← Novel

Sheijuu. [Español]

Chapter 15 / 37

‹›

Capitulo 8: Ojos en la oscuridad.

Sheijuu. [Español]

# Capítulo 8

## Ojos en la oscuridad

A la mañana siguiente nadie mencionó lo ocurrido junto a la fogata. Ni Shaara, ni Sheijuu. Y eso les pareció bien a ambos. Algunas cosas no necesitaban palabras, al menos todavía no.

La expedición continuó avanzando, cada día más cerca del pilar y más lejos del mundo que conocían. El paisaje empezó a cambiar, no de forma brusca, sino poco a poco, como una enfermedad extendiéndose por el territorio. Los bosques seguían existiendo, pero parecían más apagados, menos vivos. Los árboles conservaban sus hojas, las flores seguían creciendo, los ríos seguían fluyendo. Sin embargo, algo faltaba.

No era la vegetación. Los árboles seguían verdes, los arbustos seguían cubiertos de hojas, la hierba crecía igual que antes. Pero la vida que normalmente los habitaba, la que se movía entre las ramas y bajo tierra, esa había comenzado a desaparecer. Era un cambio tan sutil que al principio resultaba difícil de nombrar, una ausencia que se sentía más que se veía.

Los exploradores fueron los primeros en notarlo.

—No hay insectos —dijo uno de ellos, un hombre de mediana edad llamado Ossen, mientras examinaba el tronco de un árbol caído. La corteza estaba intacta, pero no había hormigas, ni escarabajos, ni las pequeñas criaturas que normalmente se escondían bajo la madera muerta.

Aquella observación pareció absurda al principio. Pero era cierta. Durante días enteros no vieron una sola abeja, ni mariposas, ni escarabajos. Nada. Y después desaparecieron los pájaros, y después los pequeños mamíferos. El silencio se hacía más profundo con cada paso, como si el bosque estuviera conteniendo la respiración. El sonido de las hojas al moverse con el viento, que antes era un rumor constante, ahora parecía más débil, como si las propias ramas estuvieran cansadas. Incluso el agua de los arroyos sonaba distinta, más apagada, como si llevara menos prisa.

Kaider, que normalmente encontraba algo que decir en cualquier situación, había dejado de hacer bromas. Caminaba con la mirada fija en el suelo, escuchando el silencio con una atención que no le era habitual. Sheijuu lo notó, pero no dijo nada.

Cinco días después encontraron algo todavía peor. Un pueblo. No una aldea: un pueblo entero, de los que quizá dos mil personas habían vivido allí, tal vez más. Las murallas seguían en pie. Las casas también. Los pozos, los almacenes, las calles, todo intacto.

Pero no había nadie. Ni un solo habitante.

Sheijuu caminó por la calle principal, sintiendo el polvo bajo sus botas. El viento se colaba entre las casas con un sonido fantasmal, moviendo puertas entreabiertas que nadie había cerrado al salir. En una de las casas, una cuerda de tender la ropa todavía colgaba entre dos postes, con una camisa seca y arrugada que se balanceaba lentamente. En el suelo, cerca de una fuente seca, un zapato de cuero yacía de lado, como si alguien lo hubiera dejado caer al levantarse de repente.

Los exploradores registraron el lugar durante horas y no encontraron rastros de combate, ni cadáveres, ni señales de huida. Era exactamente igual que las otras aldeas, solo que mucho más grande, y mucho más aterrador, porque resultaba casi imposible imaginar cómo desaparecían dos mil personas sin dejar una sola huella detrás. La comida seguía en las despensas, las herramientas seguían en los talleres, las camas seguían sin hacer.

El silencio era tan absoluto que el sonido de los pasos de la expedición resonaba en las calles vacías como un eco que no debería estar allí.

Aquella noche el grupo decidió dormir dentro de una de las casas. Nadie quería permanecer al aire libre, no porque hubiera una amenaza visible, sino porque la ausencia de amenazas visibles empezaba a ser mucho más inquietante que cualquier peligro concreto. La casa que eligieron era una de las más grandes, con paredes de piedra y un techo de tejas que todavía se mantenía firme. Dentro, el polvo cubría los muebles, y el olor a cerrado y a humedad se mezclaba con el de la madera vieja.

Sheijuu permanecía despierto, sentado junto a una ventana, observando la oscuridad exterior. La luna, casi llena, iluminaba las calles vacías con una luz pálida y fría, proyectando sombras largas que se movían lentamente con el viento. Nada se movía. Ni animales, ni personas, ni siquiera el viento parecía tener la fuerza suficiente para mover las hojas secas que cubrían el suelo.

Entonces lo vio.

Un movimiento, lejano, entre las calles. Se levantó inmediatamente, con la mano en el mango de la espada, pero la figura desapareció antes de que pudiera fijar la vista en ella. No estaba seguro de haber visto algo real. Podía haber sido una sombra, un reflejo de la luna, el movimiento de una hoja. Pero algo en él le decía que no.

—¿Qué ocurre? —preguntó Kaider desde el otro lado de la habitación, con la voz aún somnolienta.

—Algo se movió.

Todos despertaron de golpe. Armas preparadas, salieron al exterior con el corazón acelerado, pero no encontraron nada. Ni huellas, ni sonidos, ni presencia alguna que confirmara lo que Sheijuu había visto. Las calles seguían vacías, las sombras seguían inmóviles, y el silencio era el mismo de siempre.

Pero mientras regresaban, Shaara se quedó inmóvil, mirando hacia un tejado.

—Allí.

Todos levantaron la vista. Y durante un segundo lo vieron: un cuervo, completamente inmóvil, observándolos desde el borde del tejado. Sus ojos eran diferentes, blancos, cristalinos, con unas finas grietas de luz recorriendo la superficie, como fracturas en un vidrio a punto de romperse. No parpadeaba, no se movía, ni siquiera parecía respirar. Simplemente observaba, con una fijeza que no tenía nada de animal.

Nadie habló. El cuervo no emitió ningún sonido, no batió las alas, no mostró ningún signo de vida más allá de su presencia. Y entonces, sin que nadie pudiera decir exactamente cuándo, ya no estaba allí. No voló, no se movió, simplemente dejó de estar donde estaba.

El anciano parecía aterrorizado. Su rostro estaba pálido, y sus manos, apoyadas sobre el bastón, temblaban ligeramente.

—Debemos irnos.

—¿Por un pájaro? —preguntó Kaider, aunque su tono ya no tenía nada de la burla habitual.

—Eso no era un pájaro. Un cuervo no se va sin hacer ni un solo sonido.

Su voz temblaba.

Esa misma tarde, aprovechando un alto en la marcha, Sheijuu se acercó a caminar junto a él. El sendero era estrecho, y los otros iban delante, lo suficientemente lejos para no escuchar una conversación en voz baja.

—Hay algo que no nos está diciendo.

El anciano no lo miró.

—Hay muchas cosas que no digo. La mayoría no importan.

—Esta sí.

El anciano guardó silencio un momento, con la vista fija en el camino que tenían por delante. Sus pasos eran más lentos que los del grupo, y su respiración era más entrecortada, pero no por el cansancio. Sheijuu notó que sus dedos, apoyados sobre el bastón, se movían ligeramente, como si estuviera repitiendo un gesto que había hecho muchas veces en su mente.

—Las historias hablan de algo más, además del hombre y el Guardián —dijo finalmente, con la voz baja, casi inaudible—. Hablan de otros como él. Otros que vinieron después, con intenciones distintas. No para enseñar, sino para tomar.

—¿Qué clase de intenciones?

—Todavía no estoy seguro de que quieras saberlo antes de que lo veas con tus propios ojos. —Hizo una pausa, y su voz se volvió aún más baja—. Pero si lo que estoy empezando a sospechar es cierto, entonces el pilar es solo una parte de algo más grande. El Guardián desapareció, y lo que vino después no vino a cuidar de nosotros.

Sheijuu sintió un escalofrío, no por el frío, sino por el peso de las palabras. No dijo nada más, y el anciano tampoco insistió. Caminaron el resto del tramo en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos.

Tres días más tarde alcanzaron una zona elevada. Desde allí podían ver el pilar mucho mejor, y fue entonces cuando comprendieron la magnitud del problema: no estaba a cientos de kilómetros. Estaba mucho más cerca de lo que habían pensado, muchísimo más cerca. El pilar era tan gigantesco que había engañado por completo su percepción de la distancia.

Ahora podían distinguir su superficie, facetada como una gema cortada a un tamaño imposible. Los látigos de cristal que salían disparados de tanto en tanto, hundiéndose en la tierra como raíces. Incluso ciertas estructuras extrañas creciendo alrededor de la base, brotando del suelo justo donde el cristal se había clavado, formas que ninguno de ellos supo identificar con certeza. Parecían nudos de vidrio retorcido, sin ningún propósito aparente, pero con una presencia que sugería que sí lo tenían.

Esa noche acamparon junto a un río estrecho y frío que descendía directamente desde las montañas. El ambiente era tenso, incluso el fuego parecía más débil, más pequeño, más vulnerable, como si las propias llamas hubieran captado algo del miedo general del grupo. Las chispas se elevaban en espirales tenues, y el sonido del agua, que antes era un murmullo constante, ahora parecía tener un tono diferente, más profundo, como si el río también estuviera esperando algo.

Sheijuu observó el fuego un rato largo, sintiendo el calor en las manos y el frío en la espalda. Afuera, la oscuridad era completa, sin estrellas ni luna, y el sonido del pilar, ese crujido sordo y profundo, llegaba flotando sobre el viento en intervalos irregulares. Sabía, con la certeza que solo el miedo da, que lo peor todavía estaba por llegar.

Y muy lejos, más allá de los bosques vacíos, más allá de las aldeas abandonadas, más allá de las raíces de cristal del pilar, una figura pálida observaba el horizonte.

Inmóvil.

Silenciosa.

Esperando.

**Fin del Capítulo 8.**

‹ PreviousNext ›