¿Tienes miedo?
Sheijuu observó el fuego un momento antes de responder.
—Sí.
Shaara pareció sorprendida por la sinceridad de la respuesta, como si hubiera esperado una negativa automática, algo con lo que tranquilizarla.
—Yo también.
Volvió el silencio, esta vez más cómodo que el anterior.
—¿Crees que volveremos? —preguntó ella.
La pregunta era sencilla. Pero la respuesta no. Sheijuu miró hacia la oscuridad, hacia la dirección donde se encontraba el pilar, invisible ahora entre los árboles pero presente de todas formas, como un peso constante en el fondo de cada pensamiento.
—No lo sé.
Shaara apoyó la cabeza sobre su hombro, de forma tan natural que durante unos segundos él ni siquiera reaccionó, como si aquel gesto llevara mucho tiempo esperando el momento adecuado para ocurrir sin que ninguno de los dos tuviera que decidirlo conscientemente.
El fuego crepitó suavemente. El bosque permaneció inmóvil. Y por un momento, solo por un momento, el mundo volvió a parecer normal. Sin pilares imposibles, sin aldeas vacías, sin leyendas antiguas sobre guardianes y calamidades.
Solo dos personas sentadas junto a una fogata, ignorando que algo las observaba desde muy lejos.
Mucho más cerca del pilar.
Y mucho más cerca de ellos de lo que cualquiera de los dos podía imaginar.
**Fin del Capítulo 7. **