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Sheijuu. [Español]

Chapter 8 / 37

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Extra 4: Sheijuu: El que no sonríe

Sheijuu. [Español]

# Extra 4

## El que no sonríe

Se llamaba Tessho.

Sheijuu lo había visto antes, por supuesto. Era imposible no verlo. Era uno de los pocos jóvenes de la aldea que jamás se acercaba a saludar, que jamás se quedaba mirando con curiosidad cuando Kaider contaba alguna de sus historias exageradas, que jamás —ni una sola vez en los meses que llevaban allí— le había dirigido más de tres palabras seguidas.

No era timidez.

Sheijuu reconocía la timidez. Esto era otra cosa.

Era la mirada de alguien que ha decidido, conscientemente, mantener la distancia. No por miedo, no por vergüenza, sino porque había evaluado la situación y había concluido que lo mejor era no acercarse. Como un animal que ha aprendido a desconfiar de todo lo que no conoce, y que prefiere observar desde lejos antes de arriesgarse a ser herido.

La primera vez que realmente hablaron fue durante una cacería.

Dorhen había organizado un pequeño grupo para perseguir el rastro de unos ciervos de cuernos extraños hacia el límite norte del territorio, y Sheijuu se había unido más por curiosidad que por necesidad real. Llevaba meses queriendo ver cómo cazaban sin depender por completo de la Escencia, una costumbre que la tribu mantenía con cierto orgullo, casi como una prueba de habilidad pura. La mañana era fresca y el rocío todavía cubría las hojas, brillando bajo los primeros rayos de sol que se filtraban entre las copas de los árboles. El olor a tierra mojada y a pino impregnaba el aire, y el sonido de los pasos del grupo se mezclaba con el canto distante de algún ave.

Tessho formaba parte del grupo.

Avanzaba en silencio, con el arco siempre listo, los movimientos precisos de alguien que lleva cazando desde que aprendió a caminar. No hacía ruido al pisar; sus pies encontraban los puntos exactos donde la hojarasca no crujía, donde las ramas secas no estaban. Llevaba el arco ligeramente inclinado, la flecha ya colocada pero la cuerda sin tensar, listo para disparar en cualquier momento sin necesidad de preparar el gesto. En un momento del recorrido, cuando uno de los cazadores más jóvenes estuvo a punto de pisar una rama seca que habría espantado a todo el rebaño, fue Tessho quien lo detuvo con un gesto mínimo de la mano, sin necesidad de una sola palabra. El muchacho se detuvo en seco, y el rebaño, que había levantado las orejas un momento, volvió a pastar tranquilo. Sheijuu tomó nota de ese detalle: quienquiera que fuese aquel muchacho hosco, sabía exactamente lo que hacía en el bosque.

Cuando finalmente localizaron el rastro —huellas frescas junto a un cauce casi seco, la tierra todavía húmeda por el paso de los animales—, Tessho hizo una señal y todo el grupo se dispersó en silencio, cada uno ocupando una posición sin necesidad de instrucciones. Sheijuu se quedó observando, más interesado en la coordinación silenciosa del grupo que en la caza misma. Tessho se movía entre los árboles como si fuera parte del bosque, su cuerpo inclinado hacia adelante, los ojos fijos en el suelo, leyendo las huellas que otros no veían.

Cuando finalmente se detuvieron a descansar junto a un arroyo estrecho, con dos ciervos ya cobrados y colgados de una vara entre dos de los cazadores, Sheijuu se sentó a una distancia respetuosa, sin buscar conversación. El agua del arroyo sonaba suave, y el sol ya estaba más alto, calentando la piedra donde se había sentado. Los otros cazadores hablaban entre ellos en voz baja, compartiendo agua de sus cantimploras y revisando sus armas.

Fue Tessho quien la inició.

—¿Por qué sigues aquí?

La pregunta llegó sin previo aviso, directa, sin el tono curioso que normalmente acompañaba ese tipo de preguntas en la aldea. Era una pregunta que había estado esperando, Sheijuu lo supo desde el momento en que la escuchó.

—¿Aquí, en la cacería?

—Aquí. En la aldea.

Sheijuu lo observó con atención antes de responder. Tessho no lo miraba directamente; sus ojos estaban fijos en el arroyo, pero su postura era tensa, como si estuviera preparado para cualquier respuesta.

—No tengo otro lugar adonde ir. Todavía.

—Eso no es una respuesta. Es una excusa.

Dorhen, sentado un poco más lejos, levantó la vista, alerta, pero no intervino. Algo en su expresión sugería que aquello no era la primera vez que escuchaba a Tessho hablar así. Algunos de los otros cazadores también se volvieron, pero nadie dijo nada. Había un respeto tácito hacia la pregunta, hacia el hecho de que Tessho, que casi nunca hablaba, hubiera decidido hacerlo.

—¿Cuál es la diferencia? —preguntó Sheijuu, genuinamente interesado, sin un ápice de la actitud defensiva que Tessho parecía esperar.

—La diferencia es que una excusa esconde algo. Y todos aquí parecen demasiado ocupados sonriéndote para preguntarse qué.

El resto de la cacería transcurrió en silencio entre ambos. Pero la frase se quedó. No porque Sheijuu se sintiera ofendido —llevaba demasiados años en el ejército para que palabras solas le afectaran demasiado—, sino porque, en algún punto extraño, Tessho no estaba completamente equivocado.

Esa noche, mientras afilaba su espada junto a la entrada de la casa, Shaara se sentó a su lado sin que él lo notara hasta que ya estaba ahí. La luz de la luna se reflejaba en la hoja de la espada, y el sonido de la piedra de afilar contra el metal era rítmico y constante.

—Tessho te habló.

No era pregunta.

—Sí.

—¿Qué te dijo?

—Cosas razonables, dichas de forma poco amable.

Shaara suspiró, como quien ya conoce demasiado bien el patrón de la conversación que viene a continuación.

—No le hagas caso.

—No he dicho que esté equivocado.

Ella lo miró, sorprendida.

—¿Estás de acuerdo con él?

—En parte.

—Hemos sido amigos desde niños —dijo Shaara, después de un silencio largo—. Crecimos prácticamente juntos. Su padre murió cazando un Karmoth cuando él tenía diez años. Desde entonces, decidió que el mundo es peligroso y que confiar demasiado rápido es una forma lenta de morir.

—Eso explica la actitud.

—No la justifica.

—No he dicho que la justifique. Solo que la entiendo.

Shaara se quedó observando el cielo estrellado, pensativa. El viento movía las hojas de los árboles cercanos, y el sonido del río llegaba desde la distancia.

—Le caes mal porque caes bien a todos los demás. Eso lo hace sentir como si fuera el único capaz de ver algo que el resto ignora.

—¿Y si tiene razón?

La pregunta sorprendió a Shaara más de lo que esperaba. Se volvió a mirarlo, con una expresión que mezclaba curiosidad y preocupación.

—¿A qué te refieres?

—A que vengo de un mundo en guerra. A que existen ejércitos buscando rutas, recursos, territorios. A que tarde o temprano, alguien más caerá de un zepelín, o llegará por tierra, y no todos tendrán las mismas intenciones que yo.

Shaara no respondió enseguida. Sus dedos, que habían estado jugando con un hilo suelto de su capa, se quedaron quietos.

—¿Crees que eso pasará?

—No lo sé. Pero sería estúpido decir que es imposible.

Durante las semanas siguientes, Tessho mantuvo su distancia.

No era hostilidad abierta. Nunca alzaba la voz, nunca buscaba confrontación directa frente a otros. Pero cada vez que Sheijuu participaba en alguna actividad de la aldea —entrenamientos conjuntos, reparaciones de los puentes suspendidos, incluso las celebraciones nocturnas— Tessho encontraba siempre una razón para estar en otro lugar. A veces Sheijuu lo veía de lejos, observando, pero nunca se acercaba.

Kaider, por supuesto, lo notó.

—¿Qué le hiciste al chico serio?

—Nada.

—Eso es justo lo que diría alguien que sí hizo algo.

—No le hice nada, Kaider.

—Entonces, ¿por qué te mira como si fueras a robarle algo?

Sheijuu lo pensó un momento.

—Porque cree que voy a hacerlo. Solo que no sabe exactamente qué.

El conflicto llegó a un punto más visible durante una reunión del consejo de ancianos, a la que Sheijuu había sido invitado por primera vez —más como cortesía que como participante real— para hablar sobre rutas, mapas y la posición aproximada de los territorios de las seis naciones. La sala estaba llena, con los ancianos sentados en círculo alrededor del fuego central, y los demás presentes de pie o sentados en los bordes. El humo de las antorchas se elevaba hacia el techo, mezclándose con el olor a madera quemada y a tierra pisada.

Tessho estaba presente.

Como la mayoría de los jóvenes de su edad, tenía derecho a observar, aunque rara vez a hablar directamente frente al consejo.

Esta vez, sin embargo, no se contuvo.

—¿Y si alguien lo sigue? —preguntó, interrumpiendo sin disculparse—. ¿Si alguno de esos ejércitos suyos rastrea el zepelín caído y encuentra el camino hasta aquí?

El consejo se quedó en silencio. El anciano que Sheijuu ya conocía levantó una mano, pidiendo calma, pero Tessho continuó.

—Hemos vivido ocultos generaciones enteras. ¿Y ahora arriesgamos eso por dos soldados que cayeron del cielo?

—Tessho —dijo Shaara, en voz baja, casi una advertencia.

—No. Alguien tiene que decirlo. Todos están tan ocupados queriéndolos que nadie pregunta qué pasa si su gente viene a buscarlos.

Sheijuu permaneció en silencio durante varios segundos. Sintió las miradas de todos sobre él, algunos curiosos, otros preocupados, otros esperando una respuesta. El fuego crepitaba en el centro de la sala, y el humo se elevaba en espirales hacia el techo.

Después habló, con la misma calma con la que abordaba casi todo.

—Tiene razón en preocuparse.

La sala entera lo miró, sorprendida. Tessho también, aunque intentó disimularlo.

—No puedo garantizar que nadie venga a buscarnos. No puedo garantizar que las seis naciones no encuentren, algún día, un motivo para llegar hasta aquí. Sería una mentira decir lo contrario.

Tessho no esperaba aquella respuesta. Por primera vez, algo parecido a la duda cruzó su expresión. Abrió la boca, pero no dijo nada.

—¿Entonces por qué deberíamos confiar en ti?

—No deberían. No completamente. Confiar por completo en un extraño es tan peligroso como desconfiar de todos sin motivo.

Sheijuu hizo una pausa. El fuego chisporroteó, y alguien tosió en el fondo de la sala.

—Lo único que puedo ofrecer es esto: si algún día mi gente llega hasta aquí, no será porque yo los traje. Y si llegan, estaré exactamente del mismo lado que ustedes.

El silencio que siguió fue distinto al anterior. Más pesado. Más honesto. Algunos de los ancianos intercambiaron miradas, y el rostro de Shaara, que había estado tenso, se relajó ligeramente.

Uno de los otros ancianos, más conciliador, intentó suavizar el ambiente proponiendo que se estableciera un turno de vigilancia adicional en los senderos del sur, "por precaución, no por desconfianza", y varios miembros del consejo asintieron con el alivio de quien encuentra una solución que no obliga a nadie a tomar partido del todo. Tessho no dijo nada más, pero tampoco pareció satisfecho.

El consejo terminó sin una resolución clara, como suelen terminar la mayoría de las reuniones donde el miedo y la cortesía compiten por el mismo espacio.

Cuando Sheijuu salió, encontró a Tessho esperando afuera, apoyado contra uno de los postes de madera que sostenían el puente principal. La luna ya había salido, y su luz se reflejaba en el agua del río que pasaba debajo. Los sonidos de la aldea, los pasos de la gente que salía de la reunión, se fueron desvaneciendo lentamente.

—No esperaba esa respuesta.

—¿Cuál esperabas?

—Que dijeras que no había nada de qué preocuparse. Que todo estaría bien. Lo que dicen todos para que dejes de molestar.

—Eso habría sido mentira.

Tessho lo observó largamente, como reevaluando algo en su mente. El viento movía las hojas de los árboles, y el sonido del río se mezclaba con el silencio entre ambos.

—Sigo sin confiar en ti.

—Lo sé.

—Pero al menos no finges que no hay motivo para no hacerlo.

Sheijuu asintió, sin más.

—Eso es lo único honesto que puedo ofrecerte.

No se hicieron amigos esa noche. Pero cuando Tessho se dio la vuelta para marcharse, se detuvo un instante. No se giró, pero su voz llegó clara.

—La próxima cacería sales con nosotros. Otra vez.

No era una invitación amistosa. Era, como mucho, una tregua incómoda. Una rendija minúscula en una puerta que seguía, por lo demás, firmemente cerrada. Pero era algo, y Sheijuu lo aceptó como tal.

—De acuerdo.

Tessho se fue, sus pasos alejándose por el puente de madera, y Sheijuu se quedó solo un momento, escuchando el sonido del río y el crujido de la madera bajo los pies de quien se iba.

Más tarde, cuando Shaara lo encontró sentado junto al río, todavía pensando en la reunión, se sentó a su lado sin decir nada durante un rato largo. El agua corría a sus pies, reflejando la luz de la luna en pequeñas ondas brillantes.

—Gracias —dijo finalmente—. Por no mentirle.

—No mentir no es un favor. Es solo lo correcto.

—Para ti, tal vez. Para la mayoría de la gente, decir la verdad incómoda cuando la mentira sería más fácil, sí es un favor.

Sheijuu no respondió nada más. Observó el agua un momento, y luego, sin mirarla, habló en voz baja.

—No sé si podré mantener esa promesa. La de estar de su lado si las seis naciones llegan. No sé si podré elegir entre ellos y la gente de aquí.

Shaara lo miró, sorprendida por la honestidad de la confesión.

—¿Y si llegara el momento?

Sheijuu se quedó callado un largo rato. El sonido del río llenaba el espacio entre ellos.

—Entonces tendría que decidir. Y no sé si me gusta la respuesta que probablemente daría.

Shaara no insistió. Se recostó ligeramente hacia atrás, apoyando las manos en la tierra húmeda, y miró las estrellas que comenzaban a aparecer entre las copas de los árboles.

—Bueno, espero que nunca tengas que decidirlo.

—Yo también.

Se quedaron allí, sentados junto al río, mientras la noche se hacía más profunda y el bosque se llenaba de sonidos que ninguno de los dos podía nombrar.

**Fin del Extra 4

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