# Extra 3
## Lo que llevas escondido
El anciano lo encontró cambiándose las vendas junto al río.
No fue casualidad. O quizás sí. Las casualidades en aquel bosque tenían la costumbre de parecer siempre demasiado convenientes, como si el propio lugar decidiera cuándo y cómo revelar sus secretos.
Sheijuu estaba sentado sobre una piedra plana, cerca del mismo tramo del río donde solía entrenar cada mañana. El agua corría a su lado con un murmullo constante, y el sol de la tarde se filtraba entre las copas de los árboles, creando manchas doradas que se movían lentamente sobre la superficie de la piedra. El aire olía a hierba húmeda y a tierra caliente, y el sonido de los insectos llenaba el espacio con su zumbido rítmico.
Desenrollaba con cuidado la tela que cubría su antebrazo izquierdo. Debajo, la piel mostraba pequeñas marcas. Líneas finas. Trazos geométricos que se repetían en patrones cortos, casi invisibles si no se sabía qué buscar. Algunas estaban más desgastadas que otras, y una de ellas, la más reciente, todavía tenía un tono ligeramente más rojizo alrededor de los bordes, como si hubiera sido grabada hacía poco.
—Eso no es una herida.
Sheijuu se sobresaltó un poco, pero después se calmo nuevamente. Le tomo unos segundos reconocer los pasos del anciano. El golpe rítmico del bastón contra la tierra, el peso desigual de cada pisada, la respiración entrecortada por los años. Luego salio de entre la maleza.
—No.
—Llevas semanas cambiándote esas vendas. Pensé que ocultabas una herida que no curaba.
—No es una herida.
El anciano se acercó, apoyándose en su bastón, y se inclinó ligeramente para observar mejor. Su mano, arrugada y cubierta de manchas, se extendió hacia el brazo de Sheijuu, pero se detuvo antes de tocarlo, como si pidiera permiso. Sheijuu asintió, y el anciano pasó los dedos por encima de las marcas, sintiendo la textura de la piel ligeramente elevada donde los trazos estaban grabados.
—Son Improntas.
No era una pregunta.
Sheijuu terminó de enrollar la venda nueva antes de responder.
—Sí.
—Como los que llevan los cazadores en sus bolsas. Pero distintos.
—Muy distintos.
El anciano se sentó sobre una roca cercana, con la lentitud de quien ya no tiene prisa por nada en la vida. La piedra estaba caliente por el sol de la tarde, y el anciano se acomodó con un suspiro que sonó a satisfacción y a cansancio al mismo tiempo.
—Cuéntame.
Sheijuu dudó. No por desconfianza exactamente. Sino porque nunca había tenido que explicar aquello a nadie. En el ejército, todos los que sabían de Improntas entendían automáticamente de qué se trataba. Aquí, tendría que empezar desde el principio, con palabras simples que no dieran por sentado ningún conocimiento previo.
—En mi tierra, hace algunos años, alguien descubrió cómo almacenar técnicas dentro de una Impronta. No la Escencia en bruto. La técnica completa. La forma, el movimiento, el resultado final.
—¿Y se puede usar después?
—Sí. Sin gastar Escencia al activarla. Solo el necesario para liberarla de la Impronta.
El anciano frunció el ceño, procesando aquello con la misma atención con que examinaría una planta desconocida. Sus dedos, todavía cerca del brazo de Sheijuu, se movían ligeramente, como si estuviera dibujando en el aire los trazos que acababa de sentir.
—Eso suena a magia.
—No es magia. Es matemática. Y mucha paciencia. Cada línea tiene que estar en el lugar exacto, con la presión exacta, en el orden exacto. Si algo falla, la técnica no se almacena, o se almacena mal, y al liberarla puede hacer cualquier cosa menos lo que se suponía que debía hacer.
—¿Tú lo inventaste?
—No. Lo aprendí. Mal, al principio. Mejor después. Uno de los instructores de mi unidad tenía un manual que había robado de algún archivo militar, era bastante singular en comparación con los otros. Lo estudié a escondidas durante meses, y cuando empecé a practicar en mi propia piel, los primeros intentos fueron desastrosos.
—¿Desastrosos cómo?
—Como pequeñas explosiones que me quemaban los brazos. O técnicas que no salían cuando quería. O que salían cuando no debían. Durante un tiempo, mis compañeros pensaban que tenía algún tipo de enfermedad de piel. Preferí eso a explicarles lo que estaba haciendo realmente.
—Vaya.
—Si. En las unidades te dan bastante libertad para hacer lo que quieras, siempre y cuando no perjudiques a nadie de los de arriba. Yo era de los pocos en mi escuadron que tenia improntas, pero en otros escuadrones son mas comunes, segun escuché.
El anciano soltó una risa breve, como si la imagen de un joven soldado con los brazos llenos de quemaduras le resultara a la vez cómica y entrañable. Sheijuu se levantó la manga un poco más, mostrando otra línea de marcas, esta más cerca del codo.
—Cada uno de estos guarda algo distinto. Pequeño. Nada espectacular. Una ráfaga de viento. Un corte preciso. Cosas simples.
—¿Por qué esconderlos bajo las vendas?
Sheijuu se encogió de hombros.
—Costumbre. En mi unidad, mostrar las Improntas a simple vista era considerado descuido. Un enemigo que ve tus Improntas puede anticipar tus movimientos. Si sabe que tienes una técnica de viento en el antebrazo derecho, sabrá que puedes lanzar una ráfaga en cualquier momento. Y si sabe eso, puede prepararse para esquivarla.
—Aquí no hay enemigos.
—Todavía no.
Love this story? Find the genuine version on the author's preferred platform and support their work!
El anciano lo miró fijamente unos segundos.
—Hablas como alguien que espera que eso cambie.
Sheijuu no respondió. El anciano, que llevaba décadas leyendo silencios, entendió perfectamente lo que no se decía.
—¿Puedo ver uno?
La pregunta sorprendió a Sheijuu. No por la curiosidad —la había esperado desde el principio— sino por la simpleza con la que fue formulada. Como quien pide ver una herramienta de cocina, no un secreto militar.
—No es muy impresionante.
—Deja que yo decida eso.
Sheijuu suspiró, casi divertido, y trazó una seña simple con dos dedos sobre una de las marcas en su antebrazo. La venda cubría la marca, pero el gesto era suficiente para activar el sello. Una pequeña corriente de aire se liberó, apenas perceptible, suficiente para mover unas cuantas hojas sueltas cerca de sus pies.
El anciano observó el resultado con auténtico interés, no con la decepción que Sheijuu había anticipado. Sus ojos seguían la trayectoria de las hojas que se movían, y una pequeña arruga de concentración apareció entre sus cejas.
—¿Eso no gastó nada de tu energía?
—Casi nada. Solo lo necesario para abrir la Impronta.
—¿Y si guardaras algo más grande? ¿Más fuerte?
—Tomaría más tiempo prepararlo. Más precisión. Más Improntas conectadas entre sí.
El anciano asintió lentamente, como si estuviera construyendo en su mente un mapa de posibilidades que Sheijuu apenas había insinuado. Sus dedos volvieron a rozar la venda, esta vez con más seguridad, como si estuviera memorizando la posición exacta de las marcas por debajo de la tela.
—¿Cuántos llevas ahí?
Sheijuu lo pensó un momento.
—Suficientes.
No era una respuesta completa. Pero el anciano no insistió.
—Nosotros también guardamos técnicas en rollos.
El anciano sacó de su túnica un pequeño pergamino enrollado, atado con una cuerda desgastada por el uso. La cuerda estaba tan gastada que parecía a punto de romperse, y el pergamino tenía manchas de humedad en los bordes, como si hubiera sobrevivido a varias tormentas sin protección.
—Pero los nuestros son distintos. Más simples. Guardan solo la Escencia. No la técnica completa.
Sheijuu lo tomó con cuidado, examinándolo. Los trazos eran rudimentarios. Imprecisos en algunos puntos, con líneas que se cruzaban en ángulos que no seguían ninguna geometría clara. El tipo de Impronta que alguien dibuja por intuición, no por cálculo exacto. Pero había algo en ellos, una intención que Sheijuu reconocía, el mismo esfuerzo de quien ha intentado capturar algo invisible y lo ha plasmado en un soporte físico.
—Esto funcionaría mejor si los trazos del segundo círculo fueran más cerrados.
El anciano levantó una ceja.
—¿Puedes mejorarlos?
—Puedo intentarlo.
—Entonces enséñame.
Sheijuu lo miró, ligeramente sorprendido.
—¿A cambio de qué?
Sheijuu no esperaba una respuesta, solo bromeaba.
El anciano sonrió, mostrando los pocos dientes que le quedaban.
—A cambio de que tú aprendas cómo extraemos Escencia pura de la tierra para estos rollos. Algo que dudo que tu ejército conozca.
Aquello sí captó por completo la atención de Sheijuu. La idea de que se pudiera extraer Escencia de la tierra, sin depender del propio cuerpo, era algo que nunca había oído ni siquiera en los manuales más avanzados. Si era cierto, cambiaba por completo la forma de entender el uso de la energía.
—Eso no es posible.
—Para nosotros lo es. Desde hace generaciones.
Sheijuu se quedó en silencio durante varios segundos, observando el pequeño rollo entre sus manos. La luz del sol se reflejaba en el pergamino, iluminando las líneas toscas, y por un momento sintió que estaba tocando algo que no debería existir, algo que las seis naciones no sabían, algo que solo unos pocos en el mundo conocían y guardaban como un secreto.
—Tenemos un acuerdo.
Durante los días siguientes, Sheijuu y el anciano se reunieron varias veces junto al río, lejos de miradas curiosas. Eligieron el mismo tramo donde Sheijuu entrenaba cada mañana, un lugar donde el agua formaba una pequeña curva y los árboles se apartaban lo suficiente para dejar pasar la luz.
El anciano aprendió, despacio, los fundamentos de la precisión geométrica que Sheijuu había absorbido a base de errores y heridas durante su entrenamiento militar. Al principio sus trazos temblaban, la mano acostumbrada más a tejer cestas y remover sopas que a dibujar líneas exactas sobre pergamino, y el resultado eran círculos torcidos que Sheijuu corregía con paciencia, sin burlarse ni una sola vez, algo que el anciano pareció agradecer más de lo que dijo en voz alta. Una vez, el anciano dibujó una línea demasiado larga y el pergamino se rasgó; Sheijuu no dijo nada, simplemente le ofreció otro trozo y esperó a que volviera a intentarlo.
—Así no. Más cerrado. Rodea la media luna del interiror con una mas grande pero mas cerrada.
—Eso es justo lo que intento hacer.
—Entonces intenta con más fuerza en la muñeca, no en los dedos.
El anciano gruñó, repitió el trazo, y esta vez el círculo salió casi perfecto. La línea era limpia y continua, sin las vacilaciones de los intentos anteriores, y el anciano se quedó mirándolo con una satisfacción tan genuina que por un momento pareció mucho más joven de lo que era.
—Ahí está.
—Ahí está.
Sheijuu, a su vez, aprendió un método antiguo, lento, casi meditativo, para extraer pequeñas cantidades de Escencia ambiental de la tierra y el agua, almacenándola en Improntas sin necesidad de generarla desde su propio cuerpo. La primera vez que lo intentó, arrodillado junto a la orilla con las palmas apoyadas sobre el barro húmedo, no sintió nada durante tanto tiempo que llegó a preguntarse si el anciano no estaría simplemente burlándose de un forastero crédulo. El barro era frío y pegajoso, y el olor a tierra mojada se le metía en la nariz con cada respiración.
—No va a pasar nada si sigues pensando en si va a pasar algo.
—No estoy pensando en eso.
—Tu cara dice lo contrario.
Sheijuu cerró los ojos, dejó de contar los segundos, y se concentró únicamente en la sensación del barro bajo las manos, en el sonido del río, en nada en particular. Dejó que su mente se vaciara de pensamientos, de expectativas, de todo lo que no fuera la sensación de sus dedos contra la tierra. Y entonces, casi sin darse cuenta, sintió algo. Un hilo tibio, delgadísimo, subiendo desde la tierra hacia sus dedos, tan distinto a la forma en que la Escencia fluía normalmente desde su propio cuerpo que por un instante no supo qué hacer con él. Era como si la tierra misma estuviera respirando, y él hubiera aprendido a sentir su aliento.
—Lo sentí.
—¿Las hormigas?
—¿Que?—Sheijuu miro su mano y por encima estaban pasando par de hormigas. En cuanto movio la mano una lo pico y las sacudio.
—Tal vez debas alejarte de ese hormiguero.—Señalo el anciano hacia un hormigero que estaba a unos diez metros.
—No no, me referia a la escencia natural.
—¿Ah, en serio? Ya era hora.
—Llevo diez minutos.
—Diez minutos aprendiendo algo nuevo es rápido, supongo. Pero esto deberias haberlo sentido desde que naciste. Pero bueno, esta muy bien.
Sheijuu se alegro un poco.
No era una técnica poderosa. No en aquel momento. Pero Sheijuu, que tendía a observar demasiado antes de actuar, guardó aquel conocimiento con el mismo cuidado con que guardaba todo lo demás. Sin saber todavía cuánto llegaría a necesitarlo. Sin saber que, mucho tiempo después, en otro mundo completamente distinto, aquellas mismas vendas —llenas de Improntas perfeccionadas durante décadas, combinando todo lo aprendido aquel día junto al río— se convertirían en el arma más metódica y silenciosa de su guerra personal. Por ahora, solo era curiosidad. Intercambio. Una tarde tranquila junto al agua.
—¿Por qué me enseñas esto? —preguntó Sheijuu, mientras el anciano enrollaba cuidadosamente el pergamino mejorado. Sus dedos, más seguros ahora que al principio, presionaban los bordes con cuidado para que no se deshicieran.
—Porque el conocimiento que no se comparte muere con quien lo guarda.
—Eso es bastante solemne para una tarde de pesca.
El anciano rió.
—No estamos pescando.
—Lo sé. Pero suena igual de aburrido.
—Niño insolente.
—Tengo más de veinte años.
—Para mí, eso sigue siendo un niño.
Sheijuu no discutió aquello. Algunas batallas, simplemente, no valían la pena.
Esa tarde, cuando el anciano se fue, con su bastón golpeando la tierra en su ritmo pausado, Sheijuu se quedó solo junto al río un rato más. Observó sus propias manos, las vendas que cubrían las Improntas, y pensó en lo que acababa de aprender. En cómo el anciano, sin saberlo, le había dado algo que ningún instructor militar le había ofrecido: una forma de entender la Escencia no como una herramienta de guerra, sino como algo que simplemente existía, que fluía, que podía ser extraída de la tierra como se extrae el agua de un pozo.
No era un cambio grande. No era una revelación. Pero era un cambio, y Sheijuu lo sintió de una forma que no podía explicar con palabras. Una pieza más que se colocaba en su lugar, sin que él hubiera decidido conscientemente que debía estar allí.
Cuando finalmente se levantó para regresar a la aldea, el sol ya se había ocultado detrás de los árboles, y el río, a su lado, seguía corriendo con el mismo murmullo de siempre, indiferente a que alguien hubiera aprendido algo nuevo junto a sus orillas.
Fin del Extra 3