← Novel

Sheijuu. [Español]

Chapter 5 / 37

‹›

Extra 1: Sheijuu: La sopa de alma

Sheijuu. [Español]

# Extra 1

## La sopa de alma

La lluvia había terminado hacía apenas unos minutos.

El bosque seguía goteando lentamente. Cada hoja dejaba caer pequeñas gotas sobre el suelo cubierto de musgo, y el aire olía a tierra húmeda, a madera empapada ya las primeras flores que asomaban entre las raíces de los árboles más viejos. El sonido de las gotas al golpear las hojas era irregular y suave, como un tambor distante que marcara un ritmo que solo el bosque conocía.

Shaara caminaba sin prisa entre los árboles. Solo una ropa de viaje sencilla y una capa oscura sobre los hombros, con el borde ligeramente desgastado por el uso. En una mano sostenía una pequeña cesta de mimbre tejida con tiras de corteza que todavía conservaban un ligero olor a resina.

Se agachó junto al tronco de un árbol caído, cubierto de musgo y líquenes de un verde grisáceo. La corteza del árbol muerto estaba húmeda y blanda bajo sus dedos, y pequeños caracoles con conchas moteadas se movían lentamente entre las grietas. Apartó unas hojas mojadas con cuidado, revelando un grupo de hongos azulados que crecían en el lado más sombreado del tronco. La luz que se filtraba entre las copas de los árboles les daba un tono casi violeta en los bordes.

Sonrió.

—Aquí están.

Cortó con cuidado un grupo de hongos azulados y los guardó en la cesta. No todos. Solo los más grandes, los que habían alcanzado el tamaño adecuado. Los pequeños estaban donde estaban, junto a los que todavía no habían abierto el sombrero.

—Siempre deja algunos... —dijo una voz detrás de ella.

Shaara ni siquiera se giró. Ya conocía ese paso, ese ritmo pausado de bastón contra la tierra húmeda.

—Si me llevo todos, el próximo año puede que no crezca ninguno.

El anciano salió lentamente de entre los árboles. Llevaba un bastón de madera oscura, tan gastado que la superficie parecía pulida por décadas de uso. Su capa, de un tono gris que se confundía con la corteza de los árboles, estaba salpicada de pequeñas gotas de lluvia que brillaban a la luz filtrada.

Sonreía.

—Los jóvenes solo piensan en el presente.

Shaara Río.

—Y los viejos creen que inventaron la paciencia.

El anciano soltó una carcajada breve, un sonido ronco que parecía salir de algún lugar profundo de su pecho.

Caminaron juntos unos minutos. El sendero era apenas visible, una línea más clara entre los helechos y la maleza, pero Shaara lo seguía sin dudar, como si llevara toda la vida recorriéndolo.

—¿Tu madre como se encuentra? —preguntó el anciano.

—Ya pasó lo peor. Por eso haré hoy una sopa de alma.

—Ohh. ¿Sabes prepararla?

—Me le enseñó el año pasado, junto con Raiya.

-Mmm. —El anciano sonó pensativo, golpeando suavemente el suelo con el bastón—. ¿Raiya se marchó, verdad?

—Se fue al pueblo que está pasando la colina de espinas. No recuerdo el nombre.

—Después del valle seco de espinas está la aldea de los Moohra, el pueblo del Intermedio, que es el que atraviesa el río colorado, y la aldea de los Bafltar. Hay más, pero esas son las más cercanas.

—Debe ser a la de los Bafltar. Esa es la que me suena.

—¿Y qué fue a hacer allí?

—A entrenar. Quiere ser exploradora, y los Balf son bastante buenos.

—En sus tierras no se da casi nada, así que tienen que serlo.

—Sí. Me pregunto cuándo volverá. Se fue hace dos meses.

—Debería llegar en cinco o seis meses, si se le da bien.

Siguieron hablando un par de minutos más, hasta llegar a un pequeño claro desde donde podía verse la aldea. No era grande: casas de madera, techos inclinados, humo saliendo de algunas chimeneas. Niños corriendo por los caminos de tierra, el río bordeando el pueblo. El sol, que empezaba a asomarse entre las nubes, iluminaba los tejados mojados, haciendo que el agua escurriera en pequeños hilos brillantes.

Shaara se quedó observándolo, como hacía muchas veces.

—Sigues mirando la aldea como si fueses una niña.

—Porque yo observé desde aquí mismo cómo la epidemia se llevaba uno a uno a mis amigos y conocidos, y casi se lleva a mi mamá. Y los mayores que estaban sanos no nos dejaban acercarnos.

Su voz no tembló al decirlo, pero hubo una pausa breve antes de continuar, como si las palabras todavía necesitaran un esfuerzo para salir.

—Sabes que fue para protegerlos a todos.

—Lo sé, y en aquel momento también lo supe. Pero igual no fue fácil. Por eso es reconfortante ver la aldea tan tranquila. Aunque no será lo mismo.

El anciano sonrió con tristeza, y por un momento sus ojos, ya cansados por la edad, parecieron mirar más allá de lo que veían.

—Eso es cierto.

Después, siguieron caminando.

Cuando entraron en la aldea, varias personas saludaron a Shaara. Ella respondió a todos, por su nombre. Preguntó a una mujer por la fiebre de su hija. Felicitó a un muchacho porque había terminado el techo de su casa. Se detuvo a ayudar a un comerciante a levantar un saco de arroz que se había roto, el grano derramándose sobre la tierra mojada.

No parecía una gran guerrera.

Parecía simplemente alguien que pertenecía allí.

Al doblar una esquina encontró a varios niños intentando alcanzar una cometa atrapada en un árbol. Saltaban, intentaban lanzar piedras, se empujaban unos a otros en un desorden feliz. Ninguno llegaba. La cometa, hecha de tela fina y varillas de bambú, se mecía atrapada entre dos ramas, su cola de cintas de colores colgando hacia abajo como una serpiente descolorida.

Shaara dejó la cesta en el suelo. Subió al árbol con una facilidad sorprendente, encontrando apoyos en las ramas que los niños no habían visto. La corteza estaba húmeda y resbaladiza, pero sus pies encontraron los puntos exactos donde apoyarse. Desató la cuerda y bajó con la cometa en la mano.

Los niños celebraron como si hubiera derrotado a un monstruo.

—¡Graciasss! —dijeron todos de forma descoordinada.

Ella revolvió el cabello del más pequeño, un niño de unos seis años con las mejillas manchadas de barro.

—La próxima vez no la lancen tan alto.

—¡Pero así vuela mejor!

Shaara levantó la vista.

La cometa volvió a elevarse sobre las casas, movida por el viento que entraba desde el valle.

La siguió con la mirada unos segundos, sonriendo mientras su cola de cintas se desplegaba contra el cielo gris que empezaba a despejarse.

Muy lejos de allí, en el campo de entrenamiento, el sonido del metal chocando contra el metal rompía el silencio.

—Otra vez.

Kaider atacó primero. Rápido. Directo. Su espada de madera silbó al cortar el aire.

Sheijuu bloqueó. Retrocedió un paso. Contraatacó.

Kaider sonrió.

—Mucho mejor.

Los dos continuaron intercambiando golpes de madera. Sin Escencia. Solo técnica. Los músculos de Sheijuu ya se habían acostumbrado a aquella rutina, y sus movimientos, antes rígidos por el entrenamiento militar, empezaban a fluir con una naturalidad que no había tenido al llegar.

Desde la distancia, Shaara los observó unos segundos. No intervino. Simplemente miró, con los brazos apoyados en la barandilla de una plataforma cercana.

Los dos hermanos eran muy diferentes. Kaider era decidido, confiado. Cada movimiento parecía buscar imponerse al rival. Sheijuu, en cambio, miraba demasiado. Antes de atacar observaba. Antes de moverse analizaba. A veces incluso dejaba pasar oportunidades simplemente porque seguía pensando.

Muchos instructores consideraban aquello un defecto. Shaara no.

Cuando terminó el entrenamiento, ambos se acercaron. La ropa de Sheijuu estaba empapada de sudor, a pesar del frío de la tarde, y su respiración era más rápida de lo normal. Kaider, en cambio, parecía apenas haber empezado.

—¿Quién ganó? —preguntó ella.

Kaider respondió primero.

If you find this story on Amazon, be aware that it has been stolen. Please report the infringement.

—Empatamos.

Sheijuu negó con la cabeza.

—Me ganó tres veces.

Kaider rodó los ojos.

—Siempre cuentas también las del principio.

—Porque cuentan.

Shaara sonrió.

—Eso significa que aprendiste algo.

Sheijuu la miró.

—Perder? Entonces llevo aprendiendo desde hace años.

-No. Darte cuenta de cuando perdiste. Es mucho más difícil.

—Me parece a mi que no es tan difícil...

Suspiraba, mientras se tocaba el moreton en su barbilla.

—Si lo es, lo que pasa es que tu piensas mucho.

Sheijuu guardó silencio, como hacía casi siempre.

Shaara recogió dos ramas del suelo y las lanzó al río cercano. Una quedó atrapada entre unas piedras. La otra corriente continuaba abajo.

—¿Cuál de las dos eras más fuertes?

Los hermanos observaron el río. Kaider respondió.

—La que siguió avanzando.

Shaara negó con la cabeza.

—Las dos eran iguales. Lo único que cambió fue el lugar donde cayeron. —Se volvió hacia ellos—. No todo se decide por la fuerza. A veces el lugar, el momento o una pequeña decisión cambian el resultado de todo.

Sheijuu volvió a mirar el río, sin decir nada. Pero guardó aquellas palabras.

Al otro día.

Kaider descubre la casa de Yenna por accidente.

O al menos eso afirmaría después, cada vez que alguien le preguntará.

Había salido a buscar a uno de los niños que solía seguirlo a todas partes —un crío de nombre impronunciable al que él simplemente empezó a llamarlo "Pequeño Desastre"— porque el chico se había llevado, sin permiso, una de sus correas de cuero para hacer un tirachinas. Siguió el rastro de risas hasta un patio trasero cercado con piedras bajas, donde encontró al niño escondido detrás de unos sacos de grano, con la correa ya atada a una horquilla de madera.

Y a una mujer sentada en el umbral de la puerta, quitando algo en una olla de barro tan grande que parecía haber sido pensada para alimentar a media aldea. El vapor que subía de ella olía a tierra ya algo dulce al mismo tiempo, una mezcla de hierbas y raíces que Kaider no supo identificar pero que le hizo sentir, de golpe, un hambre que no sabía que tenía. La casa detrás de ella era pequeña, con paredes de madera oscurecidas por el humo y un tejado de paja que goteaba en algunos puntos, pero el interior, que se veía a través de la puerta abierta, parecía cálido y ordenado.

—Tú debes ser el ruidoso.

Kaider parpadeado.

—¿El ruidoso?

—Mi hija habla de ti.

Aquello explicaba bastante.

—Espero que solo cosas buenas.

—Dijo que hablas demasiado y que no sabes cuándo callarte.

—Ah. Bueno. Eso también es cierto.

La mujer soltó una risa breve, ronca, como alguien que no ha reído mucho últimamente pero todavía recuerda cómo hacerlo.

—Siéntate. Ya que estás aquí, hazte útil. Corta esto.

Le señaló un manojo de raíces oscuras sobre una tabla de madera. Los extremos todavía tenían tierra adherida, y el olor que desprendían era fuerte y terroso, con un toque amargo.

Kaider no discutió. Nunca discutiría cuando alguien le ofreciera algo de comer a cambio de trabajo.

Se llamaba Yenna. Kaider lo averiguó entre cortes torpes de raíz —para desesperación silenciosa de ella, que en un momento le quitó el cuchillo de las manos y le mostró, sin decir palabra, cómo se hacía correctamente— y preguntas que ella respondía con la paciencia de quien ha criado a una hija demasiado independiente y ya no se sorprende con facilidad. El cuchillo era pequeño y afilado, con el mango gastado por años de uso. Yenna lo manejaba con la precisión de quien ha cortado miles de raíces a lo largo de su vida, moviendo la hoja en ángulos precisos que Kaider intentó imitar sin mucho éxito.

—¿Y tu marido?

La pregunta salió antes de que pudiera pensarla mejor. Por una vez, no fue su boca quien decidió hablar de más. Fue genuina curiosidad, mezclada con el deseo de llenar el silencio con algo que no fuera el ruido del cuchillo contra la tabla.

Yenna no dejó de remover la sopa. El líquido espeso burbujeaba suavemente, y el olor se intensificaba, volviéndose más complejo con cada adición de hierbas.

—Murió. Hace seis años.

—Lo siento.

—No tienes por qué.

—Aun así.

Ella lo miró de reojo. Algo en su expresión se suavizó, como si decidiera que aquel forastero ruidoso merecía un poco más de verdad que la mayoría.

—Fue la fiebre de las manchas. La misma que casi se llevó a Shaara y a mí.

Kaider dejó de cortar.

—No sabía que también a Shaara.

—Ella no lo cuenta. Nunca lo ha contado.

—¿Por qué no?

Yenna se tomó su tiempo antes de responder. El vapor de la sopa se elevaba entre ambos, mezclándose con el olor a madera húmeda y a tierra del jardín.

—Porque ella sobrevivió. Y su padre no. Y a los doce años, eso no se siente como algo de lo que hablar con orgullo.

El patio se quedó en silencio, salvo por el chasquido del fuego bajo la olla y el rumor lejano de los niños jugando en alguna calle cercana.

—Ella cuidó de mí durante semanas —continuó Yenna—. Doce años, y ya sabía hervir agua, cambiar paños, mantener el fuego, espantar a los curiosos que solo querían ver si yo también iba a morir. Cuando finalmente mejoré, ya era demasiado tarde para que volviera a ser solo una niña. Había visto demasiado, había hecho demasiado. Y aunque nunca se quejó, yo sabía que algo se había roto dentro de ella. No para siempre, pero sí para siempre distinto.

Kaider pensó en Shaara explicándole rutas con total seguridad, regañando a Sheijuu como si lo conociera de toda la vida, cargando cestas, conociendo a todo el mundo por su nombre. La imagen de una niña de doce años haciendo todo eso se superpuso a la de la joven que había conocido, y por un momento no supo qué decir.

Encajaba.

Encajaba de una forma que no terminaba de gustarle.

—¿Por eso conoce a todos en la aldea?

—Por eso conoce a todos en la aldea.

Yenna probó la sopa con una cuchara de madera, asintió para sí misma, y la retiró del fuego.

—Cuando alguien cuida de tantas personas a esa edad, después no sabe hacer otra cosa.

El niño que Kaider había estado buscando seguía escondido detrás de los sacos de grano, fingiendo no escuchar nada.

—Sé que sigues ahí, Pequeño Desastre.

—¡No me llamo así!

—Devuélveme la correa y lo olvido.

Una mano pequeña se asomó entre los sacos, sosteniendo la correa de cuero, antes de desaparecer de nuevo.

Yenna observó la escena con una media sonrisa.

—Los niños te quieren.

—Los niños quieren a cualquiera que les dé motivos para reírse.

—No. Te quieren a ti.

Kaider no supo qué responder a eso. Optó por reírse, como hacía siempre que algo se acercaba demasiado a un lugar incómodo.

—¿Y tú? ¿Qué opinas del ruidoso?

Kaider se señaló con el pulgar hacia sí mismo, con una gran sonrisa.

Yenna sirvió dos cuencos de sopa antes de responder.

—Opino que pareces un hombre que sonríe mucho para no tener que explicar por qué a veces no quiere hacerlo.

La sonrisa de Kaider se mantuvo exactamente donde estaba.

Pero algo detrás de sus ojos, solo por un instante, vaciló.

—Eres bastante directa.

—Soy vieja. Ya no tengo tiempo para rodeos.

—No eres tan vieja.

—Sigue siendo amable conmigo y te daré más sopa.

Kaider levantó su cuenco de inmediato.

—Eres la mujer más sabia que he conocido.

Sheijuu llegó al atardecer, buscando a su hermano, y se encontró con la escena de Kaider sentado en el suelo del patio, rodeado de al menos cuatro niños, contando alguna historia con gestos exagerados que probablemente había mejorado considerablemente desde la primera vez que la contó. Por lo que alcanzó a escuchar, la explosión del zepelín ya había crecido lo suficiente como para incluir, en esta versión, tres halcones gigantes y un río de fuego.

Yenna estaba sentada en el umbral, observando con los brazos cruzados y una expresión que oscilaba entre el cansancio y la diversión genuina.

—Tú debes ser el otro.

Sheijuu se detuvo.

—¿El otro?

—El callado. Shaara también habla de ti.

—Eso no suena bien.

—No dijo que fuera malo. Dijo que eres imposible de leer.

—Eso tampoco suena bien.

Yenna soltó una risa breve, similar a la que le había sacado a Kaider horas antes.

—Siéntate. Hay sopa.

Sheijuu dudó solo un instante antes de obedecer.

No por hambre.

Por algo más parecido a curiosidad.

—¿Sabes qué es esto?

Yenna le ofreció un cuenco.

Sheijuu lo observó. Un caldo oscuro, espeso, con trozos de raíz, hongos y algo que no reconoció. El vapor subía en espirales finas, llevando consigo un olor cálido y profundo.

—No.

—Sopa de alma.

—Suena a algo que no debería comer.

—Es justo lo contrario. Se prepara para quien necesita recordar que sigue vivo.

Sheijuu recordó que la forma de los hongos se parecía a los que Shaara había recogido uno o dos días atrás.

—Shaara la mencionó. Ayer creo, cuando volvió de buscar hongos.

Yenna levantó una ceja, sorprendida de que él recordara un detalle pequeño.

—¿Recuerdas ese tipo de detalles?

—Recuerdo cosas.

—Mi hija dice que casi nunca hablas.

—No es necesario hablar para recordar.

Algo en la expresión de Yenna cambió. No fue sorpresa exactamente. Fue más parecido a una pequeña confirmación de algo que ya sospechaba.

—Ya veo por qué le agradas.

Sheijuu no respondió. Pero tampoco lo negó. Tomó el cuenco, probó la sopa. El sabor era distinto a todo lo que había comido antes, intenso y suave al mismo tiempo, con un calor que no venía solo de la temperatura.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Sheijuu, después de un momento.

—Kaider vino a buscar a un niño. Le pedí que me ayudara con las raíces.

—Y él aceptó.

—Sin dudarlo.

Sheijuu asintió, como si eso confirmara algo que ya sabía.

—No es el mejor soldado del mundo, pero sabe cuándo hay que quedarse.

—¿Y tú? —preguntó Yenna—. ¿Sabes cuándo hay que quedarse?

Sheijuu tardó en responder.

—No lo sé. Todavía estoy aprendiendo.

Yenna lo observó con atención, sin decir nada. No era un juicio. Era la misma mirada que había usado con Kaider, la de alguien que está acostumbrada a leer a las personas sin que ellas se den cuenta.

—Shaara habla de ti mucho más de lo que cree que habla —dijo finalmente—. No dice tu nombre. Pero lo sé.

Sheijuu no supo qué responder a eso. Se quedó mirando el cuenco de sopa, sintiendo el calor en las manos.

—Ella es buena persona —dijo finalmente.

—Lo es —confirmó Yenna—. Demasiado buena, a veces. Por eso necesito a alguien que esté ahí para ella también.

Sheijuu levantó la vista.

—¿Por qué me dice eso a mí?

—Porque ella no tiene a nadie más que yo. Y yo no voy a estar siempre.

El silencio que siguió fue diferente a los anteriores. No incómodo. Pero sí pesado, como una responsabilidad que acababa de ser colocada sobre sus hombros sin que hubiera pedido cargar con ella.

Más tarde, cuando los niños se habían dispersado y Kaider se entretenía enseñándole a uno de ellos cómo hacer silbar una hoja entre los dedos, Yenna se sentó junto a Sheijuu en el escalón de la entrada.

—Tu hermano es ruidoso. Tú eres callado. Y aun así los dos terminan siempre en el mismo lugar.

—No lo decidimos. Simplemente pasa.

—Eso pasa con la familia.

Sheijuu observó el patio. La luz del atardecer pintaba todo de un naranja profundo, y las sombras de los árboles se alargaban sobre la tierra húmeda.

—Shaara cuida de usted desde los doce años.

La pregunta sorprendió a Yenna, aunque no lo demostró mucho.

—¿Te lo contó ella?

—No. Usted, hace un momento. Sin decirlo directamente.

Yenna lo observó con una mezcla de cautela y aprobación.

—Eres más perceptivo de lo que pareces.

—Eso me han dicho.

— ¿Te molesta? Que ella sea así.

Sheijuu pensó la respuesta con cuidado.

-No. Pero me pregunto cuándo fue la última vez que alguien cuidó de ella.

Yenna no respondió seguidamente.

Cuando finalmente lo hizo, su voz sonó distinta. Más baja. Más honesta.

—Hace mucho tiempo.

Yenna se levantó a remover una segunda olla que llevaba rato hirviendo a fuego lento, y durante un rato ninguno de los dos dijo nada más, dejando que el silencio fuera el resto del trabajo que las palabras ya no podían hacer.

Antes de marcharse, Sheijuu se detuvo en la entrada del patio.

—Gracias por la sopa.

—Vuelve cuando quieras. Aunque sea solo a no hablar.

—Lo intentaré.

Yenna lo observó alejarse junto a Kaider, que seguía despidiéndose de cada individualmente niño como si fuera de una guerra y no simplemente a caminar diez minutos hasta la casa donde se quedaban.

Cuando finalmente quedó sola, recogió los cuencos vacíos y los llevó adentro, lavándolos despacio en un balde de agua fría, con esa clase de movimiento automático que deja la mente libre para pensar en otra cosa.

Pensó en su hija a los doce años, hirviendo agua para una madre que apenas podía sostener la cabeza. Pensó en los años que siguieron, en cómo Shaara había aprendido a caminar por la aldea entera cargando pequeños pedazos de las vidas de los demás, como si fueran suyos, sin pedir nunca nada a cambio. Y pensé, en el callado que se había sentado en su escalón esa tarde, y en la forma en que había hecho esa única pregunta que a ella misma le costaba hacerse.

Salió de nuevo al patio, ya con la luz casi completamente apagada, y se quedó de pie un momento, mirando hacia el camino por donde se habían ido los dos hermanos.

Y, para nadie en particular, murmuró:

—Cuídala tú también, aunque sea un poco.

El viento que cruzó el patio no respondió.

Pero ella decidió tomarlo como un sí.

Fin del Extra 1

‹ PreviousNext ›