# Capítulo 10
## Lago azul
Oscuridad.
Silencio.
Dolor.
Lo primero que sintió Sheijuu fue el dolor. No uno localizado. No una herida concreta. Dolor en todas partes. En los hombros, donde las garras del halcón habían desgarrado la carne. En el pecho, donde el impacto contra el agua había comprimido sus costillas. En la cabeza, donde algo —quizás el golpe, quizás la falta de aire— estaba nublando su conciencia.
Intentó respirar. Sintió agua en los pulmones. Un ardor frío que se extendía desde el pecho hasta la garganta, el lago mismo esta llenándolo por dentro. Intentó moverse. No pudo. Intentó abrir los ojos. Tampoco. Solo oscuridad, y frío, y el sonido sordo de su propio corazón latiendo cada vez más lento.
Iba a morir.
En algún lugar, muy abajo, una criatura inmensa abrió los ojos en las profundidades del lago. Allí donde la luz no llegaba, donde el agua era tan fría que parecía sólida, Majull sintió el cuerpo. Un humano. Cayendo. Desde arriba, desde el cielo, con el olor a sangre y a carne desgarrada. El dolor en el cuerpo, la desesperación en los últimos pensamientos antes de que la conciencia empezara a apagarse. Majull reaccionó por puro instinto. Una enorme sombra atravesó el agua. Y abrió las fauces. El humano desapareció dentro de ellas.
Solo después se dio cuenta de lo que había hecho.
Y entonces ocurrió algo imposible. Porque al observar al intruso, Majull sintió algo. Una energía. Extraña. Una Escencia alterada. No como la de los humanos que había conocido, ni como la de los Primordiales que llevaba días sintiendo como luchaban en las lunas cercanas, matándose unos a otros desde la distancia, apareciendo y desapareciendo como manchas de aceite extendiéndose sobre el agua. Ninguna Escencia en un individuo es completamente igual a la de otro.
Dentro del enorme cuerpo de Majull, el inconsciente Sheijuu se deslizó por el esófago, sin fuerzas para resistirse, sin siquiera saber dónde estaba. Su cuerpo estaba destrozado. Costillas rotas. Pulmones perforados. Hemorragias internas. Órganos dañados. La caída lo había destruido, y el impacto contra el agua, aunque probablemente le había salvado de morir contra la roca, no había hecho más que retrasar el trabajo. Le quedaban minutos de vida. Quizás segundos.
Y entonces, una de sus manos, sin que él lo decidiera, sin que ninguna parte consciente de Sheijuu participara de aquel gesto, tocó la pared interna del esófago.
Un simple contacto. Nada más. Pero fue suficiente. Su cuerpo estaba compuesto por algo más que carne. Algo más que Escencia corriente, la misma que fluía por cualquier persona capaz de usarla. Majull era una criatura creada directamente por un Primordial, con Escencia que llevaba más de mil años estabilizándose, mil años de existencia comprimida en cada fibra de su ser. Y cuando la Escencia de ambos entró en contacto, la absorción comenzó.
Al principio Majull no entendió qué estaba pasando. Sintió una pequeña parte de sí mismo desaparecer, como si alguien hubiera abierto un desagüe diminuto en algún rincón olvidado de su cuerpo. Después otra. Y otra más.
—¿Qué?
Intentó detenerlo. No pudo. La absorción se aceleró, miles de veces más rápido de lo que había empezado, como si el propio desagüe se hubiera dado cuenta de que existía y hubiera decidido abrirse del todo. Como una presa rompiéndose. Como un río desbordado. Como un océano cayendo por una grieta que no debería estar ahí. Toda su existencia comenzó a fluir hacia aquel humano moribundo, y por primera vez en mil años, Majull sintió algo que ni siquiera recordaba cómo se llamaba. Tardó varios segundos, mientras una parte cada vez mayor de sí mismo se vaciaba hacia otro cuerpo, en identificarlo.
Pánico.
Majull intentó resistirse. Intentó separarse. Intentó expulsarlo. Intentó destruirlo, cerrando las fauces con la poca voluntad que le quedaba sobre su propio cuerpo, esperando partir en dos a la causa de todo aquello antes de que fuera demasiado tarde. Nada funcionó. Porque aquello no era una técnica. No era algo que se pudiera aprender. No era una habilidad. Era una ley. Una propiedad fundamental de su propia existencia, tan inamovible como el hecho de que el agua y el fuego en contacto directo terminan destruyéndose. La misma razón por la que su creador le había dado una advertencia, mil años atrás, en una tarde que Majull llevaba siglos sin recordar con esta claridad.
—Escúchame bien.
Recordó la voz. La voz de su creador. El viejo Primordial.
—Majull.
—¿Qué?
—Me gustaría que protejas a los humanos una vez que yo me vaya.
—¿Adónde te piensas ir? Viejo decrépito.
—Donde tú no estés, bestia apestosa —gritó el viejo.
—¡¿Qué dijiste?! Esqueleto —gritó Majull, todavía más fuerte.
—Jum. No voy a hablarte mientras tengas caca en esa aleta.
Majull miró hacia una de sus aletas. Era verdad, tenía algo pegado, pero era un poco rara. Dos segundos pasaron antes de que se diera cuenta.
—¡Ahh, maldito viejo! Libera la ilusión.
—¡Jajaja! Te hice mirar.
—Retrasado mental es lo que eres. No te devoro porque me darás indigestión.
—Jajajaja.
Pasaron unos minutos riéndose. El viejo Primordial estaba en medio de un lago pequeño, en posición de meditación, flotando levemente por encima del agua. Majull estaba a su lado, jugando con el agua.
—Escucha —suspiró—. Me quedan algunos años de vida.
—¿Qué?
—Ya estoy un poco viejo.
—No me digas. —Pasaron unos segundos de silencio—. ¿Puedes morir por la edad?
—Por supuesto. Formo parte de la naturaleza. Al igual que tú.
—Por tu aspecto me parece que ya dejaste de formar parte.
—Oye, esto es serio, presta atención.
—Mmm, dime. —Majull lo miró más atento.
—¿Recuerdas las reglas que te dije?
—Sí.
—Bien. ¿Puedes repetirlas para mí?
Majull recitó, una a una, las leyes que el Primordial le había dado al nacer: una especie de reglas, cada una con su propia consecuencia si se rompía. Eran cinco en total, y las conocía tan bien como conocía la forma de sus propias fauces, aunque en aquel momento, flotando junto a su creador sin ninguna prisa por llegar a ningún lado, todavía le parecían más una curiosidad que una advertencia real.
—Protegerás esta tierra mientras puedas. No buscarás poder que no te pertenezca. No te dejarás gobernar por otro ser vivo.
—Y nunca devorarás a un humano. Esta es muy importante —dijo el viejo.
Majull había preguntado por qué.
—¿Y si me lo como sin querer? ¿Cuento las mishuvuras?
*Mishuvuras: moscas gigantes que tienen forma de persona.*
El anciano simplemente había sonreído, de esa forma cansada con la que sonreía cuando algo le importaba de verdad y no quería que se notara demasiado.
—Porque entonces dejarás de ser tú.
—¿Y qué seré?
—Otra cosa. Algo que ya no podrá elegir.
El resto de la conversación se difuminó en su memoria, como todo lo demás. Majull nunca había vuelto a pensar en aquella tarde con detenimiento, ni falta que le había hecho, porque durante mil años jamás había estado ni remotamente cerca de romper aquella ley.
Ahora entendía lo que quería decir.
Demasiado tarde.
Mientras tanto, el cuerpo de Sheijuu comenzaba a cambiar. Sus heridas sanaban. Los pulmones se reconstruían. Los huesos volvían a unirse. La sangre volvía a circular. La carne se regeneraba. Todo a una velocidad imposible, visible a simple vista, como si el tiempo corriera distinto para él que para el resto del mundo. Porque no estaba absorbiendo Escencia. Estaba absorbiendo una vida entera. Más de mil años de existencia, condensados, vertidos en un cuerpo que apenas tenía diecinueve.
Majull observó impotente. Sintiendo cómo desaparecía. Como una vela consumiéndose. Como nieve bajo el sol. Cada segundo era más pequeño. Más débil. Más humano. Y el humano, cada segundo, era más fuerte.
Pasaron horas. Majull intentó, en algún momento durante ese proceso, hablarle. Gritarle. Suplicarle que se detuviera, aunque sabía que aquel muchacho inconsciente no podía escucharlo, y que aunque pudiera, no habría forma de que controlara algo que ni el propio Majull entendía del todo. Con el tiempo dejó de intentarlo. No por resignación exactamente. Sino porque, en algún punto de aquellas horas, empezó a sentir curiosidad por la persona que se lo estaba llevando todo.
Hasta que finalmente solo quedó una pequeña fracción de Majull. Una conciencia debilitada. Una sombra de lo que había sido. Y entonces comprendió algo. No parecía que fuera a desaparecer. Al menos no completamente. Se sentía como entrar lentamente de una habitación fría a una caliente. Su existencia se estaba aprisionando. Dentro de la mente y del alma del muchacho ahora habitaría Majull.
Vio sus recuerdos. Su infancia. Su entrenamiento. Su vida como soldado. Su tiempo junto a Shaara. Todo, en un instante que no tenía duración, o que tenía toda la duración del mundo, porque dentro de esa clase de fusión el tiempo dejaba de significar lo mismo.
Y entonces vio algo más. Una casa de madera, en una aldea que ya no existía. La puerta abriéndose. Un estruendo. Una onda expansiva que lo lanzó todo en direcciones opuestas. Vio a Sheijuu, de seis años, rodando por el suelo con las rodillas y los codos raspados, las manos sangrando por el roce contra la tierra. Vio a Kaider, unos metros más allá, con el mentón partido y la sangre corriendo, pero vivo. La casa detrás de ellos, desapareciendo en una nube de polvo y escombros. Dos niños, solos, en medio de la destrucción.
Y cuanto más observaba, más tranquilo se sentía. Porque no veía ambición. No veía crueldad. No veía corrupción. Solo veía a un joven perdido. Un muchacho que prefería vacilar antes de meterse de lleno en la guerra. Alguien que se estaba enamorando, sin habérselo confesado del todo ni a sí mismo. Alguien que, pese a todo, seguía intentando encontrar el camino de vuelta a las personas que le importaban. A una realidad que ya estaba fuera de sus manos.
—Quizás... —Majull habló por última vez, mientras aún tenía cuerpo—. Quizás tú puedas hacerlo mejor que yo.
Cuando Sheijuu abrió los ojos, lo primero que vio fue el cielo.
Gris. Cubierto de nubes. La lluvia estaba comenzando. Pequeñas gotas frías golpeaban su rostro, y el olor a tierra mojada y a agua dulce llenaba sus pulmones. Tardó varios segundos en recordar quién era. Dónde estaba. Qué había ocurrido. Intentó incorporarse.
Todo su cuerpo dolía, pero era un dolor distinto al que recordaba justo antes de perder el conocimiento, más parecido al cansancio después de un entrenamiento demasiado largo que al de una herida real. Movió los brazos. Los arañazos profundos del halcón ya no estaban. Los hombros, donde había sentido el desgarro, estaban intactos. Solo la piel lisa y la respiración profunda.
Pero estaba vivo. Milagrosamente vivo.
Y entonces vio algo. Un cadáver. No muy lejos. El enorme halcón. Muerto. Llevaba horas allí, ya rígido, con las plumas empapadas por la lluvia que empezaba a caer con más fuerza. Su cuerpo estaba tendido en la orilla del lago, con las patas cortadas donde Sheijuu había lanzado la cuchilla de aire. Los ojos blancos, ahora apagados, miraban hacia el cielo vacío.
Sheijuu frunció el ceño. ¿Cuántas horas había estado inconsciente? ¿Por qué seguía vivo? ¿Qué había ocurrido? Se miró las manos, buscando alguna herida que confirmara lo que su cuerpo le decía —que debería estar muerto—, y no encontró ninguna. Ni un corte. Ni un moretón. Como si el cuerpo destrozado que recordaba haber tenido perteneciera a otra persona.
Y entonces escuchó algo. Una voz. Lejana. Profunda. Resonando directamente dentro de su mente. Una voz que no era suya.
—Al fin despertaste.
Sheijuu se congeló. Porque estaba completamente solo. Y aun así alguien acababa de hablarle. Se puso de pie de un salto, con la katana ya desenvainada antes de que su mente terminara de procesar el gesto, girando en círculo para buscar a quien fuera que hubiera hablado. No había nadie. Solo el lago, el cadáver del halcón, la lluvia empezando a caer con más fuerza sobre las rocas, y el viento moviendo los árboles en la orilla.
—¿Quién anda ahí?
Silencio. Y entonces la voz volvió a sonar, tan cerca como si viniera de dentro de su propio cráneo. Sheijuu sintió un miedo parecido a cuando observó el cristal por primera vez. El miedo a no entender absolutamente nada de lo que le estaba pasando.
—No mires afuera. Estoy dentro de ti.
Sheijuu permaneció inmóvil, con la katana todavía en alto, el corazón latiendo con fuerza y la respiración entrecortada. La lluvia seguía cayendo, fría e implacable, empapando su ropa y su cabello. Y en algún lugar muy profundo de su mente, una voz antigua esperaba su respuesta.
**Fin del Capítulo 10.**