# Capítulo 16-17
## Dónde antes había un corazón
Sheijuu la vio moverse.
A través del dolor, a través de las lágrimas que comenzaban a nublarle la visión, la vio intentar levantarse. Shaara, con las manos temblorosas apoyadas en la roca gris, empujó hacia arriba. Sus brazos fallaron una vez, y cayó de rodillas. La segunda vez logró ponerse en pie, tambaleándose, con la respiración entrecortada y la sangre goteando desde el costado hasta el suelo.
Sheijuu quiso gritarle que se detuviera. Que no se moviera. Que se quedara donde estaba. Pero su garganta solo produjo un sonido ronco, apenas un susurro que no llegó a ningún lado. Su lengua estaba seca, pegajosa, y el dolor en sus brazos, en sus hombros, en todo su cuerpo, le robaba cualquier palabra antes de que pudiera formarla. Intentó una segunda vez. El resultado fue el mismo silencio inútil, y con él, la primera grieta de un pánico que no tenía nada que ver con el dolor de sus heridas.
Shaara dio un paso. Luego otro. Sus pies arrastraban sobre la roca, como si cada movimiento requiriera un esfuerzo sobrehumano. La herida en su costado se había abierto más, y la sangre teñía su ropa de un rojo oscuro que se extendía lentamente. Su rostro estaba pálido, casi translúcido, y sus labios, agrietados, se movían sin sonido, como si estuviera hablando con alguien que no estaba allí.
Sheijuu la veía acercarse. Tres metros. Dos. Sus ojos se encontraron, y ella intentó sonreír. No lo consiguió. Sus labios temblaron, y una lágrima rodó por su mejilla, mezclándose con la sangre que ya manchaba su rostro. La mano de Shaara se extendió hacia él, los dedos separados como si quisiera tocar su rostro, como si quisiera decirle algo antes de que fuera demasiado tarde. Sheijuu intentó, con lo poco que le quedaba de fuerza, mover su propia mano hacia ella, aunque supiera que el gesto no llegaría a nada. Apenas un metro de distancia. Casi podía sentir el calor de su piel.
Y entonces el Primordial se movió.
No lo vio venir. No pudo. Una fuerza invisible, brusca y violenta, arrancó a Shaara de su lugar. Su cuerpo fue tirado hacia atrás como un muñeco roto, sus pies perdiendo el contacto con el suelo. Sheijuu la vio volar a través del aire, los brazos extendidos, y el aliento que estaba a punto de liberarse para llamar su nombre se congeló en su garganta.
El Primordial la agarró por el pelo, sin cuidado, como quien agarra un trapo sucio. Sus dedos se enredaron en el cabello oscuro y tiraron hacia arriba, forzando el rostro de Shaara hacia el cielo. Sheijuu no podía ver su cara, solo la forma de su cuerpo colgando, suspendida por el cuero cabelludo, sus manos elevándose débilmente para agarrar la mano del Primordial, pero sus dedos no lograban apretar.
Y entonces la mano del Primordial, la otra mano, atravesó su pecho desde la espalda.
El sonido fue húmedo, sordo, el de una carne que se abre sin resistencia. Los dedos de Shaara se quedaron quietos, y sus brazos, que un momento antes se movían, cayeron inertes a los lados. Sus ojos, los mismos que habían sonreído junto al río, se abrieron de par en par. El dolor y la desesperación se reflejaron en ellos, girando de un lado a otro sin encontrar un lugar donde fijarse, como si buscaran algo a lo que aferrarse y no hubiera nada. Su boca se abrió, pero no salió ningún sonido. Solo el aire escapando, un soplo que se desvaneció antes de completarse.
Sheijuu la vio. Vio sus ojos moverse, buscándolo. La sangre, caliente, salpicó su rostro. Pequeñas gotas. Rojas. El Primordial retiró la mano sin ningún cuidado, dejando que Shaara cayera al suelo como una cosa. Su cuerpo chocó contra la roca gris, y el sonido de su cabeza golpeando la piedra fue tan seco que parecía no encajar con lo que acababa de ocurrir.
No gritó. No tuvo tiempo. Solo ese momento, ese último momento, el más vacío de todos, quedó suspendido en algún lugar de la memoria de Sheijuu, para siempre, sin importar cuánto tiempo pasara ni cuánto cambiara él mismo.
Y en el rostro de Sheijuu, las gotas de sangre que habían salpicado su cara empezaron a enfriarse. No sintió nada, solo el vacío que se abría en su pecho, un agujero negro que se tragaba todo lo que era, absorbiendo cualquier otra sensación que intentara llenarlo.
El cuerpo de Shaara vibró un poco y luego desapareció.
Entonces el mundo se detuvo.
No hubo viento. No hubo sonido. Ni siquiera el crujido lejano del pilar, que había acompañado cada minuto desde que empezaron a acercarse a él, seguía ahí. Solo el espacio vacío donde un segundo antes había estado un cuerpo, y la sangre, ya fría, resbalando por el rostro de Sheijuu como si perteneciera a otra persona.
Algo en su pecho se cerró de golpe, una puerta que no volvería a abrirse de la misma forma. No lloró. No gritó. El cuerpo, por un instante, se negó a hacer nada en absoluto, como si esperara que el mundo se corrigiera solo, que Shaara volviera a aparecer y a levantarse, que aquello fuera uno de los muchos errores que el tiempo suele deshacer. El mundo no se corrigió.
Durante un instante, Sheijuu no supo dónde estaba. No sabía quién era. El dolor de las heridas, la Escencia drenándose, los zarcillos atravesando sus brazos, todo desapareció. Solo el vacío. Y el odio.
El odio no fue una instrucción. No fue un pensamiento. Fue un sentimiento más antiguo que el lenguaje, más profundo que cualquier palabra. La Escencia recibió ese odio y respondió de la única forma que sabía: expandiéndose.
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Los zarcillos de cristal que atravesaban sus brazos comenzaron a agrietarse. El primero se rompió con un crujido seco, y el brazo de Sheijuu, ahora libre, cayó a su lado. El segundo siguió, y luego el tercero, cada fractura sonando como hielo partiéndose bajo un peso demasiado grande. Extensiones de Escencia brotaron de su cuerpo sin que él las invocara, masas de energía que se extendían como tentáculos, buscando algo. La primera runa apareció en su antebrazo derecho, una línea de luz opaca que se abrió paso bajo la piel como una quemadura desde adentro, y con ella llegó un dolor distinto a todos los que había sentido hasta entonces, no un dolor que pedía detenerse, sino uno que exigía continuar.
El Primordial observó. No se movió. No pareció preocupado.
—Insuficiente —dijo, sin emoción.
Sheijuu se lanzó hacia él. No corriendo, no saltando. Las extensiones de Escencia lo impulsaron hacia adelante, su cuerpo moviéndose con una velocidad que no había tenido antes. Su brazo derecho, cubierto por la runa, se alargó en una extensión de energía que se estiró hacia el Primordial como un látigo.
El Primordial no se apartó. Levantó una mano, apenas un gesto, y la extensión se desvió a mitad de camino, como si hubiera chocado contra algo que no estaba ahí. Se estrelló contra la roca a un costado, abriendo una zanja profunda. No había fuerza visible. No había luz, ni onda, ni nada que explicara por qué el ataque había cambiado de dirección. Solo el efecto, limpio y absoluto, de algo que empujaba desde ningún lugar.
Sheijuu atacó de nuevo, una segunda extensión brotando de su hombro izquierdo, retorciéndose en el aire como una serpiente. Esta vez el Primordial retrocedió. Un paso completo, no el simple gesto de antes, como si por primera vez estuviera midiendo la distancia en vez de descartarla. La extensión pasó por el espacio que había ocupado un instante antes y golpeó el vacío.
El Primordial se detuvo un instante, la cabeza ligeramente inclinada, observando el punto exacto donde el ataque había fallado, como si algo en ese fallo mereciera un segundo de atención que el anterior no había merecido.
Sheijuu lo atacó una y otra vez, sin pausa, sin patrón, cada extensión brotando de un punto distinto de su cuerpo antes de que la anterior terminara de fallar. Cada golpe era más rápido que el anterior, y aunque el Primordial seguía sin ser tocado, algo en su forma de moverse había cambiado. Ya no esquivaba con el mismo desinterés absoluto. Retrocedía. Calculaba. Las extensiones de Sheijuu golpeaban el suelo, la roca, el aire, pero nunca a él. Las runas en su piel seguían extendiéndose, y el dolor se intensificaba con cada nueva línea que aparecía. Pero el odio era más fuerte que el dolor.
La segunda runa se encendió en su hombro, y con ella llegó una tercera extensión, luego una cuarta, brotando de su espalda, de sus costados. Y luego, de golpe, una decena de tentáculos de Escencia se extendieron hacia el Primordial desde todos los ángulos a la vez, cerrándose como una jaula.
Antes de que la jaula terminara de cerrarse, Sheijuu sintió que el suelo dejaba de sostenerlo. No hubo golpe. No hubo contacto. Solo una fuerza que tiró de él hacia adelante, como si el propio aire se hubiera convertido en una cuerda invisible enrollada alrededor de su pecho. Su cuerpo se deslizó varios metros contra la roca, directamente hacia el centro de la jaula que él mismo había formado, y las extensiones, sin él para sostener su forma, se enredaron entre sí, perdiendo el objetivo.
El Primordial extendió los brazos, y el aire alrededor de su cuerpo pareció empujar hacia afuera, sin luz, sin sonido, solo una presión repentina que arrancó tierra y piedras del suelo y las lanzó junto con las extensiones, dispersándolas en todas direcciones. El polvo cubrió el aire durante un segundo, denso, gris, oliendo a roca pulverizada. Cuando se asentó, el Primordial seguía en el mismo lugar, sin una sola marca en la piel.
—Sigue intentándolo —dijo, y por primera vez algo en su voz sonó distinto. No preocupación. Pero tampoco el mismo tedio absoluto de antes—. Te estás acercando a algo. No sé todavía a qué.
El aire mismo pareció volverse más denso alrededor de Sheijuu, como si su cuerpo empezara a exigirle al mundo más espacio del que ocupaba. Atacó sin ningún orden, sin ningún cálculo, puro instinto convertido en violencia. El Primordial ya no retrocedía con calma. Se movió hacia atrás dos veces seguidas, rápido, y por una fracción de segundo algo cruzó su rostro que no era indiferencia ni tedio. Fue apenas un parpadeo. Pero Sheijuu, en medio de la furia, alcanzó a verlo.
Una de las extensiones, más rápida que las demás, pasó a un palmo de su hombro. El Primordial giró el cuerpo en el último instante, y aunque la extensión no llegó a tocarlo, el roce del aire desplazado le arrancó un jirón de su túnica, que cayó al suelo como una pluma quemada. Fue lo más cerca que había estado nunca, y por un segundo, apenas un segundo, no dijo nada.
Sheijuu sintió el odio crecer dentro de él, alimentando las runas que seguían apareciendo en su piel. El dolor era insoportable, pero también era un motor. Cuanto más le dolía, más furia sentía. Cuanto más furia sentía, más runas aparecían. Y cuanto más runas aparecían, menos control tenía. Sus brazos ya no eran del todo brazos, sino extensiones de Escencia que se alargaban sin límite. Su rostro estaba cubierto de líneas de luz que pulsaban al ritmo de su odio. Su cuerpo se movía solo, atacando, golpeando, sin descanso. En algún punto dejó de sentir sus propias piernas, y sin embargo seguían moviéndose, sosteniéndolo, llevándolo hacia adelante una y otra vez, como si ya no le pertenecieran del todo.
El Primordial retrocedió otro paso, luego otro, cada vez con menos margen entre el gesto y la reacción. Ya no parecía un científico observando un experimento contenido. Parecía alguien recalculando, en tiempo real, algo que había subestimado. Por primera vez desde que había aparecido entre las nubes, sus movimientos dejaron de ser económicos. Cada paso atrás llevaba algo más, un rastro de urgencia.
Pero en algún lugar, muy adentro, en el fondo de esa furia, una parte de Sheijuu seguía viendo el rostro de Shaara, ahora en su mente, sus ojos vacíos, su cuerpo inmóvil. Y esa parte, aunque no podía controlar el resto, seguía alimentando el odio.
Algo en el fondo de su pecho, más adentro que cualquier runa, empezó a moverse. No era Escencia. No era furia. Era otra presencia, ajena y a la vez tan suya como su propia sangre, agitándose contra las paredes de algo que llevaba demasiado tiempo dormido. Sheijuu no lo notó. Estaba demasiado lejos de sí mismo para notar nada que no fuera el odio. En algún rincón muy distante de su mente, algo que ya casi no reconocía como propio empezaba a despertar junto con él.
Hasta que todo se volvió más rápido, más intenso, y una tercera línea empezó a formarse bajo su piel, apenas visible todavía, como una grieta que aún no decide si romperse del todo.
**Fin del Capítulo 16-17.**