# Capítulo 13
## El hombre en el cielo
Los días siguientes al reencuentro fueron extraños. El grupo avanzaba cada vez más cerca del pilar, y el mundo a su alrededor cambiaba de una forma que ninguno de ellos podía ignorar.
La vegetación empezó a morir.
No de golpe, sino poco a poco, como si una enfermedad invisible se extendiera desde el pilar hacia el exterior. Los árboles, que antes estaban verdes y llenos de hojas, ahora mostraban ramas desnudas y cortezas agrietadas. Las hojas caídas cubrían el suelo en una capa marrón y crujiente, y el olor a tierra húmeda se había convertido en un aroma seco y polvoriento, como si el suelo mismo estuviera perdiendo su capacidad de retener agua. Los arbustos se volvían quebradizos, y las flores, antes coloridas, se marchitaban antes de abrirse del todo. Hasta los ríos parecían más lentos, sus aguas más turbias, como si la vida se estuviera retirando lentamente del paisaje.
Sheijuu caminaba con la vista baja, observando cada tramo de tierra muerta como quien observa una herida que no termina de cerrar. Metió la mano en un arbusto seco y las ramas se deshicieron entre sus dedos, convertidas casi en polvo. No dijo nada. Nadie decía nada. El grupo entero avanzaba en un silencio que se había vuelto costumbre, cada uno cargando su propio miedo sin nombrarlo.
Sheijuu notaba cosas que los demás no percibían. Su oído se había vuelto más agudo, y podía escuchar el crujido del pilar creciendo a kilómetros de distancia, un sonido profundo y rítmico que se mezclaba con el viento. Al principio pensó que era su imaginación. Luego, que era el viento golpeando alguna estructura lejana. Pero el sonido no variaba con las ráfagas. Era constante. Regular. Como una respiración demasiado lenta para pertenecer a algo vivo, y demasiado precisa para pertenecer a algo muerto.
También percibía el silencio cada vez más profundo: los animales habían desaparecido por completo, y ni siquiera los insectos se movían entre las hojas secas. Los primeros días todavía se escuchaba algún pájaro lejano, el zumbido ocasional de un insecto entre la maleza. Para el tercer día, nada. Era un silencio antinatural, como si el mundo estuviera conteniendo la respiración. Sheijuu llegó a extrañar el ruido. Cualquier ruido. El sonido de sus propias botas contra la tierra seca empezaba a parecerle demasiado fuerte, como si estuviera anunciando su posición a algo que todavía no sabía que estaba ahí.
Majull, en su mente, era un eco constante.
—Tus sentidos están mejorando —dijo una tarde, mientras Sheijuu caminaba al final del grupo.
—Lo noté. Escucho cosas que antes no escuchaba.
—¿Qué cosas?
—El pilar. Suena como si algo se estuviera moviendo dentro de él. Como si estuviera vivo.
—Lo está. No de la forma en que tú entiendes la vida, pero sí. Es una estructura que absorbe energía, y al hacerlo, genera vibraciones. Lo que escuchas son esas vibraciones.
Sheijuu guardó silencio un momento, procesando aquella información. Intentó imaginar algo tan grande absorbiendo algo tan invisible como la Escencia, y no consiguió formarse una imagen clara. Solo la sensación, cada vez más fuerte, de estar caminando hacia el centro de algo que no debería existir.
—¿Y qué más noto sin saberlo?
—Tus ojos también están cambiando. Aunque no lo veas todavía, estás empezando a percibir la Escencia en el aire. No de forma clara, pero sí como un resplandor tenue que rodea las cosas. Los árboles, las rocas, incluso el suelo. Todo tiene su propia energía, y tú estás empezando a verla. Por ahora sigue siendo sutil, pero se irá haciendo más evidente.
—¿Y cuando sea evidente?
—Entonces sabrás distinguir lo que está vivo de lo que no. Lo que es fuerte de lo que es débil. Y lo que es peligroso de lo que solo lo parece.
—¿Como el pilar?
—El pilar no es peligroso. El pilar es inevitable. Son cosas distintas.
Sheijuu no supo qué responder a eso. Guardó la frase para sí, sin entenderla del todo. No quería pensar demasiado en ello. No mientras caminaban, hacia la fuente de todo aquello que estaba destruyendo su mundo. Prefería concentrarse en poner un pie delante del otro, en la tierra agrietada bajo sus botas, en cualquier cosa que no fuera la pregunta que llevaba días evitando: qué encontrarían cuando por fin llegaran.
Al tercer día de viaje, alcanzaron una zona elevada donde el pilar se veía con más claridad que nunca. Estaba a menos de cincuenta kilómetros, pero su tamaño era tan descomunal que parecía estar justo delante de ellos. Los látigos de cristal, ahora visibles a simple vista, se extendían como raíces gigantescas sobre el paisaje, atravesando colinas y valles con una precisión que no tenía nada de natural. Algunos eran tan gruesos que parecían pequeños ríos de hielo, y donde tocaban el suelo, la tierra se agrietaba en patrones perfectos, casi geométricos, como si el mundo mismo se estuviera resquebrajando siguiendo un plano trazado de antemano.
Sheijuu sintió el peso de la Escencia en el aire, una presión constante que le hacía cosquillas en la piel. No dolía. Todavía no. Pero era imposible ignorarla, como llevar ropa mojada en pleno invierno. Se detuvo un momento, obligando a sus pulmones a llenarse de aire, y notó que el aire mismo sabía distinto. Más denso. Casi metálico en el fondo de la garganta.
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Y entonces lo vio. No con los ojos. O no solo con los ojos. Un resplandor tenue alrededor de cada látigo de cristal, una luz que no debería estar ahí y que nadie más en el grupo parecía notar. El anciano miraba el pilar con el ceño fruncido, calculando distancias. Kaider lo miraba con la mandíbula tensa, como quien mide el tamaño de un enemigo. Shaara simplemente apartaba la vista, incapaz de sostener la imagen demasiado tiempo. Ninguno de ellos veía lo que él veía. Sheijuu recordó las palabras de Majull. *Todo tiene su propia energía.* No había imaginado que fuera tan pronto. Ni que doliera un poco, como mirar directamente una luz demasiado brillante.
Sheijuu se detuvo, sintiendo la mirada de Majull en su mente.
—¿Qué pasa?
—Algo te mira.
Sheijuu giró la cabeza lentamente, sin movimientos bruscos. Sus ojos recorrieron el cielo, y entonces lo vio. Una silueta. Muy arriba. Entre las nubes. Pequeña debido a la distancia, pero perfectamente visible. Una figura humana. Flotando. Inmóvil. Observándolos.
—Majull...
La voz salió apenas como un susurro.
—Lo veo. Puedo verlo.
—No lo mires.
—¿Qué?
—No lo mires directamente.
—¿Por qué?
—Porque entonces nos verá.
Aquellas palabras hicieron que un escalofrío recorriera la espalda de Sheijuu. Bajó la vista de inmediato, forzándose a mirar el suelo, la tierra agrietada bajo sus botas, cualquier cosa que no fuera aquella figura suspendida en el cielo. El corazón le latía tan fuerte que temió, por un instante absurdo, que aquello también pudiera delatarlo de alguna forma. Contó los latidos. Uno. Dos. Tres. Intentó que su respiración no cambiara, que sus hombros no se tensaran, que nada en su postura dijera *lo he visto*.
Y entonces ocurrió algo. La figura desapareció. Esa presión que venía de esa dirección, desapareció.
Sheijuu con un movimiento brusco, miro hacia el cielo.
—¿Nos vio?
Simplemente desapareció.
—¿Con quién hablas, Sheijuu? —preguntó el anciano.
Ni descendió.
—¿A dónde fue?
Ni se movió.
—¿Sheijuu? —Shaara lo miraba extrañada, sin saber por qué en su rostro se reflejaba miedo, ansiedad y confusión.
Ni voló.
—¡¿Majull?!
Un instante estaba allí. Al siguiente no.
—¿Dónde está?
Silencio.
—¿Majull?
Silencio.
Y entonces la voz respondió. Más tensa que nunca.
—Corre.
El mundo explotó.
No hubo aviso. No hubo preparación. No hubo tiempo. Uno de los exploradores desapareció. Literalmente desapareció. Un instante estaba caminando. Al siguiente ya no existía. Solo una nube de sangre suspendida en el aire. La sangre se dispersó lentamente, formando pequeñas gotas que cayeron sobre la tierra seca.
El sonido llegó después. Un trueno seco, sin origen claro, que sacudió el pecho de todos los presentes antes de que sus mentes pudieran procesar lo que acababan de ver. La tierra donde había estado el explorador se hundió ligeramente, como si algo invisible hubiera golpeado el suelo con el peso de una montaña.
Un segundo explorador giró sobre sí mismo, buscando un enemigo que no estaba en ninguna parte. Gritó un nombre. El nombre del compañero que ya no existía. Nadie respondió, porque no había nadie a quien preguntarle. El propio aire parecía cargado de una amenaza sin forma, sin dirección, capaz de golpear desde cualquier punto del cielo o de la tierra sin previo aviso. Sheijuu buscó con la mirada algún rastro, una sombra, un movimiento, cualquier cosa que le diera algo a lo que temer con precisión. No encontró nada. Y eso, de alguna forma, era peor que ver al enemigo.
Todos se quedaron inmóviles. Incapaces de comprender lo que acababan de ver. Shaara ahogó un grito, llevándose ambas manos a la boca. Kaider dio un paso hacia Sheijuu, instintivamente, como si años de entrenamiento militar le dijeran que agruparse era la única respuesta razonable ante un peligro que no podía ver ni nombrar. Otro de los exploradores retrocedió tropezando, cayó sobre la tierra agrietada, y no se levantó de inmediato. El anciano murmuraba algo entre dientes, palabras que ni él mismo parecía entender.
—¿Qué fue eso? —susurró Kaider, con la espada ya en la mano, aunque sin ninguna idea de hacia dónde apuntarla—. ¿Dónde está?
Nadie respondió. Nadie tenía respuesta. El viento había dejado de soplar. Ni siquiera el crujido lejano del pilar se escuchaba ya. Solo el latido de la propia sangre en los oídos, y el silencio que precede a algo que ya está ahí, esperando el momento exacto para dejarse ver.
Y entonces apareció. Delante de ellos. Como si siempre hubiera estado allí.
Un hombre. Pálido. Su piel se asemeja a la porcelana. Cabello blanco. Ropajes extravagantes y raros, hechos aparentemente de seda. Sin una sola mota de polvo. Sin una sola expresión. Sus ojos eran blancos. Completamente blancos. Y aun así parecían ver más que los de cualquier humano.
El anciano cayó de rodillas inmediatamente. No por voluntad propia. Sus piernas simplemente dejaron de responder. Los demás apenas podían respirar. La presión era insoportable. Como si una montaña hubiera aparecido sobre sus hombros. Sheijuu sintió el peso, la presión, la sensación de que el aire mismo se volvía sólido a su alrededor. Pero se mantuvo en pie. Le costaba, pero se mantenía en pie.
El Primordial observó al grupo. Sin interés. Como un hombre observando insectos. Su mirada pasó por Kaider. Por Shaara. Por los exploradores caídos, por los que aún temblaban de pie. Y finalmente se detuvo en Sheijuu.
Entonces. Una ligera sorpresa. Nada más. Pero fue suficiente. Porque los ojos de Sheijuu comenzaron a arder. Mucho más que antes. Y los ojos del Primordial se entrecerraron.
—Interesante.
Fue la primera palabra que pronunció, y sonó tan fuera de lugar, tan tranquila, que a Sheijuu le costó más entenderla que cualquier grito que hubiera podido soltar. Su voz era tranquila. Indiferente. Como si hablara consigo mismo. Aquella criatura no los veía como enemigos. Ni siquiera como amenazas. Los veía exactamente igual que él vería una piedra en el camino. Y aun así, parecía interesado únicamente en él.
Sheijuu sintió el peso de la mirada del Primordial sobre él, y supo que no había escapatoria. Solo podía esperar.
Nadie a su alrededor se atrevía a moverse. Ni siquiera a respirar demasiado fuerte. Kaider seguía con la espada en alto, pero sus brazos temblaban, no por miedo a fallar, sino por la certeza absoluta de que aquella arma no serviría de nada. Shaara había dejado de llorar, como si el cuerpo mismo hubiera decidido que ya no había margen ni para eso. El silencio se extendía, largo, insoportable, mientras el Primordial seguía observando a Sheijuu con esa misma expresión de curiosidad distante, como un científico que acaba de encontrar algo que no esperaba en el fondo de un frasco.
Y en algún lugar, muy adentro, Majull también observaba. En silencio. Sin decir una palabra más.
**Fin del Capítulo 13.**