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Sheijuu. [Español]

Chapter 16 / 37

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Capitulo 9: El halcón de las montañas.

Sheijuu. [Español]

# Capítulo 9

## El halcón de las montañas

A la mañana siguiente nadie habló sobre la criatura que habían visto entre las nubes. No hacía falta. Todos la habían visto, y todos sabían que era real.

El viaje continuó. Ahora avanzaban por terrenos montañosos, con pendientes cada vez más pronunciadas, senderos más estrechos y un aire cada vez más frío que se colaba bajo la ropa sin importar cuántas capas se usaran. La roca era gris y áspera, con pequeñas grietas donde crecían líquenes de un verde pálido que apenas se distinguían de la piedra. El viento soplaba con una fuerza constante, trayendo consigo el olor a nieve lejana y a tierra mojada. El pilar ocupaba una parte cada vez mayor del horizonte, y ya no parecía una estructura distante. Parecía una presencia. Algo que observaba desde lejos, algo vivo, aunque ninguno de ellos habría sabido explicar exactamente por qué tenían esa sensación. Su superficie, antes borrosa, ahora se veía nítida: facetas de cristal que se extendían hasta perderse en las nubes, cada una reflejando la luz de un sol pálido con un brillo frío y calculado.

Los látigos de cristal podían verse claramente ahora, extendiéndose por el suelo como venas gigantescas, blancas y translúcidas, atravesando bosques, montañas y llanuras enteras. Algunos eran tan gruesos como el tronco de un árbol centenario, y se hundían en la tierra como raíces que buscaban algo profundo. Otros eran más delgados, casi como hilos de vidrio, que se perdían entre las rocas sin un destino aparente. Lo peor era que algunas seguían creciendo, muy despacio, pero creciendo, avanzando centímetro a centímetro con una paciencia que resultaba más inquietante que cualquier velocidad.

Sheijuu observaba los látigos cada vez que el sendero se lo permitía. No había visto nada igual en su vida, ni en los campos de batalla de Valthar ni en los libros de historia que había leído durante su entrenamiento militar. Aquello era distinto. No era una construcción humana, ni una formación natural. Era algo intermedio, algo que no encajaba en ninguna de las categorías que conocía.

Durante el quinto día de ascenso encontraron otra aldea. Vacía, como todas las anteriores. Pero esta vez con algo distinto.

Había cadáveres. No muchos, quizá veinte, personas de distintas edades repartidas entre las casas y las calles. No tenían heridas visibles, ni señales de violencia. Parecían marchitos, como plantas que hubieran permanecido demasiado tiempo bajo el sol: la piel pegada a los huesos, los ojos hundidos, los labios secos y agrietados. Era como si alguien les hubiera arrancado algo esencial, algo invisible que ningún cuchillo podría haber cortado. Sheijuu se detuvo frente a una de las casas, una pequeña vivienda de piedra con un tejado de paja que se había hundido parcialmente. Dentro, una mujer y un niño estaban tumbados en una estera de paja, con las manos entrelazadas. No había sangre, no había signos de lucha. Solo aquella quietud que parecía haberlos encontrado mientras dormían.

Incluso Kaider tuvo que apartar la mirada.

—Vámonos.

Nadie discutió.

Las montañas continuaron elevándose, y también lo hizo la sensación de peligro. Ya no encontraban animales; los pocos que veían observaban siempre hacia el pilar, siempre, como si estuvieran hipnotizados por algo que solo ellos podían percibir con claridad. Sheijuu los veía desde lejos: ciervos con los ojos fijos en la misma dirección, aves posadas en las ramas sin moverse, incluso un zorro que se quedó inmóvil mientras los exploradores pasaban a su lado, sin mostrar ningún miedo, sin reaccionar a su presencia. Todos tenían aquellos ojos blancos y cristalinos, sin parpadeo, sin vida.

Aquella noche acamparon cerca de un risco desde donde podían ver kilómetros y kilómetros de terreno. El pilar parecía todavía más enorme bajo la luz de la luna, sus esquirlas de cristal reflejando la luz nocturna, como si el propio pilar respirara luz en lugar de simplemente reflejarla. Sheijuu se sentó en el borde del risco, sintiendo el viento frío en la cara y el silencio a su alrededor. No era miedo, no exactamente. Era inquietud, una sensación difusa que llevaba días acumulándose sin encontrar una forma concreta. Como una nota que no termina de sonar, un pensamiento que no se completa.

Dos días después alcanzaron una de las cumbres más altas de la región. El paisaje era espectacular: montañas infinitas, ríos serpenteando en la distancia, valles cubiertos de niebla que parecían pintados con un pincel demasiado grande. Y más allá de todo eso, el pilar, ahora tan grande que resultaba absurdo. Nadie podía comprender cómo algo así podía existir, ni siquiera los ancianos, que llevaban toda una vida acumulando historias sobre lo extraordinario.

Sheijuu se detuvo un momento para respirar, sintiendo el aire frío en los pulmones. La altura era tal que cada respiración requería un esfuerzo, y el viento era tan fuerte que tenía que inclinar el cuerpo ligeramente hacia adelante para no perder el equilibrio. Las rocas bajo sus pies estaban cubiertas de una capa fina de hielo, y sus dedos, dentro de los guantes, ya estaban entumecidos por el frío.

Mientras observaban el horizonte, el viento cambió.

No fue un cambio gradual. Fue un corte, un silencio repentino que precedió a algo que todos sintieron antes de ver. El aire se volvió denso, pesado, como si algo enorme estuviera moviéndose a su alrededor.

Un rugido atravesó las montañas, profundo, salvaje, distinto a cualquier sonido animal que hubieran escuchado antes. No era un grito de caza ni un llamado de apareamiento. Era algo más antiguo, más primitivo, el sonido de una criatura que no conocía el miedo porque nunca había tenido razones para sentirlo.

Y entonces llegó.

La sombra apareció primero, cubriendo el suelo, gigantesca. El sol se oscureció por un instante, y Sheijuu sintió el frío de la sombra antes de verla. Después vino el grito, un sonido agudo y metálico que parecía atravesar los oídos y resonar en el interior del cráneo. Y finalmente la criatura descendió desde las nubes.

El halcón.

Era mucho más grande de lo que habían imaginado: tres metros de altura, quizá más, con alas que parecían capaces de cubrir una casa entera y garras que brillaban como cuchillas recién forjadas. Su plumaje era de un gris oscuro, casi negro, con manchas más claras en las puntas de las alas que se movían al ritmo de su vuelo. Y los ojos —también eran de ese mismo blanco cristalino, con las mismas grietas de luz recorriéndolos que ya habían visto en el lobo, en el cuervo, en cada animal hipnotizado del camino. Pero estos ojos eran diferentes. No miraban con la misma indiferencia. Miraban con una intención clara, una fijeza que no dejaba lugar a dudas: había venido por ellos.

—¡Cuidado! —gritó Kaider.

Demasiado tarde.

El halcón cayó como un rayo, directamente sobre el grupo. El impacto de sus alas contra el suelo levantó una nube de polvo y fragmentos de roca. Los exploradores se dispersaron en todas direcciones, algunos rodando por el suelo para evitar las garras, otros buscando refugio detrás de las rocas más cercanas. Shaara creó una barrera de agua al instante, más por instinto que por cálculo, pero el agua se dispersó ante la fuerza del viento de las alas. Uno de los cazadores lanzó una lanza con toda su fuerza; la lanza impactó en el pecho del halcón, pero se desvió sin penetrar, como si la piel de la criatura fuera más dura que la madera.

Nada funcionaba. La criatura era absurdamente rápida, mucho más de lo que su tamaño debería permitir, y las garras se cerraron alrededor de Sheijuu antes de que nadie pudiera reaccionar. Sintió el frío del metal contra sus costillas, y el dolor fue inmediato, un ardor que le robó el aliento. Las garras se clavaron profundamente en sus hombros, atravesando la ropa y la piel, y cada movimiento que hacía solo conseguía que se clavaran un poco más.

—¡SHEIJUU!

Escuchó la voz de Shaara, la de Kaider, la de todos los demás, alejándose cada vez más lejos mientras el halcón ascendía con violencia, arrastrándolo consigo. La fuerza del ascenso era tan brutal que Sheijuu apenas podía mantener los ojos abiertos. El viento golpeaba su rostro con una fuerza que hacía que las lágrimas se le escaparan involuntariamente, y el frío se intensificó hasta volverse punzante.

Las montañas quedaron abajo. Después los bosques. Después los ríos. El mundo entero parecía encogerse a una velocidad que su mente apenas lograba procesar. La aldea, la expedición, todo se reducía a puntos diminutos que desaparecían rápidamente en la distancia.

Sheijuu intentó liberarse. Sin éxito. Las garras estaban clavadas profundamente en sus hombros, y cada movimiento que hacía solo conseguía que se clavaran un poco más. Sintió la sangre caliente resbalando por su pecho y por su espalda, empapando la tela de su camisa y formando pequeñas gotas que el viento arrancaba de su cuerpo.

La criatura seguía ascendiendo, más y más alto, hasta que el aire comenzó a volverse helado y respirar se convirtió en un esfuerzo consciente. Cada bocanada de aire era un cuchillo frío en sus pulmones, y la visión se le nublaba por momentos.

Debajo de él apareció algo. Un lago, gigantesco, de un azul imposible, más grande que cualquier lago que hubiera visto jamás. Las aguas eran tan profundas que parecía que el azul no tuviera fondo, un abismo líquido que absorbía toda la luz que se reflejaba en su superficie. Y entonces recordó. El lago donde Shaara lo había llevado meses atrás. El lugar donde nacía el río. Era el mismo color exacto, la misma tonalidad extraña e imposible que ningún cuerpo de agua debería tener de forma natural.

Pero este era inmensamente mayor. Muchísimo mayor.

El halcón empezó a descender. No. A caer.

Algo no iba bien: una de sus alas estaba herida, probablemente por alguno de los ataques del grupo durante el segundo inicial de confusión. La criatura perdió altura, se desestabilizó en pleno vuelo, y Sheijuu, a pesar del dolor y del terror que le recorría cada nervio del cuerpo, vio una oportunidad y decidió que no iba a dejarla pasar.

Trazó una seña con dificultad, con los brazos apenas capaces de moverse por el dolor de las garras clavadas en ellos. La Escencia se acumuló, comprimida, concentrada en un punto diminuto entre sus dedos, y lanzó una cuchilla de aire a presión directamente contra las patas de la criatura que lo sostenían. La técnica no era perfecta, y el dolor le impedía concentrarse como debía, pero era suficiente.

La técnica atravesó ambas patas del halcón. Limpia. Precisa. Las extremidades se separaron del cuerpo del ave, y esta soltó un chillido monstruoso que pareció sacudir el aire mismo a su alrededor. La sangre, de un tono oscuro y viscoso, salpicó el aire antes de que la criatura comenzara a caer.

Y Sheijuu cayó con ella.

Doscientos metros. Quizá más. El lago se acercaba rápidamente, demasiado rápido, y no había forma de detenerse, nada donde agarrarse. Nada. Solo agua, y velocidad, mucha velocidad, el viento rugiendo en sus oídos mientras intentaba, sin éxito, encontrar algún ángulo que redujera el impacto que se avecinaba. Vio el agua acercarse, cada vez más grande, cada vez más azul, hasta que ocupó todo su campo de visión. Sintió el frío de la superficie acercándose, y supo que no había nada que pudiera hacer.

El impacto fue brutal. Una explosión de agua, dolor. El agua fría lo envolvió por completo, y el ardor de las heridas se multiplicó por el choque. Sintió cómo el lago lo tragaba, cómo la se perdía la luz a su alrededor, y cómo el frío se metía en sus huesos como una mano helada.

Y luego la oscuridad lo envolvió todo.

**Fin del Capítulo 9**

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