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Sheijuu. [Español]

Chapter 4 / 37

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Capitulo 4: De el río nace

Sheijuu. [Español]

Capítulo 4

Donde el río nace

Los días se convirtieron en semanas.

Y las semanas empezaron a parecerse unas a otras, cada una desdibujándose un poco más en la anterior, hasta que resultaba difícil recordar en qué día exacto habían dejado de contar.

Al principio, Sheijuu había esperado escuchar los motores de otro zepelín. O ver una patrulla. O recibir alguna señal de rescate. Pero nada ocurrió. Nadie vino. Nadie apareció. Era como si las seis naciones hubieran olvidado que existían, como si el bosque los hubiera absorbido por completo del mapa, borrándolos de cualquier lista de asuntos pendientes.

Kaider parecía haber aceptado aquello mucho antes que él.

—Quizá nos dieron por muertos.

—Quizá.

—O quizá creen que seguimos cayendo.

—Han pasado semanas.

—Entonces deben pensar que estamos cayendo muy lentamente.

Sheijuu decidió ignorarlo, como siempre. Pero por dentro, una parte de él ya sospechaba lo que tardaría un tiempo más en admitir en voz alta: nadie iba a mandar una segunda expedición a un territorio que ni siquiera figuraba en los mapas con algo más que una mancha verde. Las Tierras Olvidadas se ganaron su nombre por una razón, y esa razón era que a nadie, salvo a un puñado de cartógrafos con curiosidad y poco presupuesto, le importaba lo que hubiera dentro de ellas.

La vida entre los Nahru era extraña. No por sus costumbres, ni por sus casas, ni siquiera por su idioma, que Sheijuu apenas empezaba a descifrar. Era extraña porque parecía tranquila.

Las guerras de las seis naciones se sentían lejanas, irreales, como si pertenecieran a otro mundo, a otra vida, a otra persona que hubiera usado el cuerpo de Sheijuu antes que él. Los cazadores salían por la mañana. Los niños entrenaban entre risas y caídas. Los ancianos enseñaban con la paciencia de quien ya no tiene ninguna prisa. Las personas reían, discutían, vivían.

Nada más.

Al principio aquello le resultó incómodo, casi sospechoso, como si la calma escondiera algo que todavía no había descubierto, una amenaza aplazada. Después empezó a acostumbrarse.

Y eso fue lo que más le preocupó.

Porque una parte de él comenzaba a preguntarse si realmente quería volver.

Nunca se lo dijo a nadie, ni siquiera a Kaider, que probablemente sentía algo parecido, aunque lo disimulara mejor, riendo más alto de lo necesario cada vez que alguien le mencionaba la guerra, como si el volumen de su risa pudiera tapar cualquier pregunta incómoda que se le ocurriera hacerse a sí mismo.

Cada mañana, antes del amanecer, Sheijuu se alejaba de la aldea. Seguía el río, caminaba varios kilómetros, y entrenaba. Siempre solo, siempre lejos. No era una cuestión de orgullo; simplemente estaba acostumbrado a que el entrenamiento fuera algo privado, casi sagrado, uno de los pocos espacios donde no tenía que responder ante nadie ni justificar nada de lo que hacía.

El sonido del agua lo acompañaba mientras practicaba: movimientos con espada, control de Escencia, ejercicios físicos. Una rutina sencilla, precisa, repetitiva, la clase de rutina que uno construye cuando necesita que el cuerpo se mueva sin que la mente tenga que pensar demasiado, dejando que los músculos recordaran lo que la cabeza prefería no examinar de cerca.

Una mañana escuchó pasos acercándose.

No se giró. Ya sabía quién era.

—Llegas tarde.

Shaara apareció entre los árboles, con el cabello todavía húmedo por el rocío de la mañana. Llevaba una capa ligera sobre los hombros y una pequeña bolsa de cuero al costado, probablemente con comida o hierbas.

—¿Tarde?

Su dominio del idioma común había mejorado sorprendentemente rápido en las últimas semanas. Lo pronunciaba con acento, pero era perfectamente comprensible.

—No sabía que había una hora para mirar a alguien entrenar.

Sheijuu guardó la espada.

—Normalmente llegas antes.

Shaara levantó una ceja.

—¿Eso significa que esperabas que viniera?

—Ah. No.

—Mentira.

—No.

—Definitivamente mentira.

Sheijuu decidió cambiar de tema, algo que ya empezaba a convertirse en su respuesta habitual cada vez que ella lo acorralaba con demasiada facilidad.

—¿Por qué sigues viniendo?

—¿Por qué sigues entrenando?

—Porque soy soldado.

—Yo también entreno.

—No eres soldado.

—Aquí todos entrenan.

Ella se sentó sobre una roca cercana. El río fluía detrás, reflejando los primeros rayos del sol, que empezaban a filtrarse entre las copas más altas. El agua sonaba distinta aquí, más viva, con un murmullo constante que parecía llenar el espacio sin esfuerzo.

Durante unos segundos ninguno habló. Era un silencio cómodo, no incómodo, no forzado, simplemente tranquilo, del tipo que solo se construye después de varias semanas de encontrarse en el mismo lugar a la misma hora sin haberlo planeado del todo, hasta que se vuelve costumbre sin que ninguno de los dos lo llame así.

Finalmente Shaara señaló el agua.

—¿Sabes dónde nace?

Sheijuu negó con la cabeza.

—No.

—Yo sí.

—Bien.

—¿Quieres verlo?

—¿Está lejos?

—Un poco.

—¿Cuánto es "un poco"?

Shaara sonrió, del modo en que solía sonreír justo antes de decir algo que normalmente significaba malas noticias.

—Varias horas caminando.

—Eso no es un poco.

—Para mí sí.

—Claro.

—Entonces vienes.

No era una pregunta.

Terminaron partiendo esa misma mañana. El camino seguía el curso del río hacia las montañas, ascendiendo poco a poco entre piedras cubiertas de líquenes de un verde grisáceo que brillaban con la humedad de la noche. El aire se volvía más fresco a medida que ganaban altura, y Sheijuu notó cómo su respiración se hacía más profunda, como si los pulmones agradecieran el cambio después de semanas en el aire denso y húmedo del bosque.

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—Oye, ¿por qué no nos dejaban salir cuando llegamos?

—¿A qué te refieres?

—A eso exactamente. ¿Por qué no dejaban que nos fuéramos? ¿Tenían miedo de que reveláramos la posición de la aldea?

—No. ¿Quieres irte?

—No, no. No lo decía por eso.

—Ustedes siempre han podido salir —dijo Shaara, con una expresión de no entender del todo la pregunta, como si estuviera repasando mentalmente si se había perdido algo.

—Ya veo. Jodido Kaider.

—¿Eh?

—Nada, nada. Yo me entiendo.

—Pero no estás hablando solo. Explícate.

Sheijuu la miró con cara de extrañado. Normalmente nadie le pedía que contara lo que pasaba por su cabeza, no con esa insistencia tranquila que ella tenía para sacarle las cosas.

—Bueno. Lo que pasa es que Kaider...

Le contó, con más resignación que sorpresa, la versión libre que su hermano había estado contando durante tres días sobre un supuesto reino celestial y unos guardianes que no podían abandonar la aldea.

Shaara soltó una carcajada.

—¿En serio?

—Sí, y hay otras cosas que ha hecho.

—No, pero, ahora que recuerdo, él sí salía todas las noches y regresaba al mediodía, justo a la hora de la comida.

—¿Segura que era él?

—Segurísima.

—Mmm...

Sheijuu se quedó unos minutos pensando, armando mentalmente una lista de preguntas incómodas para su hermano que pensaba hacerle esa misma noche, con calma, disfrutando cada segundo por adelantado.

A medida que ascendían, el bosque se volvía más salvaje, más antiguo, más silencioso, como si cada kilómetro los alejara un poco más de cualquier cosa parecida a la civilización. Los árboles se separaban más entre sí, dejando espacio a grandes bloques de piedra cubiertos de musgo y helechos. El río se estrechaba, el agua corría más rápido y el sonido que hacía al chocar contra las rocas se volvía más agudo, más insistente.

Vieron animales que Sheijuu jamás había visto. Aves enormes, de alas tan anchas que su sombra tardaba varios segundos en cruzar el sendero completo. Ciervos con cuernos extraños, que crecían hacia atrás y hacia los lados, parecidos a los huesos del ala de algún ave, cubiertos por una membrana fina que atrapaba la humedad del aire como si respirara por ella. Pequeños reptiles cubiertos de un pelo plateado oscuro, que subían y bajaban por los troncos con un movimiento repetitivo, similar a hacer flexiones, ajenos por completo a los dos humanos que pasaban debajo.

La biodiversidad era absurda, del tipo que Sheijuu solo había visto ilustrada en libros viejos, dibujada por naturalistas que probablemente nunca pisaron un lugar así en persona y que se habrían visto obligados a inventar la mitad de lo que dibujaban.

—¿No hay depredadores?

—Claro que los hay.

—No he visto ninguno.

—Ellos sí te han visto.

Sheijuu no dudó de ello. Llevaba media hora con la sensación, cada vez más clara, de que algo los seguía a cierta distancia sin decidirse a acercarse del todo, algo que prefería observar antes que actuar. No era una amenaza inmediata, pero la certeza de estar siendo observado le resultaba incómoda, como una picazón en la nuca que no podía rascarse.

—¿Y tú no tienes miedo? —le preguntó, sin apartar la vista de la espesura.

—A veces. Pero el miedo no cambia si algo te va a atacar o no. Solo cambia si disfrutas el camino mientras tanto.

Sheijuu no supo qué responder a eso. Era el tipo de frase que sonaba a proverbio de aldea, de esos que los ancianos repetían tanto que terminaban perdiendo sentido, y sin embargo en boca de Shaara sonaba distinto, como si de verdad se lo creyera cada vez que lo decía.

—Cuando era niña —dijo Shaara, después de un rato de caminar en silencio—, mi madre solía traerme aquí. Decía que el lago era un lugar donde el mundo se detenía un momento para respirar. Yo no entendía qué quería decir, pero me gustaba venir.

Sheijuu la miró. Era la primera vez que ella mencionaba algo de su infancia sin que él preguntara.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que tenía razón. El mundo se detiene aquí. —Hizo una pausa—. ¿Tú tenías un lugar así? Donde el mundo se detuviera.

Sheijuu pensó en la respuesta. Había tenido un río, cerca de la casa donde creció. Un río que aparecía y desaparecía entre los árboles como si jugara con quien lo observaba.

—Había un río —respondió finalmente—. Cerca de mi casa. Mi padre me llevaba allí.

—¿Y qué hacían?

—Nada. Solo estar. Él hablaba, a veces. O callaba. Yo hacía lo mismo.

Shaara no dijo nada, pero asintió como si entendiera perfectamente.

Varias horas después llegaron a una zona elevada. El río se estrechaba aún más, el agua corría tan rápido que ya no se distinguían las piedras del fondo, solo un torrente blanco y espumoso que se precipitaba entre las rocas con un rugido constante. El aire era frío, con ese filo particular de la altura que se cuela por debajo de la ropa sin avisar, obligando a los pulmones a trabajar un poco más.

Shaara caminaba delante, saltando entre piedras con facilidad, con la misma naturalidad con la que otros caminarían por una calle empedrada. Sheijuu la seguía, un paso más lento, todavía calculando cada apoyo por costumbre militar, incapaz de moverse con esa misma despreocupación aunque lo intentara.

Finalmente llegaron.

El nacimiento del río.

No era una cascada, ni una fuente. Era algo mucho más extraño. Un enorme lago azul, encerrado entre montañas, tan inmóvil que parecía una lámina de cristal tallada expresamente para ese lugar. El agua era de un azul tan profundo que resultaba casi irreal, como si el propio color hubiera sido extraído de algún lugar más antiguo que el cielo. Las montañas se reflejaban perfectamente en la superficie, sin una sola arruga. No había olas. Ni viento. Nada. Solo aquella quietud absoluta, como si el lago estuviera esperando algo desde hacía mucho tiempo.

Sheijuu se quedó observándolo. Nunca había visto un agua tan azul. No parecía real.

—Bonito.

Fue todo lo que dijo.

Shaara soltó una carcajada.

—"Bonito".

—Sí.

—Caminamos medio día para eso.

—Es bonito.

—Eres imposible.

Ella se sentó cerca de la orilla, mirando el lago. Después de unos segundos habló.

—Cuando era niña pensaba que había un dios viviendo ahí.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que solo es un lago.

Sheijuu observó la superficie. Por alguna razón no estaba completamente seguro de que ella tuviera razón. Algo le producía una sensación extraña, como si hubiera algo debajo, muy abajo, observando, esperando con la misma paciencia con la que el agua misma parecía esperar. No era miedo, exactamente. Era más parecido a la certeza de que aquel lugar guardaba algo que no estaba destinado a ser visto por ojos humanos, y que quizás era mejor no saber qué era.

La sensación desapareció rápidamente, tan rápido que llegó a preguntarse si la había imaginado, aunque durante el resto de la tarde no pudo evitar mirar de reojo hacia el centro del lago un par de veces más, sin saber muy bien qué esperaba encontrar ahí.

Permanecieron allí varias horas. Hablando, o más bien Shaara hablando y Sheijuu respondiendo ocasionalmente, dejándose llevar por la corriente de sus preguntas.

Ella parecía tener una curiosidad infinita sobre las seis naciones, sobre los zepelines, sobre las guerras, sobre las ciudades, sobre cualquier cosa que sonara remotamente distinta a lo que conocía.

—¿Es verdad que algunas ciudades tienen más personas que todo este bosque?

—Sí.

—Eso suena horrible.

—Con lo que hablas, nunca pensé que eras antisocial.

—No lo soy.

—¿Y por qué dices que es horrible?

—Porque nunca has vivido aquí.

—Supongo.

—¿Y cuando termine la guerra qué harás?

La pregunta tomó a Sheijuu por sorpresa. Tardó varios segundos en responder.

—No lo sé.

Era verdad. Nunca lo había pensado, ni siquiera en los momentos de calma antes de una misión, cuando otros soldados hablaban de granjas, negocios o familias que querían formar cuando todo aquello terminara, como si el después fuera algo que pudieran dar por garantizado.

Shaara lo observó.

—Eso es triste.

—¿Por qué?

—Porque todo el mundo debería tener algo que quiera hacer.

Sheijuu miró el lago. No respondió, porque no tenía respuesta, y por primera vez en mucho tiempo, esa falta de respuesta le pesó de una forma distinta a la habitual, como si de pronto fuera un vacío que valiera la pena llenar.

—¿Y tú? —preguntó finalmente, casi sorprendido de sí mismo por devolver la pregunta—. ¿Qué quieres hacer tú?

Shaara se tomó su tiempo antes de contestar, como si nunca le hubieran hecho esa pregunta en voz alta y necesitara ordenar la respuesta mientras hablaba, con cuidado, como quien saca algo frágil de un cajón cerrado hace tiempo.

—Quiero conocer el mar. Los ancianos dicen que existe, muy lejos de aquí, pero nadie de la aldea lo ha visto nunca. Un agua tan grande que no se le puede ver el otro lado.

—Existe.

—¿Lo has visto?

—Una vez. Durante una misión.

—¿Y es como dicen?

Sheijuu pensó en ello un momento, en la línea gris del horizonte confundiéndose con el cielo, en el olor a sal que tardó días en desaparecer de su ropa y que todavía podía recordar con una claridad extraña. En el sonido de las olas rompiendo contra la costa, un sonido que no se parecía a ningún otro, ni siquiera al de un río en su tramo más caudaloso.

—Es más grande de lo que puedas imaginar.

Shaara sonrió, esta vez con algo parecido a la determinación, algo firme detrás de los ojos.

—Entonces algún día iré.

No sonó como una fantasía infantil. Sonó como una promesa que se estaba haciendo a sí misma, y Sheijuu, sin saber muy bien por qué, sintió el impulso repentino de querer estar ahí para verla cumplirla, aunque no tuviera ningún derecho todavía a pensar en un "algún día" compartido.

—¿Y entonces? —preguntó ella, devolviéndole la pregunta—. ¿Qué quieres hacer cuando termine la guerra?

Sheijuu se quedó callado, mirando el lago. El azul profundo parecía tragarse la luz, guardándola en algún lugar que nadie podía alcanzar.

—De verdad que no lo sé —admitió—. Pero quizás no debería ser soldado para siempre. Tal vez... no sé. Tal vez algo distinto.

Shaara no dijo nada, pero asintió, como si aquella respuesta vaga fuera suficiente para ella. Como si el simple hecho de que la hubiera considerado ya valiera algo.

Cuando emprendieron el regreso ya estaba anocheciendo. Las sombras comenzaban a cubrir el bosque. El aire se volvía más frío con cada paso que los alejaba del lago, y el sonido del río, que antes era un murmullo constante, se fue convirtiendo poco a poco en el rugido familiar que conocían de las orillas más bajas.

Caminaron en silencio durante un rato, hasta que Shaara volvió a hablar.

—Cuando te encontré junto al río pensé que estabas muerto.

—Lo sé.

—Parecías un cadáver.

—Gracias.

—Intentaba ser amable.

—Lo estás haciendo fatal.

Ella volvió a reír. Y durante unos segundos, solo unos segundos, Sheijuu sintió algo extraño, algo que reducía el peso del mundo entero a algo manejable. Un alivio y consuelo sincero. Paz.

No era una paz que pudiera describir con palabras exactas, porque no se parecía a ninguna que hubiera sentido antes. No era la calma del deber cumplido, ni la satisfacción de una misión completada. Era algo más sencillo y más profundo al mismo tiempo: la sensación de estar exactamente donde debía estar, sin necesidad de justificarlo. Como si el mundo, por un momento, hubiera dejado de pedirle algo.

Y en algún lugar entre el sonido del río y los últimos pasos hasta la aldea, se permitió pensar, solo por un instante, que quizás no le importaría que aquel rescate tardara un poco más en llegar. Que quizás, si era sincero consigo mismo, ya ni siquiera estaba seguro de querer que ocurriera.

Cuando llegaron a la aldea, las antorchas ya estaban encendidas y el olor a comida flotaba entre las plataformas. Se despidieron en el cruce de caminos que llevaba a sus respectivas casas, sin gran ceremonia, como si ya fuera costumbre, y Sheijuu se quedó un momento de pie donde ella lo había dejado, escuchando sus pasos alejarse entre la madera, antes de darse cuenta de que sonreía otra vez sin haberlo decidido.

Fin del Capítulo 4

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