Capítulo 3
La aldea oculta entre los árboles.
El sendero continuó ascendiendo durante casi una hora.
A medida que avanzaban, el bosque cambiaba. Los árboles se volvieron más grandes, más antiguos, como si cada metro de altura ganado en el sendero los llevara también hacia atrás en el tiempo. Las raíces sobresalían de la tierra como serpientes petrificadas, algunas tan altas que Sheijuu tuvo que apoyarse en ellas enormes para subir un tramo especialmente empinado. La corteza era rugosa y fría bajo sus dedos, cubierta de líquenes de un verde grisáceo que se desprendían en pequeños copos al tocarlos. Varias veces tuvo que pasar bajo troncos caídos que parecían llevar siglos allí, cubiertos de musgo tan espeso que ya ni se distinguía la madera debajo, convertidos en una suerte de colinas verdes que la naturaleza había reclamado de vuelta.
El aire olía a tierra húmeda, a hojas en descomposición ya algo más difícil de identificar: un aroma dulzón y vegetal que parecía venir de las flores que crecían entre las raíces más antiguas. A veces, cuando el viento soplaba en la dirección adecuada, llegaba también un olor a humo de leña, fino y lejano, que sugería que la aldea no estaba mucho más allá. El sonido de sus propias pisadas sobre la hojarasca se mezclaba con el crujido de las ramas altas, el rumor constante de algún arroyo invisible y, de vez en cuando, el grito de un ave que no reconocía.
Nadie hablaba con él. Los habitantes de la tribuban intercambian algunas palabras ocasionales entre ellos, pero siempre manteniendo cierta distancia, con esa clase de cortesía cautelosa que se reserva para lo desconocido. No parecían hostiles. Tampoco confiados. Simplemente cautelosos, como cualquiera sería al encontrar a un extraño caído del cielo, vestido con un uniforme que nadie en aquel lugar había visto nunca y que probablemente no significaba nada para ellos salvo su rareza.
Finalmente llegaron a una elevación natural. Y desde allí Sheijuu pudo verla.
La aldea.
Se quedó inmóvil durante unos segundos, sin poder evitarlo. No era enorme, tampoco pequeña, quizás unas pocas centenas de habitantes. Pero no era el tamaño lo que llamaba la atención.
La aldea estaba construida alrededor de los propios árboles. Las viviendas se encontraban entre raíces gigantescas, plataformas de madera y puentes suspendidos a varios metros del suelo, unidos entre sí por una red de pasarelas que parecía seguir la lógica del propio bosque en lugar de imponerle una nueva. Algunas casas parecían literalmente formar parte de los troncos, como si hubieran crecido junto a ellos en lugar de haber sido construidas con herramientas y manos humanas. El río atravesaba parte del asentamiento, y pequeños canales desviaban el agua hacia huertos y estanques dispuestos en terrazas, aprovechando cada desnivel del terreno con una precisión que debía haber tomado generaciones perfeccionar. Desde la distancia daba la impresión de que el bosque había decidido convertirse en una ciudad, en lugar de haber sido talado para construir una.
Sheijuu comparó aquella imagen con las ciudades de las seis naciones, donde todo era recto, funcional, diseñado para ser eficiente sin importar el paisaje. Allí las calles se trazaban con escuadra y cartabón, y los árboles que no encajaban en el plano eran talados sin contemplaciones. Aquello era distinto. No era una imposición sobre el bosque; era una negociación. Cada casa, cada puente, cada pasarela parecía haber sido colocada allí después de que el árbol decidiera cuánto espacio podía ceder. No había líneas rectas. Todo fluía, como el río que atravesaba el asentamiento.
Los soldados de las seis naciones hablaban mucho de los territorios inexplorados. Siempre imaginaban salvajes, ruinas, monstruos. Jamás algo así: un lugar que parecía haber resuelto, generaciones atrás, el problema de vivir sin destruir lo que lo rodeaba, algo que ni la ciudad más orgullosa de Valthar podía decir de sí misma.
Varias personas se percataron de su presencia. Las conversaciones disminuyeron poco a poco, como una ola retirándose. Las miradas comenzaron a seguirlo: niños curiosos, asomados desde las plataformas más bajas sin ningún disimulo; ancianos desconfiados, que dejaban de moler grano o tejer para observarlo pasar con los ojos entrecerrados; cazadores armados, que no bajaban la guardia pero tampoco levantaban las armas, evaluándolo con la misma frialdad profesional que él habría usado en su lugar. Todos observaban al extraño vestido con uniforme militar, con la ropa quemada en los bordes y la sangre seca todavía visible en algunos cortes.
Uno de los ancianos se acercó lo suficiente para tocar el borde de su chaqueta, con una mezcla de cautela y curiosidad genuina. Sus dedos arrugados rozaron la tela gruesa, sintiendo la textura, y luego retiró la mano como si hubiera tocado algo que no comprendía del todo. Un niño pequeño, escondido detrás de la pierna de su madre, asomó la cabeza para mirarlo, y cuando Sheijuu lo vio, el niño volvió a ocultarse rápidamente, solo para asomar de nuevo un segundo después, con los ojos muy abiertos.
La muchacha que lo había encontrado habló con algunas personas. Varios parecieron sorprendidos. Uno incluso señaló el cielo. Probablemente explicaba la historia del zepelín, aunque Sheijuu se preguntó cómo se referirían ellos a algo así, qué palabra usarían para nombrar una máquina que ni siquiera debería existir en su mundo.
Sheijuu siguió caminando, atento, analizando por costumbre la disposición de las viviendas, las salidas, los puntos altos, todo lo que un soldado aprende a evaluar sin siquiera proponérselo, incluso rodeado de gente que no representaba ninguna amenaza evidente.
Y entonces vio algo que lo hizo detenerse.
A unos cincuenta metros. Sentado sobre una caja de madera. Discutiendo animadamente con tres mujeres.
Estaba Kaider. Perfectamente vivo. Perfectamente sano. Perfectamente siendo Kaider.
—...y entonces les digo que la explosión fue tan grande que aún sujetándome con todas mis fuerzas salí volando. Y no solo eso, ¡el proyectil que nos derribó era un TOA de los nuevos, de los que están fabricando ahora! Un cañón de aire. Si hubiera explotado como debía, no estaríamos aquí contando esta historia.
Las tres mujeres rieron. Kaider también. Una de ellas le dio un pequeño golpe en el hombro. Otra parecía fascinada con la historia, aunque era evidente que no entendía una palabra de lo que decía y solo seguía el tono de su voz, la forma en que las manos de Kaider dibujaban la explosión en el aire.
Sheijuu lo observó durante varios segundos. Sin decir nada. Sin moverse. Sintiendo, por primera vez desde que despertó junto al río, que el peso en el pecho se aflojaba un poco, como si hasta ese momento no hubiera terminado de creerse a sí mismo que su hermano seguía con vida.
Finalmente una de las mujeres lo señaló.
Kaider giró la cabeza.
Hubo un segundo de silencio.
—...¿Sheijuu?
Su expresión pasó de la sorpresa a la alegría, luego a la incredulidad, y finalmente volvió a la alegría, como si necesitara recorrer las tres antes de decidirse por una.
—¡SHEIJUU!
Se levantó de un salto, corrió hacia él y lo abrazó con tanta fuerza que casi le rompe las costillas heridas.
—Sigues vivo.
—Me estás matando.
—¡Sigues vivo!
—Kaider...
—¡Pensé que habías muerto!
—Kaider.
—¿Qué?
—Costillas.
—Ah.
Lo soltó inmediatamente.
—Perdón.
Las personas alrededor observaban la escena sin comprender nada, aunque no hacía falta entender el idioma para reconocer un reencuentro cuando lo veían. Algunos de los que habían estado mirando con recelo ahora sonreían, como si la alegría de Kaider fuera contagiosa incluso sin palabras.
Kaider sonrió, como siempre.
—Sabía que sobrevivirías.
—No lo sabías.
—Lo sospechaba.
—Eso tampoco.
—Bueno, esperaba que sí.
Sheijuu negó con la cabeza. Algunas cosas nunca cambiaban, ni siquiera después de caer de un zepelín en llamas sobre un bosque desconocido.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Tres días.
Sheijuu parpadeó.
—¿Tres?
—Sí, ¿qué pasa?
—Yo hace unas horas me desperté.
—¡¿Qué?!
—Pero no me siento como si hubieran pasado tres días. No estoy deshidratado. Solo un poco adolorido.
—¡¿Estuviste dormido tres días?!
—Te digo que no me siento así.
—No sabes lo que te has perdido.
—...
Así que eso es lo que te preocupa.
Kaider soltó un suspiro exagerado, con la mano en el pecho, como si le hubieran roto el corazón en ese preciso instante.
—Sheijuu, te lo prometo, tienes que probar la comida de este lugar.
—¿No estuviste buscando a ningún posible superviviente mientras tanto?
—Claro que sí.
—Ya veo. Claramente tienes la ropa con la suciedad normal de alguien que ha pasado tres días buscando personas en un bosque. Y grandes ojeras también. La preocupación debió hacerte dormir mal. Seguro la pasaste fatal.
El aspecto de Kaider estaba impecable: ropa limpia, pelo peinado hacia atrás, ni un solo rasguño más de los que ya tenía antes de la caída, como si el bosque entero hubiera decidido tratarlo con una amabilidad que a Sheijuu no le había ofrecido en absoluto.
—Jum. Envidioso. No viste lo que yo vi.
—¿A no? Ilumíname.
—El último proyectil que partió el zepelín por la mitad era un TOA, de los nuevos que están fabricando ahora.
—¿Y? El "experto" en armamento eres tú.
—Yyy, el TOA es un cañón de aire. El proyectil no explotó por pura suerte. Por eso seguimos vivos, o tal vez no explotó porque estábamos muy cerca y necesita tiempo para quemar el combustible primario antes de usar el secundario, que es el que detona. O fue eso, o al ser armamento nuevo tiene algún error de fabricación...
—Aún no veo a dónde quieres llegar —interrumpió Sheijuu.
Las mujeres que estaban con Kaider miraban la conversación y se reían sin entender nada, junto con otras personas que se habían acercado a curiosear, formando poco a poco un pequeño círculo alrededor de ellos.
—...yyy, que cada TOA ocupa un espacio de diez por ochenta metros, lo que significa que había caballería pesada cerca. Tal vez un pequeño ejército.
—¿O sea que tenías miedo?
—No, no, qué va. Es algo bastante extraño tenerle miedo a un pequeño ejército de personas que van a querer sacarte información con cuchillos calientes y esas cosas cuando te capturen.
—Ya veo.
—Además, sabes que sí habría ido a buscarte, pero ellos no me dejaron.
—¿Ellos quiénes?
Kaider señaló la aldea con un gesto amplio.
—La gente que nos encontró. Nos curaron. Nos dieron comida. Pero no nos dejan salir. Y aparentemente creen que venimos de algún tipo de reino celestial porque caímos del cielo.
—Eso no es cierto.
—Bueno, tal vez alguien les metió esa idea en la cabeza —Kaider se rascó la parte de atrás de la cabeza, con una sonrisa que no engañaba a nadie que lo conociera de verdad.
—¿Por qué les dijiste eso?
—Porque era divertido.
—Eres idiota.
—También sigo vivo.
—Desgraciadamente.
Kaider volvió a reír y soltó un leve suspiro de alivio, uno de verdad esta vez, sin teatro, el de alguien que llevaba tres días fingiendo estar tranquilo delante de desconocidos y por fin podía dejar de hacerlo frente a la única persona ante la cual no necesitaba fingir nada.
Durante las siguientes horas, Sheijuu comenzó a comprender mejor la situación.
La tribu poseía un idioma propio, distinto al de las seis naciones, con sonidos que a su oído resultaban ora suaves, ora extrañamente cortantes. Sin embargo, algunos ancianos conocían palabras de otras lenguas antiguas, lo que permitió establecer una comunicación básica: lenta, torpe, pero suficiente para entender lo esencial, completada a fuerza de gestos y de mucha paciencia.
La tribu se llamaba a sí misma los Nahru. Llevaban generaciones viviendo en aquellas tierras. Muy pocas veces abandonaban la región, y casi nunca recibían visitantes; uno de los ancianos, con ayuda de gestos y de las pocas palabras compartidas, les hizo entender que la última vez que alguien de fuera —refiriéndose a personas de otras regiones lejanas, no a otras tribus vecinas— había llegado hasta la aldea fue antes de que él naciera.
Lo que más sorprendió a Sheijuu no fue eso.
Fue otra cosa.
La Escencia.
Aquella misma tarde observó a varios jóvenes entrenando cerca de uno de los canales. Saltaban entre ramas, moldeaban pequeñas cantidades de Escencia, creaban corrientes de aire, manipulaban agua con gestos que parecían casi distraídos. Nada espectacular. Pero sí extraordinariamente refinado, con una soltura que Sheijuu solo había visto antes en instructores con décadas de experiencia, no en muchachos que apenas debían tener quince o dieciséis años.
Uno de los muchachos, sentado sobre una roca plana, tenía la palma de la mano extendida y una hoja seca flotando a unos centímetros sobre ella. No la sostenía con la mano; la mantenía suspendida mediante una corriente de aire tan fina que apenas se veía. La hoja giraba lentamente, cambiando de dirección sin que el muchacho pareciera concentrarse demasiado, como si fuera un juego al que ya no tenía que prestar atención plena. Otro joven, más cerca del canal, hacía flotar pequeñas piedras sobre la superficie del agua, colocándolas en un patrón circular que se mantenía estable aunque la corriente del canal tiraba de ellas. Las piedras no se hundían ni se desplazaban; simplemente permanecían allí, como si el agua hubiera decidido ignorarlas por un rato.
Uno de los muchachos utilizó una técnica acuática para cortar una rama gruesa, con precisión quirúrgica, sin que la corteza alrededor del corte siquiera se astillara. Otro levantó un muro de tierra en apenas unos segundos, lo suficientemente sólido como para detener una piedra lanzada con fuerza, y lo deshizo después con la misma facilidad, devolviendo la tierra a su sitio como quien dobla una manta.
Sheijuu permaneció observando, en silencio, intentando entender lo que estaba viendo.
La mayoría de los soldados de las seis naciones jamás podrían hacer algo así. No porque les faltara talento, sino porque nadie les enseñaba. La guerra había cambiado las prioridades. Los ejércitos dependían de cañones, fortificaciones, máquinas de asedio. La Escencia era una herramienta secundaria, algo que se enseñaba de forma apresurada a un puñado de reclutas con aptitud natural, y punto, sin tiempo para el refinamiento que estaba viendo ahora frente a él.
Aquí parecía ser todo lo contrario. Aquí la Escencia no era una herramienta de guerra. Era, sencillamente, una forma de vivir, tan natural como respirar o caminar. Los jóvenes no entrenaban para matar; entrenaban para dominar algo que formaba parte de su vida cotidiana. Y esa diferencia, sutil pero profunda, se reflejaba en cada gesto, en cada movimiento fluido que no tenía nada de la rigidez que Sheijuu asociaba con el combate.
La muchacha que lo había encontrado apareció a su lado. Por primera vez estaban solos, sin el resto del grupo alrededor.
Ella observó a los jóvenes entrenar. Luego lo miró.
—She...ju.
Pronunció su nombre lentamente. Todavía tenía dificultades con los sonidos que no existían en su propia lengua.
Sheijuu asintió.
—Sheijuu.
Ella sonrió.
—Sheijuu.
Luego se señaló a sí misma.
—Shaara.
El nombre quedó suspendido entre ambos un instante, como si necesitara asentarse antes de convertirse en algo real.
Shaara.
Por alguna razón encajaba perfectamente con ella.
Sheijuu inclinó ligeramente la cabeza.
—Shaara.
La muchacha pareció satisfecha, casi orgullosa, como si acabaran de completar juntos algo importante.
Durante unos segundos simplemente observaron el entrenamiento. El sonido del río llegaba desde algún lugar cercano, mezclado con el viento que movía suavemente las hojas más altas.
Era extraño. Hacía años que Sheijuu no permanecía quieto tanto tiempo sin una razón concreta: sin órdenes, sin informes, sin armas preparadas. Solo observando, dejando que el tiempo pasara sin exigirle nada a cambio.
Shaara señaló a uno de los jóvenes. Después hizo un gesto con las manos, moldeando Escencia de forma simbólica en el aire, un pequeño remolino invisible entre sus dedos. Parecía preguntarle algo.
Sheijuu comprendió.
—Sí. Puedo usar Escencia.
Los ojos de Shaara se iluminaron. Parecía sorprendida, genuinamente sorprendida, y le hizo otra pregunta, más rápida, que él no entendió ni una sola palabra. Ella soltó una pequeña risa ante su propia torpeza.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
Shaara levantó la mano y trazó una seña sencilla. El agua del río cercano se elevó lentamente, creando una pequeña esfera flotante. Después la hizo girar, moverse, cambiar de forma, como si estuviera jugando con ella y no ejecutando una técnica. La luz del sol se reflejaba en la superficie de la esfera, creando pequeños destellos que bailaban sobre sus dedos mientras la movía.
No era una técnica poderosa, ni compleja. Pero sí elegante, natural, hermosa de una manera que no tenía nada que ver con el poder que representaba y todo que ver con la soltura con la que la ejecutaba, como si llevara toda la vida practicando ese único gesto solo por el placer de hacerlo bien.
Finalmente dejó que el agua volviera al río, y lo observó expectante, como si esperara una respuesta.
Sheijuu tardó un momento en entender. Ella quería verlo hacer algo también.
Miró el agua. Luego a Shaara. Trazó una seña sencilla.
Una corriente de viento recorrió la orilla. Las hojas secas comenzaron a girar alrededor de ambos, elevándose lentamente, formando un pequeño remolino. Nada impresionante, nada militar. Solo viento.
Las hojas continuaron girando unos segundos. Luego cayeron.
Shaara observó el resultado.
Y sonrió.
Aquella vez de verdad. No por cortesía, no por educación. Una sonrisa genuina, de esas que nacen antes de que la persona decida mostrarlas.
—En tu tierra —preguntó, con esfuerzo, las palabras separadas por pausas mientras buscaba el idioma—, ¿usan la Escencia así? ¿O solo para la guerra?
Sheijuu entendió la pregunta. Se tomó un momento para responder.
—Solo para la guerra. Casi todo lo que sabemos hacer con ella es para herir o destruir.
Shaara lo miró con una expresión que no supo leer del todo. No era juicio. Era algo más parecido a la tristeza, pero sin pena. Como si hubiera esperado esa respuesta y aun así le hubiera gustado oír otra distinta.
—Qué pena —dijo, con la misma voz pausada—. Tiene más usos.
Y no añadió nada más.
Y aunque Sheijuu todavía no lo sabía, años después recordaría ese instante con absoluta claridad. Mucho después de olvidar rostros. Mucho después de olvidar cientos de planetas. Mucho después de olvidar guerras enteras, batallas que en su momento le habían parecido imposibles de borrar de la memoria.
Recordaría aquella tarde junto al río.
Y la primera vez que vio sonreír a Shaara.
Esa noche, cuando por fin lo llevaron a una de las plataformas destinadas a los visitantes —una simple estructura de madera con esteras en el suelo, suficiente para dos personas—, Kaider esperaba que estuvieran a solas para hablar en serio por primera vez desde el reencuentro.
—¿Estás bien? —preguntó, sin el tono burlón habitual, algo que en sí mismo ya resultaba inquietante viniendo de él.
—Estoy vivo.
—No es lo mismo.
Sheijuu se sentó, con la espalda apoyada contra el tronco que sostenía la plataforma. Desde ahí se veía parte de la aldea, iluminada por pequeñas antorchas y por la luz que se filtraba entre las hojas, un mosaico de puntos cálidos suspendidos en la oscuridad del bosque.
—Estoy bien, Kaider.
—Cuando caímos... —Kaider dudó, algo poco habitual en él, buscando las palabras con más cuidado del que solía emplear—. Pensé que te había perdido. Como a mamá ya papá.
Sheijuu no respondió de inmediato. No era un tema que hablaran a menudo; ninguno de los dos sabía muy bien cómo hacerlo sin que la conversación se volviera insoportable para el otro, así que casi siempre optaban por no tocarlo en absoluto.
—No me perdiste.
—Ya lo sé. Pero por un momento...
—Kaider.
—¿Qué?
—Estoy aquí.
Fue suficiente. Kaider ascendió, y la conversación volvió, casi con alivio, a un terreno más cómodo: cuál de las tres mujeres con las que había estado hablando esa tarde tenía mejor sentido del humor. Sheijuu no contestó ninguna de sus preguntas, pero tampoco le pidió que se callara. A veces, dejar que Kaider hablara sin parar era la forma más sencilla que tenían de cuidarse el uno al otro, sin necesidad de decir en voz alta nada de lo que realmente importaba.
Pero mientras Kaider seguía hablando, Sheijuu se quedó mirando el techo de madera, pensando. En unos días, quizás una semana, llegarían los refuerzos. Alguien del ejército vendría a buscarlos, o encontrarían el camino de vuelta por su cuenta. Volverían al frente, a las órdenes, a los mapas con líneas rojas y azules. Volverían a la guerra.
Era lo que debía querer. Era lo que había deseado desde que despertó junto al río.
Pero ahora, por alguna razón que no lograba identificar, la idea de volver no le provocaba ningún alivio. No era miedo. No era duda. Era algo más parecido a la indiferencia, una sensación extraña que se instalaba en el pecho como una piedra pequeña y fría, sin peso suficiente para preocuparse, pero con la suficiente presencia para no poder ignorarla.
No le dijo nada a Kaider. Simplemente cerró los ojos y escuchó el sonido del bosque, pensando que, pase lo que pase, la guerra seguiría allí esperándolos.
Fin del Capítulo 3